Con frecuencia el único aspecto de la investigación en psicología al que el público general tiene acceso es el más apto de para ser reportado en las noticias: algún estudio que sugiere un recurso para reducir el estrés, alguna investigación en psicología que resulta llamativa o simpática, un estudio que trate un tema de interés actual. Para el público general, entonces, la investigación en psicología puede aparecer como un simpático entretenimiento, a lo sumo una contribución a la cultura general, sin demasiado impacto concreto en la sociedad.

La realidad, sin embargo, es otra. La investigación psicológica tiene (o puede tener, si se la lleva a cabo), efectos dramáticos y concretos en la economía de una sociedad. Tan solo para dar un ejemplo de esto, consideremos lo que sucede con uno de los trastornos psicológicos más comunes, la depresión.

Los costos públicos de la depresión

Varias veces hemos escrito sobre aspectos clínicos de la depresión y su tratamiento, pero pocas veces hemos mencionado el costo que tiene la depresión para la sociedad. La Organización Mundial de la Salud (OMS), ha predicho que para el 2020 la depresión será la segunda causa de discapacidad en el mundo (Murray & Lopez, 1996). Kessler(2012), llevó a cabo un relevamiento de datos en el cual se encontraron los siguientes efectos que la depresión tiene sobre el funcionamiento social de las personas:

  • Dado que suele comenzar en la adolescencia, la depresión se asocia con el abandono de los estudios de nivel medio –los adolescentes con depresión tienen alrededor de un 60% de probabilidades de no terminar el secundario.
  • Junto con otros trastornos, es un predictor de peor calidad de los matrimonios, lo cual a su vez impacta sobre algunas variables sociales (seguridad financiera, soporte social, etc.), y un importante predictor de divorcio.
  • La depresión es un importante predictor de embarazo adolescente.
  • Si bien el desempleo suele considerarse como factor disparador de depresión, la relación inversa también resulta verdadera: una historia de trastornos mentales al momento de terminar la escolarización resulta predictor de desempleo y discapacidad laboral.
  • A causa del deterioro de las interacciones familiares, la depresión está asociada con un peor desempeño en la crianza de los hijos, afectando negativamente el desarrollo y la regulación afectiva de los niños.
  • Es una de las principales causas de días perdidos en el trabajo, detrás de migrañas, dolor crónico, y trastornos cardiovasculares. Sólo por este motivo, en Estados Unidos en 2003 la pérdida estimada fue de 33.000 millones de dólares (Wang, Simon, & Kessler, 2003), y se estima que la pérdida anual oscila entre 30.000 y 50.000 millones de dólares. De hecho, considerando los días de trabajo perdidos sólo en los 36 países más grandes del mundo, se estima que se pierden alrededor de 12.000 millones de días de trabajo por año por depresión, alrededor a 50 millones de años de trabajo por año.
  • Se asocia con un deterioro concreto de la salud de la persona, en particular con artritis, asma, cáncer, enfermedades cardiovasculares, diabetes, hipertensión, trastorno respiratorio crónico, dolor crónico, etc., además de estar asociado con muerte temprana por enfermedades cardiovasculares e infarto. Todo esto, además del impacto sobre las personas, representa una fuerte carga sobre los sistemas de salud.

Resumiendo unpoco, la depresión no tiene sólo un impacto sobre el bienestar psicológico de las personas, sino que al afectar su funcionamiento cotidiano deteriora aspectos centrales del funcionamiento social, y esto tiene costos (económicos y otros), sobre toda la sociedad. Tengan en mente que hablamos de sólo uno de los trastornos psicológicos más comunes.

Para dar un número concreto: en USA el costo económico total de la depresión en 2010  fue de 210.000 millones de dólares (incluyendo desde días de trabajo perdidos, hasta uso de los sistemas de salud y suicidios; Greenberg, Fournier, Sisitsky, Pike, & Kessler, 2015). Utilizamos datos de USA porque son los más accesibles, pero todo indica que el costo es proporcionalmente similar en otros países.

El impacto del tratamiento

Kessler, en una reseña de su investigación, lo resume así: “la depresión es un desastre global”. De hecho, se estima que el costo mundial de los trastornos mentales oscila entre 2.5 y 8.5 trillones de dólares anuales, y se espera que esa cifra se duplique en el 2030 (Chisholm et al., 2016).

¿Cuál es la respuesta frente a esto? La OMS calcula que la mayoría de los países con ingresos bajos y medios gasta menos de 2 dólares per cápita en prevención y tratamiento de los trastornos mentales. Ahora bien, la pregunta del millón (de los ocho trillones, más bien), es qué pasa si se invierte en la investigación para prevención y tratamiento de la depresión. ¿Vale la pena en términos económicos, más allá del bienestar psicológico?

La respuesta es simple: abrumadoramente, sí. Un análisis sobre los costos de la depresión y un escalamiento estimado de los efectos de tratamiento señala que, gracias al aumento de la productividad (reducción de días de trabajo perdidos, por ejemplo), y a la disminución de la carga sobre los sistemas de salud, la inversión en prevención y tratamiento de trastornos de ansiedad y depresivos representa que por cada 1 dólar invertido se obtienen entre 3.3 y 5.7 dólares (Chisholm et al., 2016).

