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Mi tío Coco era un tipo bastante singular.

No voy a decir malo, o perverso, porque no alcanzaba esos estándares, pero sí prejuicioso, áspero, y bastante descalificador.

Cuando me recibí, hice una Reunión en casa. En un momento se me acerca, con esa sonrisa tan suya que nunca auguraba nada bueno, y me dice:

– ¿Qué mierda estudiaste? ¿Para qué te va a servir? Vos tenés que hacer como Beti, que estudia para Contadora. ¡Eso es una Carrera! ¡Lo tuyo es cualquier cosa!

– No sé, Tío – alcancé a decirle, perplejo – A mí me gusta.

Vos tenés que hacer como Beti, que estudia para Contadora. ¡Eso es una Carrera!

Hizo un gesto despectivo con la mano, se dio media vuelta, y volvió a incorporarse a la reunión.

Mi Tío Coco era tornero, hijo de Gallegos, tenía una carpintería en la que se amasijaba todo el día

Si tenía algún problema, se lo guardaba. De última, se iba a jugar a las bochas al club, se tomaba una Hesperidina, y eso lo despejaba. Ir al Psicólogo era algo que no entraba en su angosta cosmovisión. 

No creía en la Psicología. 

Los que iban al Psicólogo iban a tirar la plata, a perder el tiempo, o eran putos. 

El menemismo lo destruyó. Su trabajo en la carpintería fue mermando y, sumado a la muerte de sus padres, y a una sucesión mal encarada, terminó endeudado hasta la ruina, alejado de sus hermanas, y comenzó su debacle. Se volvió taciturno, hosco, silencioso. Una sombra.

Una noche, mi tía, en medio del sueño, escuchó unos ruidos en el patio. Tanteó la cama, y vio que mi tío no estaba. Abrió la persiana con un presagio urgente, y lo vio, arrodillado, en calzoncillos, llorando un llanto quieto, con su revólver apoyado en la sien.

El grito de mi tía trajo a mi primo a la escena y, entre ambos, lograron convencerlo de que no lo hiciera.

Al día siguiente, me llamaron, y Marcela, que trabajaba en Hospital, y tenía algunos contactos, logró que lo internaran en el Alvear. Ella estuvo muy presente en aquel proceso. Mi tío la quiso mucho, tanto como la valoró, creo que más que a mí, aunque esa medida sea más bien exigua.

Diagnóstico: Depresión.

Los psicólogos me salvaron la vida

Fue un proceso largo y pedregoso. Cuando salió, restablecido, consiguió un trabajo, y organizó nuevamente su vida.

Mi tío Coco ya falleció, pero me guardo a fuego las palabras que me dijo, calado en lágrimas, avergonzado, cuando se recuperó:
– ¿Qué cosa, no? Pensar lo que te dije cuando te recibiste, y resulta que Marcelita y los Psicólogos me salvaron la vida.

– Ya está, Tío, ya está – le dije, palmeándole un brazo – lo importante es que estás bien.

Cuando alguien me dice, con sorna y superioridad, que la Psicología no sirve, o que no cree en esas cosas, siempre me acuerdo de mi tío Coco.

Y no puedo evitar sonreír.

Post previamente publicado  en el Grupo de Facebook: Psicologas y Psicologos en Argentina y publicado en Psyciencia con el permiso del autor.

Imagen: Hartwing (Flickr)