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La Asociación de Psicología Americana (APA) define la depresión como un estado caracterizado por falta de interés y de placer hacia las actividades cotidianas, pérdida o ganancia de peso considerable, insomnio o somnolencia, falta de energía, dificultad para concentrarse y un sensación de poca valía que conlleva pensamientos de muerte o suicidio.

La depresión es mucho más que un mero estado de tristeza o desánimo. Para el psicólogo Andrew Solomon, quien experimentó en primera persona el trastorno durante cierta etapa de su vida, se trata de una enfermedad de la soledad. 

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“Muchos de los depresivos no tratados carecen de amigos porque se resta la vitalidad que requiere la amistad y esto sumerge a las víctimas en un caparazón impenetrable, haciendo que sea difícil para ellos hablar o escuchar palabras de consuelo”, describe Solomon.

Las causas principales de depresión son diversas. Algunas incluyen:

  • Abuso sexual, emocional o físico
  • El uso de ciertos fármacos (como isotretinoína, antiviral interferón-alfa y corticosteroides)
  • Muerte de un ser querido o ruptura de una relación
  • Predisposición biológica (estudios han encontrado que el hipocampo de las personas que sufren de depresión es más pequeño que el de un individuo promedio, por lo cual hay un número menor de receptores de serotonina)
  • Situaciones de vida de un alto impacto emocional (especialmente en personas biológicamente vulnerables al desarrollo de la depresión)
  • Historial familiar de depresión
  • Enfermedades crónicas
  • Abuso de sustancias

La depresión es un fenómeno que comprende, por tanto, factores individuales, sociales y biológicos y puede manifestarse por razones distintas de un individuo a otro con base en experiencias personales y sistemas de creencias.

Pero, ¿qué tanto influye el modo en que pensamos a diario en el desarrollo de la depresión? ¿Somos conscientes de lo dañinos que pueden llegar a ser nuestros pensamientos y de cómo se relacionan estos con una salud mental robusta o afectada?

“no podemos controlar cómo van a reaccionar o pensar los otros” (ELLEN HENDRIKSEN)

Un estudio publicado en 2009 en la revista científica “Cognitive Therapy and Research” destaca el rol determinante que juegan dos creencias particulares en el desarrollo de la depresión.

La primera de ellas es la certeza de que estamos obligados a ser del agrado de todo el mundo, lo cual también implica una sobreestimación de la magnitud de las opiniones que los demás tienen sobre nosotros.

Cuando esta creencia lidera nuestras vidas, enfocamos nuestros actos y decisiones en satisfacer las expectativas de los demás a expensas de nuestro propio bienestar emocional. Para la psicóloga Ellen Hendriksen, esto nos hace propensos a la depresión porque “pone nuestra felicidad en manos de los otros” “no podemos controlar cómo van a reaccionar o pensar los otros, o si nos van a juzgar o no”.

Hendriksen recomienda ejercitar nuestra flexibilidad con un proceso llamado reestructuración cognitiva, el cual consiste en autocuestionarnos acerca de una creencia que está frenando nuestro crecimiento personal o afectando nuestra calidad de vida.

“Nos preguntamos: ¿esto realmente es verdad?, y entonces adoptamos una creencia más acertada. No una creencia más feliz, porque el propósito no es embestir nuestra antigua creencia sino volver a trabajar en el modo en que adoptamos una creencia, que quede claro cómo y por qué lo hacemos para poder avanzar”.

La segunda creencia vinculada con el desarrollo de la depresión es la obsesión con ser perfectos, la convicción de que no tenemos derecho a equivocarnos o que, si cometemos un error, somos un fracaso o carecemos de inteligencia. Una autoimagen basada en un sentir de inferioridad.

Para Hendriksen, esta creencia se convierte en campo fértil para la depresión porque “nos hace pensar que nuestra valía personal depende de nuestro desempeño, y que si no nos desempeñamos perfectamente, no valemos nada”.

La segunda creencia vinculada con el desarrollo de la depresión es la obsesión con ser perfectos

Un método útil para moderar el perfeccionismo y modificar estos patrones de pensamiento dañinos es reestructurar nuestros estándares, no de forma que nuestras metas sean mediocres, sino trazando un camino más flexible hacia el logro, replantearnos el modo en que definimos nuestra perfección.

“Una forma de hacerlo es centrarnos en el proceso, no en el resultado. Por ejemplo, podríamos decir: <Estoy trabajando duro y haciendo un gran esfuerzo>, o <Estoy viviendo de acuerdo con mis valores>”, explica Hendriksen.

Otra forma de lidiar con el perfeccionismo es rechazando la idea de una perfección rígida e incorporando pensamientos más saludables en nuestro día a día, como: “Soy valioso justo por ser quien soy”.

Hacer a un lado los intentos recurrentes por ser perfectos hace que dejemos de preocuparnos por nuestros defectos y que estemos más abiertos a apreciar nuestros puntos fuertes.

Fuente: Scientific American

Rita Arosemena P.
Graduada en Comunicación y especialista en Educación Superior. Amante de la literatura, el arte y las ciencias (y del café. El café no se lo toquen). Le interesan especialmente la neuropsicología, la psicología evolutiva y la psicopatología. Le apasiona la música francesa y no tiene nada contra Freud.