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Al leer el original del artículo que hoy les presento, no pude evitar recordar aquel capítulo de Friends en el que Phoebe, envalentonada tras una placa de policía que había encontrado, confronta a una persona que acababa de apagar un cigarrillo contra el tronco de un árbol, diciéndole que le pida disculpas al árbol, caso contrario ella lamaría “refuerzos”. Y me quedé pensando ¿podríamos vivir en sociedad sin las “sanciones sociales”? ¿Qué lleva a una persona (que no está investida de autoridad competente para hacerlo) a señalar a otro que está cometiendo una falta respecto de las normas mínimas para la convivencia pacífica?

En la ciudad de Rosario, Argentina, sucedió por ejemplo, que se aprobó una Campaña de educación, difusión y concientización sobre la prevención de ruidos molestos en el transporte público de la ciudad, originada en el hecho de que muchos pasajeros de los transportes públicos escuchaban música en altos volúmenes dentro del transporte, aún cuando otros pasajeros solicitaban que bajaran el volumen, o que usaran auriculares.

Un estudio publicado en el British Journal of Social Psychology ha encontrado que quienes intervienen tienen ciertas particularidades de carácter. El equipo de investigadores franceses y austríacos liderado por Alexandrina Moisuc, pensaron que el perfil de personalidad de un interviniente podría ser “El Quejoso Amargado”: una persona con baja autoestima que usa la hostilidad hacia otros para sentirse mejor consigo mismo. Las sanciones sociales son efectivamente una forma de “castigo altruista” (porque son hechas en miras a un bien social mayor) y algunos estudios sobre castigo en juegos económicos muestran que los individuos con baja empatía están más dispuestos a castigar a otros. Por otro lado, los investigadores anticiparon que quizás las personas con una personalidad más parecida al arquetipo de un líder podrían estar más inclinadas a confrontar.

Los investigadores condujeron una serie de estudios en los que se pidió a los participantes que leyeran escenarios hipotéticos que involucraban comportamientos antisociales como alguien rompiendo posters, escupiendo en el pavimento, o tirando baterías usadas en una maceta perteneciente a un jardín compartido. El uso de escenarios hipotéticos y de intenciones puede ser considerado una limitación del estudio, ya que puede que no reflejen verdaderamente acciones del mundo real; por otro lado, permitió a los investigadores estudiar un rango más amplio de situaciones. Se preguntó a los participantes cómo responderían a estas situaciones, en escalas que iban desde inacción total, suspirar, hasta hablar con el transgresor suave o agresivamente. También calificaron cuán indignados moralmente se sintieron respecto de las transgresiones, con mayores puntuaciones relacionadas fuertemente con un deseo de intervenir. Además, los participantes se calificaron a sí mismos en cuanto a sus personalidades y otros rasgos.

Moisuc y sus colegas encontraron que los rasgos como la autoestima y bajos niveles de capital social (los componentes “amargos”) y también rasgos asociados con arremeter, tales como agresividad, regulación emocional pobre, y orientación a la dominación social (ver el mundo como jerárquico y por ello querer potencialmente rebajar a otros para permanecer uno arriba), no tuvieron, o incluso tuvieron una relación negativa, con la preparación para actuar. Esto se vió en muestras de estudiantes en Austria y Francia, y en una muestra francesa posterior de no estudiantes; en total fueron cerca de 1100 participantes.

Los rasgos de la personalidad que estuvieron asociados con una intención de confrontar incluyeron extraversión, confianza, persistencia, ser bueno al regular emociones, valorar el altruismo y sentirse cómodo expresando opiniones

Los rasgos de la personalidad que estuvieron asociados con una intención de confrontar incluyeron extraversión, confianza, persistencia, ser bueno al regular emociones, valorar el altruismo y sentirse cómodo expresando opiniones. Aquellos que ya se sentían aceptados socialmente, y felices de tomar responsabilidad social (como votar y pagar impuestos) también fueron más propensos a decir que intervendrían. Esta es una imagen muy diferente al Quejoso Amargado. Estos rasgos se relacionan con manejar exitosamente situaciones difíciles en equipos y con tomar riesgos para denunciar en organizaciones. Consecuentemente, el grupo de Moisuc lo caracteriza como el “Líder Razonable”.

La data también indicó una conexión entre la voluntad de intervenir y el sostenimiento de actitudes antiprejuiciosas: la menor “dominación social” se asoció con la confrontación, tanto en los escenarios más genéricos como en un subconjunto que involucraba comportamientos racistas o sexistas.

Sin dudas estos hallazgos son muy llamativos y nos mueven a reflexionar ya que rompen esa interpretación negativa de concebir las conductas prosociales de otros como motivadas en su egoísmo para justificar nuestra propia inacción. ¿Qué nos falta, personalmente, para defender el mundo que realmente queremos?

Referencia del estudio:

Alexandrina Moisuc, Markus Brauer, Anabel Fonseca, Nadine Chaurand, Tobias Greitemeyer (2018). Individual differences in social control: Who ‘speaks up’ when witnessing uncivil, discriminatory, and immoral behaviours? British Journal of Social Psychology. https://doi.org/10.1111/bjso.12246

Fuente:The British Psychological Society

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