Piensa en tus compañeros de trabajo, en tus vecinos, en la persona que tienes al lado en el bus. ¿Qué porcentaje haría trampa si pudiera ganar algo de dinero sin que nadie se entere y sin riesgo de castigo?
El número que se te vino a la cabeza casi seguro es demasiado alto. Eso es lo que muestra un estudio publicado en el Journal of Experimental Social Psychology: damos por hecho que la gente es bastante más deshonesta de lo que es en realidad. Y esa creencia equivocada tiene consecuencias.
De dónde salió la pregunta
El estudio nació casi de casualidad. Jareef Martuza, profesor de la Escuela de Economía de Noruega, escribió su tesis doctoral sobre decisiones morales. En sus experimentos les daba a cientos de participantes la oportunidad de mentir para ganar un bono, y de paso les preguntaba qué porcentaje de los demás creían que iba a hacer trampa.
«Pensé que, en promedio, la gente acertaría», contó Martuza. «Pero sobreestimaban de forma consistente. Irónicamente, mis creencias sobre las creencias de los demás también estaban equivocadas.»
Así que decidió estudiarlo en serio.
El número
El equipo empezó revisando sus propios datos sin publicar: 31 comparaciones en 11 experimentos, con más de 8,000 respuestas. En la mayoría usaron un juego de dados. El participante pensaba un número, veía el resultado y reportaba si había acertado. Como la probabilidad real de acertar se conoce con exactitud, los investigadores podían calcular cuánta gente mentía para llevarse el dinero.
El resultado fue claro. En promedio, los participantes sobreestimaron la tasa de deshonestidad por 13.6 puntos porcentuales. El 63.5% se pasó por cinco puntos o más. Solo una cuarta parte subestimó la trampa.
«Sobreestimaron en unos 14 puntos, lo cual es un efecto sustancial», dijo Martuza. Lo que más los sorprendió fue lo estable que era el patrón. Aparecía en distintos contextos y daba igual si la persona había hecho trampa o no antes de dar su estimación.
El sesgo era más fuerte cuando había dinero real de por medio que en escenarios hipotéticos. La hipótesis de los autores: el dinero hace más visible la tentación de mentir, y proyectamos esa tentación sobre los demás. Si yo siento las ganas de hacer trampa, asumo que el resto también las siente y cede.
Lo que pasa cuando corriges la creencia
Acá viene la parte interesante. ¿Sirve de algo decirle a la gente cuál es el número real?
En un segundo estudio con 981 adultos, a la mitad le dieron un texto con los datos: que cerca del 70% de las personas actúa con honestidad en estas pruebas, y que la gente tiende a sobreestimar la trampa por 14 puntos. La otra mitad recibió una descripción general sin cifras.
Quienes leyeron los datos reales reportaron una visión más positiva de los demás. Más confianza general, más convicción de que la gente intenta ser justa, y menos cinismo. Corregir una sola creencia negativa mejoró la mirada sobre las personas en general.
Los jefes y las cámaras de vigilancia
Después el equipo fue por un grupo que diseña reglas para otros: los gerentes.
En un tercer estudio, 285 directivos estimaron cuánta gente haría trampa. Igual que el resto, exageraron: predijeron que el 55% mentiría en el juego de dados, 25 puntos por encima de la tasa real. Y ese pesimismo moral predijo algo concreto: cuanto más sobreestimaban la deshonestidad, más apoyaban la vigilancia y el monitoreo estricto en el trabajo.
El cuarto estudio, con 741 gerentes, probó si esto se podía mover. A la mitad le dieron los datos reales sobre honestidad. Los que recibieron la información mostraron bastante menos apoyo a las medidas de control en cinco de seis escenarios. Saber el número verdadero les bajó la necesidad de vigilar.
Martuza lo dice con cautela: corregir la percepción cambió las actitudes declaradas hacia la vigilancia, pero todavía no han probado si cambia las decisiones reales dentro de una organización.
Por qué esto me parece relevante en lo clínico
Mucha gente llega a terapia convencida de que el mundo está lleno de personas dispuestas a aprovecharse. A veces es producto de experiencias reales. Pero a veces es un sesgo, una lectura del mundo que se sostiene sola y se confirma sola: si asumo que los demás van a fallarme, me protejo, me cierro, y nunca llego a comprobar lo contrario.
Este estudio le pone un número a esa intuición. No es que la gente sea perfecta. Es que solemos calcular mal, hacia el lado oscuro, y ese error nos cuesta confianza, vínculos y tranquilidad. Saberlo no te obliga a confiar en cualquiera. Pero sí abre la puerta a preguntarte si tu pesimismo sobre los demás está tan justificado como sientes que lo está.
Lo que el estudio no dice
Conviene no estirar las conclusiones.
Los autores son claros: cerca del 30% de los participantes sí hizo trampa cuando tuvo la oportunidad. Nadie está diciendo que la gente sea impecable. El hallazgo es que creemos que ese número es mucho más alto de lo que es.
Además, toda la muestra era de Estados Unidos y reclutada en línea, así que no se sabe si el patrón se repite en otras culturas. Tampoco está claro el mecanismo exacto: puede que los eventos negativos se nos peguen más en la memoria, o que escuchar una buena noticia mejore el ánimo y tiña todo de positivo. Y leer un texto corto en una encuesta no es lo mismo que tomar decisiones reales en una empresa.
En corto
Tendemos a creer que los demás hacen más trampa de la que realmente hacen, y por un margen amplio. Esa creencia alimenta el cinismo y empuja hacia más control y vigilancia. Cuando a la gente le muestras el dato real, confía más y vigila menos. Vale la pena revisar de vez en cuando si la imagen que tenemos del resto coincide con la evidencia, o si solo coincide con nuestro miedo.
Referencia: Martuza, J., Thorbjørnsen, H., & Sjåstad, H. (2026). Beliefs versus reality: People overestimate the actual dishonesty of others. Journal of Experimental Social Psychology.