Ilustración por Javier Mandil

Hace unos años la neuro-manía, inicialmente, nos sorprendió (como suelen sorprendernos, apenas en el fugaz transcurso de las primeras citas, algunas personas) al demostrarnos que muchas decisiones aparentemente racionales estaban fundadas en factores netamente subjetivos y emocionales (bah…¿nos sorprendió? Ya lo había dicho Zajonc en 1980: “las preferencias no necesitan inferencias”-todo lo mismo, ¿o no? jeje).

El ejemplo más obvio es observable a nivel de la economía cotidiana. Raras veces sopesamos pros y contras en manera absolutamente lógica al elegir un celular, una computadora o una marca de manteca. Poco importa el procesador de 300 núcleos del android de turno a mitad de precio. Algunos aun suspiramos por el éxtasis ante el contacto con el iPhone. Antes que alguien deseche el último párrafo con sonrisa socarrona, le pido que revise distintos aspectos de su vida. ¿Todos están libres de emocionalidad y de preferencias absolutamente idiosincrásicas al realizar sus compras? Vamos chicas, la carterita de Armaniiiiii….¿o si eres un poco más intelectualoide, la pollerita hindú cuidadosamente descuidada y “libre”?

La circunstancia más reconocida por su escandaloso aspecto paradojal es la tendencia a sentirnos atraídos, de manera automática, por la alternativa más cara expuesta en un escaparate, aunque no necesariamente sea la mejor.

Pues bien, mi idea es que cuestiones similares, aunque sea parcialmente, orientan nuestra manera de percibir y acercarnos o alejarnos de algo, en relación a los nuevos desarrollos en psicoterapia. Pasare a destacar dos grandes categorías:

“Esto ya lo dijo Freud”: Coherencia esencial-epistémica de la mediana edad:

A medida que uno adquiere práctica clínica, las cosas le funcionan y se cansó de romperse las posaderas para ir a uno y otro workshop. Llega un momento en que la cantidad de información acopiada ha automatizado cómodamente ciertos procesos y, para suerte y desgracia, ciertas definiciones del sí mismo profesional. Y sí, la vida es compleja. Uno llega a un cargo docente alto consumo o a ser director de una institución y/o a ser padre de familia, velar por la economía personal y familiar…intentar auto definirse de manera constante implicaría un costo adicional y una potencia de proceso que en nuestro balance no siempre nos daría positivo.

A medida que uno adquiere práctica clínica, las cosas le funcionan y se cansó de romperse las posaderas para ir a uno y otro workshop

Pasa con muchas cosas, por ejemplo las elecciones amorosas. A quién no le gustaría, en parte, tener esa apertura de los 20 años para “enamorarse” de casi cualquier persona que nos resultase atractiva, hagan revisión compañeros/as: recuerden a Pirulo, el novio antisocial de la adolescencia “un poquito barra brava y nazi, pero de buen corazón” o a Pirula, la novia de la universidad, sexy como Winona Ryder, pero infinitamente más desequilibrada: aquella con la que era probable tener una intimidad volcánica pero que luego, en un ataque de ira impredecible, te rompía el plasma de 40 pulgadas. Para suerte o desgracia, uno hoy en día, experiencia mediante, tiene automatizados ciertos supuestos y actitudes y felizmente, cuando alguien en una primer cita nos cuenta algo así como: “a mí me gusta descubrir….no estar atado/a y dejarme llevar constantemente por mi búsqueda interna”, ya se nos enciende un signo de alarma.

Otros signos de alarma son menos funcionales: “Arturo es taaaaaan bueno pero no seee….Paquita es re bonita y re inteligente, pero….¿como decirte? ¡besa raro!” En fin, uno ya no está para escalar el Himalaya en Rollers o hacer turismo aventura nocturno en una peligrosa barriada periférica. Nuestros aprendizajes previos nos protegen, ahorran tiempo, energías, pero por supuesto también nos limitan.

Igualmente, esos artilugios orientados a buscar coherencia que constituyen las cogniciones y el lenguaje, en seguida nos van a brindar razones y justificaciones a la altura de las circunstancias: “No es que sea histérico. Es que yo necesito algo de picante en las mujeres”, “No es que me ponga obsesiva. Pero yo quiero un hombre que me lleve, no un niño a quien cuidar”, y así sucesivamente.

Antes de que piensen que tuve una crisis esquizofrénica y que me estoy disgregando, retornare al centro argumental. Tomemos como modelo explicativo, orientado a la comprensión conjunta, al del viejo y querido Piaget: cuando nos acercamos a cualquier información nueva, lo hacemos a partir de la dialéctica entre la asimilación y la acomodación. Hay una necesidad intrínseca a la comprensión de buscar comparaciones y parecidos y, a su vez, amoldar la información novedosa de acuerdo a nuestros preconceptos: ”pero…esto de marco relacional es muy parecido al concepto de esquema” o de descartar esa molestia novedosa que nos invita a volver a estudiar, magnificando los puntos vulnerables de alguna teoría o método: “¿Qué onda? ¿Un solo estudio controlado con 30 participantes? ¡¡¡ Que cara-duras!!!”.

“¿Que habrá pensado un veterano practicante de TREC formado por el propio Ellis cuando en 1979, Beck y colaboradores publicaron el afamado “Terapia Cognitiva para la Depresión”

Déjenmelo ilustrarlo con una anécdota más cercana a la academia: un terapeuta e investigador sencillamente brillante (les pido un acto de fe…hizo infinitas cosas geniales, pero como todo ser humano, en esta oportunidad, se dejó atrapar por las garras de la cómoda coherencia escencial-epistémica) que, durante muchos años pregonaba la importancia de estar abierto a todo nuevo desarrollo con base en la evidencia, a posteriori de ser padre de familia, miraba con desdeño mi flamante manual de “ACT: an experiential approach to behavior change”, mientras me cuestionaba: “¿Cuántos estudios hicieron estos tipos? ¿Es para tanto?” Un tiempo después, cuando los meta-análisis le empezaron a dar bastante bien a ACT y la cantidad de investigaciones creció en manera notable, le mostré los prometedores datos y me contesto: “Creo que tenemos demasiadas terapias basadas en la evidencia. Más que esforzarnos en buscar nuevos métodos y teorías, tendríamos que buscar dispositivos para diseminar en manera más práctica y mejor los tratamientos existentes, para favorecer su alcance a mayor cantidad de personas que sufren”. Algunos al ver este diálogo se identificaran con mi coherente interlocutor y otros pensaran “¡Que tipo cerrado! Se la pasa buscando justificaciones para desechar la novedad”. Ni lo uno ni lo otro. Doy fe de que, en otras áreas, que actualmente está investigando, demuestra una inquietud, apertura y apasionamiento pasmosas. Solo que, en relación al área de estudio al que ya no se estaba abocando, necesitaba ejercitar, por razones económicas, esos automatismos cognitivos orientados a mantener la coherencia esencial….o en otras palabras, la identidad. En suma, todos los sesgos y heurísticos necesarios para conservar nuestra preciada ilusión de estabilidad bajo la sombrilla protectora del “No hay nada nuevo bajo el sol”.

¡Momento! Antes de que golpeen su computadora y/o que escriban una enconada queja a la revista, tengo una pregunta incómoda para hacerles: “¿Que habrá pensado un veterano practicante de TREC formado por el propio Ellis cuando en 1979, Beck y colaboradores publicaron el afamado “Terapia Cognitiva para la Depresión” y los terapeutas abrazaban apasionadamente la metáfora de la mente-computadora?” jejeje. ¡Probablemente, que veían muchas similitudes entre ambos modelos! Sí, sí, y estoy hablando de ese libro nodal, edición Desclee, que aún conserva el lugar reservado para los iniciáticos en tu biblioteca. Ok. Para el profesional treintón o cuarentón y para arriba, experto en TREC a fines de los 70, probablemente se trataba de un genérico respecto al original marca Ellis (más organizado, específico y con base en la evidencia), es cierto….pero ese libro que estabas comprando, encargando o pasando quizás clandestinamente por la aduana….¿era “objetivamente” taaaan novedoso?

Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción. Mira que buenoo lo nuevoo: 

Antes de que piensen que los títulos están guiados por los prejuicios propiciados por una sesgada lectura generacional, aclaro: y si, son generalizaciones. Argumentaría, en pos de justificar su aproximación a la compleja realidad profesional, que estas dos perspectivas muchas veces coinciden con distintos momentos evolutivos de la carrera, pero también señalaría notables excepciones:

En ciertos contextos, por ejemplo, ser joven, revolucionario y “abierto a lo diferente” podría implicar una suerte de revisionismo hardcore pro-Skinner desde el aislamiento del laboratorio: “Ja! Acá esta la posta, la gilada no entiende que el divino-divino Burrhus Frederic ya lo dijo TODO en el 57, con el concepto de comportamientos gobernados por reglas”.

Otros, en el polo contrario podrían sucumbir al alzheimer epistémico por motivos simil-narcisisticos ya en sus tempranos 30: “Baaaah…los terapeutas y sus discusiones. Esto ya está, esto funciona, ahora hagamos investigación básica y basta de psicoterapias”.

todos los sesgos y heurísticos necesarios para conservar nuestra preciada ilusión de estabilidad bajo la sombrilla protectora del “No hay nada nuevo bajo el sol”

Por otra parte, a algunos maduritos nos agarró el ataque de pendeviejo-workshop-dependiente, en momentos más avanzados de nuestro recorrido biológico.

Señaladas estas excepciones notables, pasemos a definir la otra postura extrema, determinante de un consumo desaforado de “lo último y más actualizado” en desarrollos psicoterapéuticos:

En principio consistiría en una adicción al renovarse. Y no estaría nada mal si se desarrollase en manera flexible, creo yo. A veces, uno necesita pensar desde otros marcos la práctica terapéutica, para que no se produzca una especie de “efecto extinción” respecto al propio método y teoría, que pudiese afectar la flexibilidad al intervenir. Mirada nueva, energía nueva. Y  también los aportes concretos para dificultades y complejidades hasta entonces insuficientemente abordadas por modelos anteriores (¡Maldición! ¿qué hago con la señora septagenaria con depresión crónica? ¿Y el poli-traumatismo crónico con dolor idem?).  Y aun más ¿porqué no la ilusión (fundada o no) de que en alguna página del flamante Guilford Press o el recién hackeado PDF, vamos a encontrar la respuesta para sacar por fin adelante a Camila, nuestra querida consultante crónica, a quien acompañamos con escaso éxito hace casi una década?

Pero, en su versión exagerada, quizás contextualizada en etapas de nuestra vida vulnerables, o caso contrario por la motivación extra que nos dieron nuevas posibilidades laborales, nos podría afectar un picaflorismo teórico que amenazaría con reducir la más mínima consistencia epistémica a la textura del éter: y así saltaríamos de modelos eclécticos-sistemáticos promotores de la terapia taylorizada a fascinarnos por teorías del trauma con dudosa base neurobiológica y artilugios terapéuticos pseudo-hipnóticos (perdón por el exceso de ironía, EMDR acredito un grado de validación notable: probablemente eficaz para el PTSD, claro, pero déjenme tomarme esta licencia, recordando con cariño esa etapa de la historia en la que todos movíamos los deditos de izquierda a derecha o que toqueteábamos partes del cuero cabelludo, o que…en fin) hasta llegar a nuestro momento extremo oriente “soltaaa la teoría y la explicacióóón, entregate a la experienciaaa. ¿¿¿¿¿Sabes qué dijo el maestro?????  Desapegateeee”, para luego, frenético zapping mediante, llegar a una concepción radicalmente opuesta a lo que anteriormente habíamos sostenido de manera apasionada: ¡La mente no existe! ¡Volvamos a eliminar ese pus de la psicología moderna!

Más allá de la bizarría fenoménica que este zapping desenfrenado podría propiciar (una terapeuta inteligente, simpática y a la vez muy responsable, hablo de “El shopping de las terapias basadas en la evidencia” en algún incendiario post de Facebook), un extremismo semejante podría conllevar el peligro de descartar el trabajo inmenso de años previos de avance en la historia de nuestra disciplina o, en casos menos extremos, a sesgar inútilmente ciertos aportes que, de ser desempolvados periódicamente y recuperados de los anaqueles de la historia, también podrían aportarnos otra mirada flexible.