Dicho de otra manera, es una inversión que como mínimo, genera una ganancia del 330%. Cualquier inversión que genere un 100% de retorno es considerada excelente, y aquí estamos hablando de al menos tres veces eso, según los cálculos más conservadores. No invertir en investigación le sale carísimo a una sociedad.

Ahora bien, ¿qué implica una inversión así? La ciencia es una empresa colectiva. Para cualquier avance, es necesario el esfuerzo combinado de muchas personas trabajando en distintos aspectos. Supongamos que queremos hacer una inversión así en un país de Latinoamérica. Esto no implicaría sólo brindar tratamiento, sino que para poder hacer prevención y tratamiento se requieren varias acciones accesorias. Por ejemplo:

  • Formación y capacitación de investigadores
  • Relevamientos epidemiológicos para evaluar las características demográficas y el impacto de la depresión en ese país: para tener una línea de base, para saber si centramos la intervención más en adolescentes o en adultos, etc.
  • Desarrollo o adaptación de instrumentos de medición de depresión: necesarias para evaluar por ejemplo, el impacto de los tratamientos para depresión.
  • Investigación sobre depresión como trastorno: por ejemplo, investigar características sintomáticas, factores de riesgo, factores de prevención, etc.
  • Desarrollo de cero o adaptaciones culturales de tratamientos para depresión.
  • Formación de terapeutas o prestadores de salud para esas intervenciones.
  • Investigaciones piloto para evaluar la viabilidad de esos tratamientos: para saber si esas intervenciones son viables con la población objetivo.
  • Ensayos controlados aleatorizados de los tratamientos: para evaluar de manera controlada (en entorno de laboratorio, digamos) la eficacia comparada entre distintas opciones de tratamiento.
  • Estudios de impacto de las intervenciones de prevención: seguimiento del impacto del tratamiento en el entorno natural.
  • Investigaciones sobre mecanismos de cambio: por ejemplo, discernir si la terapia depende de modificaciones cognitivas, conductuales, emocionales, neuroquímicas, etc.
  • Investigaciones sobre la diseminación: para mejorar la implementación y transmisión de esos tratamientos.

Esta no es una lista exhaustiva, sino tan sólo algunos ejemplos de en qué consiste una inversión que –repetimos- tiene un retorno estimado de entre un 330% y un 570%.

Y la cosa no se queda aquí. Como ya mencionamos, la ciencia es una empresa colectiva, por lo cual lo que se investiga en un área de investigación tiene impacto sobre otras. Por ejemplo, la investigación sobre las mejores formas de diseminar un tratamiento para depresión entre psicólogos puede ser utilizada para transmitir buenas prácticas hospitalarias en enfermeros, o prácticas de seguridad en obreros metalúrgicos. Los datos epidemiológicos sobre impacto de la depresión pueden ayudar a diseñar mejores políticas de salud, intervenciones en colegios, etc.

Cerrando

En este artículo hemos desarrollado tan solo un ejemplo. Así como sucede con la depresión, otras áreas de investigación psicológica tienen impacto profundo sobre la sociedad.

Si sólo consideramos el caso de la depresión, vemos que carecer de un sistema de investigación e intervención no sólo significa que se empobrece la calidad de vida de los ciudadanos de un país, sino que además significa que se pierden cantidades enormes de dinero, pérdida que podría evitarse con algo de inversión y capacitación, no sólo en ciencia aplicada sino también en ciencia básica, que es menos llamativa pero que proporciona las bases para que se puedan desarrollar aplicaciones específicas. No invertir en ciencia sale caro.

Significa también que invertir en ciencia no es un lujo sino una necesidad, que es una buena práctica económica, especialmente en los países menos desarrollados, en donde los recursos económicos no sobran. Digamos, quizá Suiza pueda perder varios miles de millones de dólares por año por días de trabajo perdidos por depresión, pero un país latinoamericano no puede darse ese lujo.

En resumen: invertir en ciencia no sólo es importante por el desarrollo cultural de un país, sino también por los beneficios económicos que reporta.

Invertir en ciencia es una buena idea.

Referencias

Chisholm, D., Sweeny, K., Sheehan, P., Rasmussen, B., Smit, F., Cuijpers, P., & Saxena, S. (2016). Scaling-up treatment of depression and anxiety: A global return on investment analysis. The Lancet Psychiatry, 3(5), 415–424. http://doi.org/10.1016/S2215-0366(16)30024-4

Greenberg, P. E., Fournier, A.-A., Sisitsky, T., Pike, C. T., & Kessler, R. C. (2015). The Economic Burden of Adults With Major Depressive Disorder in the United States (2005 and 2010). The Journal of Clinical Psychiatry, 76(2), 155–162. http://doi.org/10.4088/JCP.14m09298

Kessler, R. C. (2012). The Costs of Depression. Psychiatric Clinics of North America, 35(1), 1–14. http://doi.org/10.1016/j.psc.2011.11.005

Murray, C. J., & Lopez, A. D. C. N.-C. (1996). The global burden of disease: a comprehensive assessment of mortality and disability from diseases, injuries, and risk factors in 1990 and projected to 2020. World Health Organization. http://doi.org/10.1038/3218

Wang, P. S., Simon, G., & Kessler, R. C. (2003). The economic burden of depression and the cost-effectiveness of treatment. International Journal of Methods in Psychiatric Research, 12(1), 22–33. http://doi.org/10.1002/mpr.139