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16 años siguiendo a niños mentirosos: esto encontraron

  • 09/06/2026
  • Equipo de Redacción

Si tu hijo te miente, probablemente no estás criando a un futuro delincuente. Eso es básicamente lo que muestra un estudio nuevo publicado en Development and Psychopathology. La mayoría de los niños mienten poco y mienten cada vez menos a medida que crecen. La mentira es común en la infancia, pero para casi todos no es señal de nada grave.

El detalle está en ese «casi». Hay un grupo pequeño de niños que mienten de forma frecuente o que mienten cada vez más con el tiempo. Y ese grupo sí tiene más riesgo de desarrollar síntomas de personalidad antisocial y de acumular antecedentes penales en la adultez.

Por qué este estudio es distinto

La mayor parte de lo que sabemos sobre las mentiras infantiles viene de experimentos de laboratorio. Le pones a un niño una situación artificial —no mires este juguete, no comas este dulce— y observas si miente para conseguir un premio o para esconder una travesura. Esos estudios sirven para entender cómo se desarrollan las habilidades mentales necesarias para mentir. Pero no te dicen nada sobre cómo se comporta la mentira en la vida real, a lo largo de los años.

Este trabajo va por otro lado. Los investigadores siguieron a las mismas personas durante 16 años para ver qué trayectoria seguían sus mentiras desde la infancia hasta la adultez temprana.

La pregunta de fondo era simple: ¿todos los niños siguen el mismo camino, o hay grupos distintos?

«Sabíamos que la capacidad de mentir aparece en los niños pequeños por su desarrollo cognitivo», explicó Victoria Talwar, directora del centro de desarrollo infantil de la Universidad McGill y autora principal. «Pero no sabíamos cómo se desarrollaban estas trayectorias. No teníamos la conexión entre la niñez temprana y la adultez.»

Qué hicieron

Analizaron datos del Estudio Longitudinal de Quebec, con 3,017 niños francófonos que tenían alrededor de seis años cuando empezó la investigación. Madres, padres y maestros reportaron las mentiras de los niños en varios momentos entre los 6 y los 19 años, usando una escala simple de tres puntos: no aplica, ocasional, frecuente.

Además midieron agresividad a los 6 años, impulsividad a los 12, y cuando los participantes llegaron a los 22, entrevistadores entrenados evaluaron síntomas de trastorno de personalidad antisocial. También revisaron registros judiciales oficiales de condenas entre los 13 y los 25 años.

Como los padres y los maestros ven a los niños en contextos muy distintos, analizaron los reportes por separado. Eso es importante, porque cada grupo de observadores encontró trayectorias diferentes.

Las trayectorias

Según los maestros, hubo tres caminos:

  • Mentira baja (73%). La gran mayoría. Mentían poquísimo a los 7 y eso bajaba casi a cero a los 15.
  • Mentira creciente (22%). Empezaban un poco más alto y subían lentamente hasta un nivel ocasional en la adolescencia media.
  • Mentira decreciente (5%). Empezaban con las tasas más altas y caían a casi cero a los 15.

Según los padres, también tres caminos, pero distintos:

  • Mentira ocasional (58%). Un nivel moderado y estable desde los 6 hasta los 19.
  • Mentira baja (30%). Empezaban bajo y bajaban más hasta casi desaparecer.
  • Mentira curvilínea (12%). Moderada a los 6, pico entre los 8 y los 10, y después una caída fuerte hacia la adolescencia tardía.

La lectura general es tranquilizadora. «La mayoría de los niños no mienten demasiado y tienden a mentir menos a medida que crecen», dijo Talwar. La mentira frecuente no es la norma. Solo una minoría muestra niveles crecientes o persistentemente altos.

Qué predice los caminos problemáticos

Acá está lo clínicamente interesante. Las mentiras no aparecían solas.

Los niños con más agresividad a los 6 años tenían más probabilidad de terminar en los grupos de mentira alta o creciente. Lo mismo con los niños que los maestros calificaron como muy impulsivos a los 12. La mentira problemática venía acompañada de otras dificultades de conducta.

«Así que la mentira problemática suele ser parte de un patrón más amplio de dificultades conductuales, no un problema aislado», resumió Talwar.

Esto encaja con lo que vemos en consulta. Un niño que miente mucho rara vez es «solo un niño que miente». Suele ser un niño que también pega, que actúa sin pensar, que tiene problemas para regularse. La mentira es una pieza, no el cuadro completo.

Los desenlaces en la adultez

Cuando miraron qué pasó después, las trayectorias importaron.

Según los reportes de los maestros, los niños del grupo de mentira creciente mostraron más síntomas de personalidad antisocial en la adultez temprana y acumularon más condenas, violentas y no violentas, que los del grupo de mentira baja.

Según los reportes de los padres, fueron los niños del grupo de mentira ocasional pero estable los que terminaron con las tasas más altas de agresividad adulta, síntomas antisociales y condenas. En cambio, los niños de los grupos de mentira baja o decreciente tuvieron los menores índices de problemas.

Vale la aclaración: incluso en los grupos de riesgo, las tasas de conducta criminal eran bajas en términos absolutos. No estamos hablando de un destino sellado.

Qué te llevas de todo esto

Si eres madre o padre, el mensaje es directo: que tu hijo mienta de vez en cuando es normal y casi siempre se le pasa. No necesitas convertir cada mentira en una crisis moral.

Lo que sí vale la pena observar es la mentira persistente y en aumento, sobre todo cuando aparece junto a otros problemas de conducta como agresividad o impulsividad. Esa combinación puede ser una señal temprana de riesgo y justifica buscar apoyo a tiempo.

«La mentira persistente y notoria puede ser una señal de alarma temprana de problemas de ajuste posteriores», dijo Talwar.

Desde lo clínico, me parece que ese es el punto útil. No patologizar la mentira, que es parte del desarrollo, pero tampoco ignorarla cuando viene en paquete con otras dificultades. El patrón importa más que el episodio.

Lo que el estudio no puede decirte

Conviene leer estos resultados con cuidado.

La escala de tres puntos es muy gruesa. No distingue entre una mentira egoísta para sacar provecho y una mentira prosocial para no herir a alguien. Y no mide todas las mentiras: mide las que los adultos lograron detectar. Los adultos somos malísimos atrapando mentiras infantiles, así que en realidad el estudio captura la deshonestidad socialmente visible, no la cantidad real de mentiras.

«Pueden existir mentiras que los padres o maestros no atraparon ni reportaron», reconoció Talwar.

Además, la muestra incluyó a propósito a muchos niños con conducta disruptiva en el kínder, lo que pudo facilitar encontrar la relación entre problemas tempranos y desenlaces criminales. Y no se controlaron variables como el nivel socioeconómico de la familia o problemas internalizantes no tratados, como la ansiedad, que podrían influir tanto en la conducta infantil como en los líos legales de adulto.

En resumen

No todas las mentiras son iguales, y esa es quizás la conclusión más importante. La mayoría de los niños mienten un poco y lo superan. Un grupo pequeño no, y en ese grupo la mentira suele ser la parte visible de algo más amplio. Distinguir entre una cosa y la otra —en lugar de asustarnos con cada mentira— es lo que nos permite intervenir donde de verdad hace falta.

Referencia: Talwar V, Crossman AM, Robinson K, et al. The long view: Lie-telling trajectories, ages 6 to 19 years. Development and Psychopathology. Published online 2026:1-14. doi:10.1017/S0954579426101515

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