Y yo….les traigo la “verdad-verdadera”: síntesis dialéctica, síntesis dialéctica:

Jejeje, a los dioses Freud y Skinner gracias, el sentimiento de culpa me impide hacer bullying al mundo entero, sin incluirme, reírme y cuestionar aun mi propia mirada. A veces parezco un lorito repitiendo mi pseudo-Hegel-de-wikipedia. Pero sinceramente, en una lectura dialéctica de la evolución de nuestra disciplina, se basa mi perspectiva. No es que yo logre el equilibrio todo el tiempo y me considere un “superado”. A veces, de acuerdo al momento específico de mi vida, me dejo atrapar por el cómodo alzheimer teórico y otras veces me dejo atrapar por la necesidad adolescente del frenético shopping compulsivo (sí sí, probé cuantas terapias sistémicas habían, tratamientos TCC con niños que nunca pasaron de la fase experimental, EMDR, psicología positiva, tercera ola y ahora, POR MOMENTOS estoy CASI convencido que son solo conductas en función del contexto y ningún homúnculo psicológico lo que conduce a presionar las teclas de la PC mientras escribo). Pero, en la medida que puedo, trato de ejercitar cierta “epoche” de mis presupuestos y una “toma de perspectiva crítica” en mi manera de leer y disfrutar los avances de la psicoterapia.

A veces, uno necesita pensar desde otros marcos la práctica terapéutica, para que no se produzca una especie de “efecto extinción”

Me queda un poco más claro, a la manera de un antídoto a la demencia por coherencia fronto-temporal, que al ser testigo presencial de una época, difícilmente vea saltos paradigmáticos dignos de ranas mutantes, por parte de nuestra disciplina. Esos se ven después de un tiempo, en perspectiva y con el diario del lunes. Aprendí a volver a enamorarme de los pequeños pasos concretos que ofrece el contacto con el momento presente de la psicoterapia.

Un ejemplo personal: durante años, los terapeutas cognitivos infanto-juveniles, teníamos que recurrir a un híbrido cognitivo-sistémico para entender cómo demonios ese modelo de mente-pequeña-laptop, encarnada en el consultante joven, se conectaba mediante cables, interfaces y redes al colegio y al entorno familiar. La Teoría de los Enmarcados Relacionales, al prescindir de explicaciones intra-psíquicas y al conceptualizar a la cognición como una clase de conductas en función del contexto, me proveyó “OTRA” lente que, al día de la fecha, se me antoja un poco más coherente, flexible y precisa para conceptualizar y abordar ciertos fenómenos. Y mi lectura de las investigaciones que parecen ratificar su solidez, al día de  HOY, no deja de sorprenderme.

Esta bueno poder sorprenderse a cada tanto. A su vez, también me permito aceptar la escasez de estudios controlados en determinadas áreas, considerando que, el corto lapso que pasó respecto al desarrollo inicial del modelo y los aún insuficientes fondos otorgados para su verificación, hacen imposible que se compare su nivel de ratificación en relación a la evidencia registrada, respecto a conceptualizaciones más clásicas o mainstream.

Siempre me interesa bucear en modelos alternativos con evidencia incipiente para flexibilizar mi práctica y poder asistir a consultantes con diferentes idiosincrasias.

Más aún, me apasiona interiorizarme en relación a propuestas novedosas que aspiran a cubrir los huecos clínicos que modelos anteriores nos habían dejado.

En el otro polo, intento no dejarme llevar por declaraciones grandilocuentes, tan típicas del marketing escolástico en nuestra disciplina (el modelo que crea estar libre de este vicio, que arroje sus obras completas): “Les traemos una teoría revolucionaria con posibilidades de explicar la totalidad de la experiencia humana”. También estoy atento a cuando los pelos se me erizan ante la propuesta de una nueva panacea. O cuando siento los aún leves aromas pútridos de la tautología auto-confirmatoria y/o de la imposibilidad de verificación empírica.

Es un proceso siempre inacabado de aprendizaje constante a partir del cual, más que nada, no podemos dejar de evolucionar, en base a alternativos aciertos, promesas, decepciones y porrazos.

En fin, al que llegó al final del texto, espero no haberle hecho perder demasiado tiempo, haberle en cambio arrancado alguna sonrisa y quizás haberle contagiado algo de motivación para seguir ejercitando el estudio crítico de nuestra disciplina. Tengo que dejarlos, me acaba de llegar por Amazon un manual sobre Terapias Basadas en la Síntesis Rizomática, que cuenta con unos estudios realmente  prometedores ; )