Imagen: DreamPositive

Poner en palabras la odisea que viven las personas con ataques de pánico no es nada fácil. Pero la periodista y escritora argentina, Ana Prieto, logra que podamos entender y casi sentir cuando la azotaban los ataques de pánico:

Dicen que justo antes de que se desencadene un terremoto, los árboles se tensan y se estiran, como si la savia que los recorre fuese, de pronto, cemento endurecido. Mi cuerpo me dice que es cierto, que eso pasa, aunque nunca haya podido comprobarlo en las plantas. Lo sé porque he tenido mis propios terremotos privados, y se llaman ataques de pánico.

El primer aviso de que el pánico está por atacarme es parecido a la quietud de esos árboles: un brevísimo estado de ingravidez y suspensión, en el que todo a mi alrededor se reacomoda como si estuviese por presenciar algo muy importante y muy inminente. El segundo aviso es el brillo que adquiere el entorno: los muebles, las personas, las lámparas, las plantas parecen lijadas, pulidas, bruñidas y pasadas por un conversor a súper HD.

Después ya no hay más avisos: el eje que coordina mi mundo se desvía y llega el desastre: mi corazón ya no es mi corazón, sino una granada que late a todo volumen y a la que acaban de quitarle el seguro. Mis manos son las de un fantasma: no las siento, me hormiguean, me son ajenas. Una fuerza invisible aprieta mi garganta: respiro hasta el fondo para abarcar todo el oxígeno del mundo, pero se queda atorado a medio camino. No entiendo lo que nadie dice porque las voces acoplan, se enciman; me mareo, siento frío, y tengo la certeza absoluta de que me voy a morir o peor, de que ya nunca más podré salir de ese estado de terror.

Es una lectura muy valiosa que puede ser utilizada para compartir con los pacientes o conocidos que también sufren de la misma condición. También puedes comprar su libro: Pánico, diez minutos con la muerte en formato digital o impreso en la página Bajalibros.

Lee el artículo completo en Clarín.

Artículos que te pueden interesar: