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La terapia cognitivo conductual (TCC) es un modelo bien estructurado, y fundamentado, con bases científicas que han marcado la pauta para la práctica clínica de una gran cantidad de psicólogos clínicos en la actualidad. No forma parte de la gama de terapias más utilizada en la actualidad sólo por su difusión y proliferación sino también por su eficacia, economía y puntualidad (que es relativamente corta en tiempo) para los tratamientos.

Además la Terapia Cognitivo Conductual (TCC) trata de involucrar al paciente en su tratamiento para que, más adelante, pueda intervenir él mismo en sus posibles dificultades psicológicas.

La TCC explica detalladamente al cliente, en su fase de psicoeducación, cuál es la posible génesis, desarrollo y mantenimiento de su problema y cómo se espera modificarlo o tratarlo. Resaltando así la importancia que tiene el sujeto en su tratamiento. Además un terapeuta cognitivo conductual, y la TCC en general, para diferenciarse de otras psicoterapias, se implican en una modalidad activa-directiva porque involucra al cliente en el tratamiento a través de su colaboración, promoviendo asimismo el debate en la sesión.

La TCC elige como objeto de  estudio el evento psicológico y, más que empeñarse en describirlo, trata de intervenir en él modificando las variables identificadas en su análisis funcional de la conducta. Tratando de aislar la conducta problema para su fácil estudio.

Esta terapia es actualmente una de las más utilizadas para la práctica clínica. Existen manuales muy completos, en lo que a implicaciones clínicas se refiere, para el tratamiento de gran cantidad de trastornos psicológicos, contando con métodos y técnicas específicas para una intervención eficaz en trastornos de ansiedad, sexuales, disociativos, somatomorfos, de control de impulsos, del estado de ánimo, etc. (véase Caballo, 2002 para revisión de los programas de tratamiento). Aún con la hegemonía actual de la TCC, esto no quiere decir que desde siempre haya sido así, ha tenido que abrirse paso entre las terapias de modificación conductual o terapias conductuales que las han ido acogiendo poco a poco. Algunos investigadores afirman que no es aceptada del todo.

Aseguran que: “(…) no están todavía claros los fundamentos teóricos que subyacen la aplicación de las técnicas cognitivo-conductuales, en contraste con los principios de la terapia de conducta clásica que proviene de la investigación básica sobre el aprendizaje humano” (Lega, Caballo y Ellis, 1998). Aunque no descartan la eficacia de las Terapias Cognitivo Conductuales porque, las pruebas empíricas han demostrado su aplicabilidad en una gran variedad de alteraciones psicológicas.

Por ésta razón es evidente que actualmente muchos profesionales de la salud se muestren interesados por ahondar cada vez más en las terapias cognitivo conductuales (TCCs). Por otra parte, las bases científicas en las cuales se fundamenta la TCC (o las TCCs) son las técnicas y métodos de la terapia de la conducta; el condicionamiento clásico o Pavloviano, el condicionamiento operante skinneriano que provienen directamente de la aplicación del método científico (observación, experimentación y comprobación), que es por excelencia el método más utilizado para recabar datos confiables, que nos ayuden a consolidar la base de una teoría.

La variable cognitiva resulta de alguna manera innegable para comprender la actividad mental en el ser humano

Estas investigaciones, que se llevan a cabo en el laboratorio con la denominación genérica “Análisis Experimental de la Conducta” para luego trascender a instituciones o grupos, pero ahora llamado genéricamente “Análisis Conductual Aplicado”, se llevaron a cabo, obviamente, con organismos no humanos para establecer los principios que rigen la conducta p. ej.: “Reforzamiento Positivo”, “Reforzamiento Negativo”, “Extinción”, “Moldeamiento”, “Modelamiento”, etc. (véase Holland y Skinner, 1990 para la revisión de los principios).

Aunque estos aspectos generan mucha reticencia por parte de teóricos e investigadores de otros paradigmas psicológicos, no fue un impedimento para someter a la comprobación las terapias cognitivo conductuales y se tuvo que recurrir al método o diseño cuasi-experimental donde no se tiene todo el control de las variables pero sí se manipulan la variable independiente (método y técnica) y la dependiente (emoción, por ejemplo), en los grupos control y experimental; que de alguna manera nos da las bases empíricas para que se continúe o desista de algunas técnicas en base a su eficacia o deficiencia, respectivamente.  

La variable cognitiva resulta de alguna manera innegable para comprender la actividad mental en el ser humano (o animal racional) porque precisamente es lo que nos separa del resto de los seres vivientes.

Este sistema de procesamiento de la información, producto de la actividad neuronal; ha sido, infinidad de veces, comparado con sistemas artificiales como el de una computadora por ejemplo. Que a su vez ha servido para darnos una idea de cómo es que se recibe, procesa y almacena la información. Pero tiene sus limitaciones porque, de alguna manera,  se dificulta explicar satisfactoriamente la atribución de significados propia del ser humano, que hace al respecto de algo.  Porque carece de propiedades materiales, físicas, a las que podamos observar directamente.

La TCC podemos definirla y entenderla como la aplicación clínica, y sistemática de los principios de la ciencia psicológica (Ruiz A., Díaz M. y Villalobos A., 2013).

Por su parte, la Terapia Conductual se adhiere fuertemente a la Teoría del Aprendizaje Social (Ruiz A., Díaz M. y Villalobos A., 2013 p. 32) para explicar la forma de aprendizaje en un sujeto. De la que se conocen tres maneras de aprender: Vicario (por observación), simbólico (por información) y contingente (por experiencia). Dando así una base firme para poder explicar el aprendizaje, sosteniendo que las conductas (adaptadas o desadaptadas, buenas o malas, sanas o enfermas, etc.) son aprendidas en función de las consecuencias, entonces podemos aprender formas más adaptativas de comportarnos mediante estos mismos principios.

La neuropsicología es una especialidad perteneciente al campo de las neurociencias, que se encarga de estudiar las relaciones existentes entre los procesos mentales y conductuales  y las estructuras cerebrales involucradas. Y constituye un punto de unión para con la psicología. Un neuropsicólogo se ocupa entonces del diagnóstico y el tratamiento de aquellos problemas cognitivos, conductuales y emocionales que pueden ser resultado de diferentes procesos que afecten el normal funcionamiento cerebral. Es el estudio de los trastornos de comportamiento, cognitivos y emocionales en relación con un mal funcionamiento cerebral.

Esta disciplina ocupa un lugar central entre los diferentes campos implicados en las neurociencias y su florecimiento se vio beneficiado por el desarrollo conjunto de la neurología comportamental y las neurociencias Desde un punto de vista clínico, la neuropsicología permite establecer correlaciones, llamadas correlaciones anatomo-clínicas, entre lesiones cerebrales y/o afecciones cerebrales y alteraciones de las funciones cognitivas. La neuropsicología clínica permitió así establecer una semiología de los trastornos cognitivos y emocionales asociados a una lesión cerebral o, más ampliamente, a una patología neurológica. 

Los trastornos como un aprendizaje erróneo, desde una propuesta de la TCC y su relación con la neuropsicología

El aprendizaje desde el PAS se puede definir como un cambio, permanente y relativamente duradero, en la conducta de una persona. En tanto que en la neuropsicología se puede definir como: “La capacidad del cerebro para cambiar su funcionamiento en respuesta a una experiencia” (Pinel, 2007).

Aunque la biopsicología se refiere a aprendizaje y memoria indistintamente, sólo hacen una pequeña aclaración: aprendizaje es el cambio en el cerebro que se da a causa de las experiencias vividas; por otro lado, la memoria es el almacenamiento de los cambios producidos por las experiencias, en nuestro cerebro.

Los mecanismos de plasticidad neuronal, en estructuras particulares del encéfalo humano (p. ej.: el hipocampo), que se piensa son las bases fundamentales del aprendizaje y la memoria, son en las que nos enfocamos cuando hablamos de los cambios que se dan, a nivel neuronal, por el impacto de las vivencias en cada persona. Se postula que la facilitación permanente de la transmisión sináptica es la base neural del aprendizaje y la memoria. Según Pinel (2007, p. 312), Bliss y Lomo, en 1973, “se facilita después de que se haya aplicado a las neuronas presinápticas estimulación de alta frecuencia”, y a este fenómeno se le denominó Potenciación a Largo Plazo (PLP). Ésta hipótesis se ha demostrado en muchas especies y en muchas partes del encéfalo pero con mayor frecuencia en el hipocampo de las Ratas.

El PLP tiene tres partes la inducción, mantenimiento y expresión, que son los procesos que hacen que se produzca éste fenómeno PLP (aprendizaje) los cambios responsables del almacenamiento (memoria) y los cambios que permiten que esto se exprese (recuerdo). La PLP se ha estudiado en las sinapsis en las que predominan los receptores NMDA (principal neurotransmisor excitador del encéfalo) que es un receptor del glutamato. El mantenimiento y la expresión tienen lugar tanto en la neurona presináptica como en la postsináptica.

La memoria es una función neurocognitiva que permite registrar, codificar, consolidar, retener, almacenar, recuperar y evocar la información previamente almacenada. Mientras que el aprendizaje es la capacidad para adquirir nueva información, la memoria es la capacidad para retener la información aprendida.

¿Cómo los recursos neurológicos, para hacernos seres funcionales, nos afectan?

Como ya se mencionó anteriormente, en este ensayo, hay diversas maneras de entender el aprendizaje pero también puede ser definido y entendido como: un producto, un proceso o una función en donde se refiere tanto al resultado de una experiencia o el cambio que acompaña a la práctica como al comportamiento que modifica, perfecciona o controla y también al cambio que se origina cuando el sujeto interacciona con la información.

Pero, ¿qué pasa cuando estos recursos de los que hemos sido dotados nos juegan en sentido opuesto? O sea que no sólo nos afectan sino que se exceden en el propósito y tal parece que nos dominan o insisten en dominarnos. Como es el caso del trastorno por angustia (o pánico) o el de Trastorno por Estrés Postraumático, por ejemplificar algunos.

El trastorno por pánico (TP) implica experiencias de periodos discretos de repentino e intenso temor o malestar (o sea pánico). Esta experiencia se caracteriza por un conjunto de síntomas físicos y cognitivos que ocurren de forma inesperada y recurrente  y se distingue por la activación ansiosa que crece repentinamente y de reacciones fóbicas a estímulos intrínsecos que a la postre desarrollan una forma de preocupación a ataques futuros o un cambio importante en la conducta  en respuesta a los ataques, como resultado de la experiencia previa (Asociación Americana de psiquiatría, 2014).

hay todo un cambio a nivel cerebral que es producido por un acontecimiento en la vida real o el mundo inmaterial

La mayoría de las personas sufren este tipo de estímulos intrínsecos (p. ej. Hiperventilación, taquicardias, mareos, etc.,) pero son percibidos como parte de algún movimiento inesperado o brusco y no pasa a mayores. Quienes han tenido este tipo de experiencias (inducción) y desarrollan la preocupación a ataques futuros (mantenimiento) y a su vez entran en un círculo vicioso de Miedo al miedo (expresión) desarrollan este aprendizaje defectuoso (fenómeno PLP) son diagnosticados con trastorno por pánico (Caballo, 2002).

En el caso de Trastorno por Estrés Postraumático (TEP), que describe un patrón de síntomas que desarrollan algunos individuos que han sufrido estímulos estresantes traumáticos, de igual manera el individuo en cuestión tiene que haber experimentado, haber sido testigo o haberse enfrentado a un acontecimiento (experiencia) que entrañen una amenaza de muerte, muerte real, lesión grave o una amenaza a la integridad física y la respuesta del individuo a la experiencia tiene que incluir un miedo intenso, indefensión o terror (Caballo, 2002).

Todo lo anterior supone que en el individuo hay todo un cambio a nivel cerebral que es producido por un acontecimiento en la vida real o el mundo inmaterial (el de las palabras, las cogniciones, imaginación, etc.) y a su vez esto es almacenado como catastrófico y terrible (insoportable) y es así como es llevado a los recuerdos. Esta perpetuación desde ambos puntos de vista es lo que se considera un trastorno, que técnicamente podríamos definirlo como una alteración fisiológica, emocional, cognitiva o del desarrollo clínicamente significativa que produce una disfuncionalidad en el ser humano.

Conclusión

A modo de conclusión diremos que los trastornos son el resultado de un aprendizaje erróneo; o sea experiencias, vivencias, que fueron percibidas, procesadas y almacenadas de una manera inadecuada. Y como tal son resultado tanto del aprendizaje como de la memoria. Ya que sin estos dos procesamientos no tendrían una razón de ser. Y tienen como base el fenómeno denominado Potenciación a Largo Plazo y sus partes de inducción, mantenimiento y expresión que son los procesos para que se pueda dar éste aprendizaje.

Las conductas inadaptadas son producto de un aprendizaje erróneo y lo aprendido se puede desaprender (Barraca, 2014). A través del mismo procedimiento se podría inducir a recuperarse de un trastorno, desaprendiendo lo que se aprendió de forma incorrecta y almacenar la información correcta. Y de esta manera tener un impacto positivo en la conducta del sujeto que padece algún tipo de trastorno.

Este ensayo es el punto de unión entre la neuropsicología y la TCC, tratando de dar una explicación del papel que juega el aprendizaje en los tratamientos empleados dentro de la psicoterapia clínica (específicamente de la TCC) y algunos procesos cerebrales implicados en la mejoría del cliente.

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Bibliografía

Asociación Americana de Psiquiatría (2014), Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), 5ª  Ed. Madrid: Editorial Médica Panamericana.

Barraca, J. (2014). Técnicas de modificación de conducta: una guía para su puesta en práctica. España: Editorial Síntesis

Caballo, V. (Dir.) (2002). Manual para el tratamiento cognitivo-conductual de los   trastornos psicológicos. Vol. 1. (2ª. Ed.). Madrid: Siglo Veintiuno Editores.

Larousse (2007). Diccionario Manual de la Lengua Española. México: Larousse Editorial, S.L

Galasso, L. (2011). La nueva psicología breve y eficaz: Terapia cognitivo conductual (2ª ed.). Buenos Aires: Psicología Argentina.

Hayes, S., Strosahl, K. & Wilson K. G. (2014). Terapia de aceptación y compromiso. Proceso y práctica de cambio consciente (mindfulness) España: Desclée De Brouwer.

Holland, J. G. (1990). Análisis de la Conducta: Texto programado (2ª. Ed.). México: Trillas.

Lega, L., Caballo, V. & Ellis, A. (2009). Teoría y práctica de la terapia racional emotivo-conductual. España: Siglo Veintiuno Editores

Pinel, J. (2007). Biopsicología. 6th ed. Madrid: Pearson Educación S. A.

Portellano, J. (2005). Introducción a la neuropsicología. Madrid (España): McGraw-Hill.

Ruiz, F. A. Díaz, G. M. y Villalobos, C. A. (2013). Manual de técnicas de intervención cognitivo conductuales. Bilbao: Desclée De Brouwer.

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Julio Hernández
ic. En psicología por la Universidad Autónoma de Guerrero (AUGro). Maestrando en la Maestría en "Psicoterapia Cognitivo Conductual en Salud Mental y Familia" Por el instituto de Terapias Cognitivo Conductuales de Pachuca Hidalgo. Certificado por el Instituto Albert Ellis de Nueva York para la práctica de la TREC. Certificado por el Instituto Albert Ellis de Nueva York para la práctica de la TREC (en la población infanto-juvenil). Diplomados en Psicoterapia Cognitivo Conductual por el Instituto Vida Racional de Acapulco (Nivel Básico y Avanzado). Formación en Análisis Conductual Aplicado (Autodidacta).

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