Generalmente las personas llegan a consulta sin darse cuenta de que los problemas que experimentan son una respuesta simple y normal a las circunstancias que atraviesan. Romper una relación de muchos años, descubrir una infidelidad, la muerte de una persona que queremos, la renuncia o el despido en un trabajo, se convierten en dificultades que nos llevan a recurrir a la culpabilización y la autorecriminación severa de lo que somos y lo que hacemos. También nos lleva inexorablemente a buscar una definición que pueda caracterizar lo que sentimos y ubicarnos en el orden que ha impuesto la cultura sobre estos temas, cosas que alimentan aún más el problema, como encontrar marcos de referencia para hablar del problema asignándole una “patología”como “depresiva”, “bipolar”, “con una pobre autoestima”, “dependiente”, y un largo etcétera.

En ese momento las personas no son capaces de observar que si han terminado con una relación de 5 años, es normal que estén tristes y sientan que no valen nada. O que es normal estár desesperado por conseguir otro trabajo tras haber sido despedido.

¿Qué podemos hacer nosotros por estas personas? ¿Cómo procuramos darles un alivio y no perpetuar la situación y el problema a través de lo que vamos a decir?

Cuando normalizamos las dificultades que trae una persona a consulta, estamos haciendo algo por procurarle alivio. Cuando los acompañamos a pensar que las cosas no son tan malas como parecen a través de frases como “No eres el único que siente todo esto bajo estas circunstancias” o “No quiero ni imaginarme como estaría yo en tu lugar, me sorprende que hayas podido resistir toda esta enorme presión y tengo mucha curiosidad por saber cómo lo has hecho”, re-estructuramos activamente la situación como algo normal y cotidiano. Terapeutas que hacen frecuentemente la connotación de “Esto debiste de superarlo hace mucho tiempo”, no hacen más que ponerse del lado del problema y no de la persona, muchas veces patologizando y generando aún más desesperanza.

Vamos a ver a continuación algunas formas que podemos usar en la entrevista para normalizar el problema y despatologizar, ayudando a las personas a encontrar alivio.

1. A través de una historia

Podemos compartir una historia real de alguna persona que pasó por lo mismo, o una que funcione como metáfora. En ambos casos la historia nos debe servir para dar a entender que no son las únicas personas que pasan por esto. Cuando la historia ha sido bien elegida y logra tener un impacto en la personas, las respuestas suelen ser como esta:

“Jorge, ayer mismo en la noche, debo reconocer que dormi muy bien, realmente relajado. La verdad que sólo despues de leer la historia que pusiste en un sobre para abrir cuando me sintiera presionado, me sentí mucho mejor, más tranquilo, como que ayuda a uno entender algunas cosas que le pasan y a no sentirse el único al que le suceden estas cosas, y me preparó muy bien para poder dormir muy relajado y quitarme la ansiedad que había sentido toda esta semana antes de ir a la cama.”

2. Interrumpir y/o adelantarse a la descripción

Esta intervención cambia el contexto de descripciones saturadas del problema por otro contexto donde podemos sonreír y otorgarle una dosis de buen humor y esperanza a la conversación. Ocasionalmente lo podemos hacer así:

“No me digas, ya sé como termina esta historia: mientras más sermones le ofreces a tu hijo, peores se ponen las cosas. Incluso has llegado a pensar que en silencio y sin hacer nada al respecto, puedes obtener mejores resultados.”

3. Introducir la duda en creencias que no son muy útiles

Es una de las mejores cosas que podemos hacer para cuestionar las interpretaciones o connotaciones negativas:

“Estoy algo confundido…entonces, en lugar de tener a tu hija y a su enamorado en tu casa, protegidos, en confianza contigo y tu familia, preferirías que se reunieran a escondidas para conversar en uno de los parques que están cerca de tu casa.”

4. Ver el lado bueno y normalizar una recaída

Hace poco me escribió Carola, contándome lo siguiente:

“Bueno, pasó lo que temía que pasara. Salió todo el resentimiento con fuerza, como un vómito, como si lo hubiera estado tratando de meter en un cajón y ya no pude más, me ganó y por KO, de un momento a otro una situación me saco de quicio, trate de manejarla, pero una cosa llevo a la otra y a otra y a otra.”

¿Es desalentador verdad? Aquí una respuesta:

“Esto que temías que pasara es también parte del cambio. Parece no ser un retroceso sino algo que tenía que suceder en este momento, por lo demás, un buen momento para tu vida. Siempre que hay un cambio parece que el resentimiento que tienes controlado, entra en un pequeño desequilibrio e intenta dar un golpe o un manotazo de ahogado: es parte de la maduración. Todos los campeones han perdido alguna vez una pelea en el cuadrilátero, en la cancha de fútbol, y han regresado victoriosos luego de aprender de esta experiencia…me pregunto como volverás tú…”

Con una respuesta que busque normalizar esta situación no como una crisis o un retroceso, sino como parte misma del proceso vital de cambio, podemos generar reflexiones como esta:

“Gracias, ahora leo mi mail y me doy cuenta de lo errada que estaba y sesgada también, más tarde ese mismo día recapacité y caí en cuenta que fui YO quien creo una situación así, que estoy buscando cualquier excusa para “escapar” de esto. Lo que si fue muy positivo es que a pesar de todo NO me sentí una mierda, looser, horrible, asquerosa….eso me dio la posibilidad de analizar lo que había hecho mal, no cerrarme, no menospreciarme, asumir que puedo arreglar las cosas, ser capaz de aceptar que alguien me quiere y no quiere irse y debería aprender a recibir eso con gracia y no con rencor, y eso hice…de todas maneras no caí en el fondo, solo resbale y me pare, y estoy contenta.”

Con estas y otras formas podemos lograr que las personas dejen de describirse a sí mismas muy pobremente desde algún discurso patologizante o “anormalizador”, reduciendo el peso de la culpa y la recriminación con que llegan a buscar ayuda.