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  • Psicología aplicada

¿Qué nos dice la evidencia sobre la psicología detrás del extremismo y la radicalización?

  • David Aparicio
  • 10/02/2026

El ascenso de movimientos extremistas en Europa, América y otras regiones del mundo no es solo un fenómeno político: es también un desafío profundamente psicológico. ¿Qué lleva a una persona a adoptar posiciones cada vez más radicales, incluso hasta el punto de justificar la violencia? Una revisión sistemática publicada en Papeles del Psicólogo se propuso responder esta pregunta reuniendo la evidencia empírica disponible sobre cuatro variables psicológicas clave: rasgos de personalidad, búsqueda de significación personal, espiritualidad/religiosidad e intolerancia a la incertidumbre.

Primero, aclaremos los términos

Antes de entrar en los hallazgos, vale la pena distinguir dos conceptos que suelen usarse como sinónimos pero que no lo son.

Radicalización se refiere a un proceso gradual mediante el cual una persona va adoptando ideologías cada vez más extremas, que rechazan el statu quo y pueden conducir a la violencia. Es un camino con etapas identificables, como una escalera o pirámide que va de sentimientos radicales a comportamientos radicales (Trimbur et al., 2021).

Extremismo, en cambio, es más bien un estado. Según Klein y Kruglanski (2013), implica dos elementos: una desviación de las normas centrales aceptadas en una sociedad, y un nivel de intensidad o celo tal que una necesidad particular (por ejemplo, la búsqueda de significación) eclipsa cualquier otra preocupación básica, incluyendo en casos extremos el instinto de autopreservación.

Con este marco, veamos qué encontró la revisión.

Lo que analizó la revisión

Altungy y colaboradores realizaron una búsqueda sistemática en Web of Science, Scopus, ProQuest y PubMed, siguiendo las directrices PRISMA 2020. Incluyeron estudios empíricos publicados entre 2019 y 2024, escritos en inglés, que abordaran la relación entre extremismo/radicalización y al menos una de las cuatro variables de interés. El resultado final: 16 estudios que examinaron muestras diversas, desde estudiantes universitarios en Indonesia hasta mujeres musulmanas encarceladas en España por cargos de yihadismo, pasando por muestras de población general en Estados Unidos, Croacia, Francia y el Reino Unido.

Los rasgos de personalidad: un panorama complejo

De los 16 estudios, 10 incluyeron rasgos de personalidad como variable independiente. Aquí surge un primer desafío: no todos los estudios usaron el mismo modelo teórico. Algunos utilizaron el modelo de los Cinco Grandes (Big Five), mientras que otros se basaron en la Tríada o Tétrada Oscura (Dark Triad/Tetrad).

Desde la Tétrada Oscura, los hallazgos son relativamente consistentes. El maquiavelismo, el sadismo y el narcisismo se asociaron directamente con cogniciones radicalizadas en mujeres francesas (Morgades-Bamba et al., 2020). El narcisismo, además, fue el único rasgo asociado directamente con comportamientos radicalizados. En muestras croatas, quienes puntuaban alto en la Tétrada Oscura mostraban mayor disposición a la acción radical, tanto violenta como pacífica (Pavlović & Franc, 2021). Esto sugiere que estos rasgos impulsan la acción en general, pero no necesariamente determinan si esa acción será violenta o no.

Desde los Cinco Grandes, los resultados son menos concluyentes pero apuntan en una dirección. Dos estudios encontraron que niveles bajos de apertura a la experiencia y amabilidad (agreeableness) se asociaban con mayor susceptibilidad a la radicalización (Gøtzsche-Astrup, 2019; Furnham et al., 2020). Trip et al. (2019), trabajando con adolescentes rumanos, encontraron que una combinación de baja apertura, baja extraversión y alta amabilidad se asociaba con actitudes extremistas. Sin embargo, Meiza (2023), en una muestra de estudiantes indonesios, no encontró una relación significativa entre personalidad y radicalización.

La conclusión provisional: la personalidad parece jugar un papel, pero probablemente como factor de vulnerabilidad que interactúa con otras variables, no como causa directa.

Intolerancia a la incertidumbre: pocos estudios, hallazgos relevantes

A pesar de que múltiples modelos teóricos señalan la intolerancia a la incertidumbre como factor clave en la radicalización, la revisión solo encontró dos estudios empíricos que cumplieran los criterios, ambos del mismo autor.

Gøtzsche-Astrup (2019) encontró que las personas con mayor intolerancia a la incertidumbre eran más susceptibles a ideologías extremistas. La explicación es intuitiva: la incertidumbre empuja a las personas a buscar refugio en grupos que ofrecen certezas absolutas. Los grupos radicales, con sus jerarquías rígidas y sus narrativas en blanco y negro, proporcionan exactamente eso: un mapa claro de comportamientos y creencias que reduce la incomodidad de lo ambiguo.

Pero aquí viene un matiz importante: el efecto de la intolerancia a la incertidumbre sobre el extremismo depende de la personalidad. Específicamente, la incertidumbre interactuaba positivamente con el neuroticismo y negativamente con la extraversión y la apertura para predecir intenciones de violencia política. Es decir, las personas emocionalmente estables, extrovertidas y abiertas a nuevas experiencias eran menos propensas a adoptar posiciones extremistas frente a situaciones inciertas.

En su estudio de 2020, Gøtzsche-Astrup confirmó estos hallazgos, mostrando que la intolerancia a la incertidumbre exacerba la rigidez cognitiva, haciendo a las personas menos receptivas a perspectivas diversas ante situaciones ambiguas y potencialmente amenazantes.

La búsqueda de significación: cuando sentirse insignificante empuja hacia el extremo

La búsqueda de significación (significance quest) —el deseo de importar, de sentirse valioso y apreciado— ha emergido en la última década como una de las variables más prometedoras para explicar la radicalización. El modelo 3N de Kruglanski y colaboradores (2022a) propone que todo respaldo al extremismo requiere tres elementos: una necesidad activada (restaurar o aumentar la significación), una narrativa que justifique comportamientos extremos como medio adecuado, y una red social que cree y valide esa narrativa.

Los hallazgos de la revisión son consistentes con esta propuesta. Gómez et al. (2022), en su estudio con mujeres musulmanas encarceladas en España, encontraron que las participantes se habían radicalizado tras experimentar momentos que vivieron como profundamente humillantes. Un dato revelador: también se desvincularon del yihadismo cuando percibieron decepción y desencanto por expectativas no cumplidas.

Jasko et al. (2019), en seis estudios con diferentes tipos de activistas, concluyeron que las personas que buscan significación y sentido personal son más propensas a ser atraídas por la radicalización, ya que esta ofrece un propósito claro y un sentido de pertenencia. Jasko et al. (2020b) ampliaron estos hallazgos mostrando que los contextos sociales radicales fortalecían la asociación entre búsqueda de significación colectiva y apoyo a la violencia política.

Milla et al. (2022), trabajando con presos condenados por terrorismo en Indonesia, encontraron algo importante: la búsqueda de significación no predecía directamente el extremismo violento, sino a través de variables mediadoras como la identidad grupal (fusión de grupo) y la ideología. Esto es consistente con el modelo 3N: la necesidad sola no basta; se necesita también una narrativa y una red.

Mahfud y Adam-Troian (2021), estudiando el movimiento de los Chalecos Amarillos en Francia, encontraron que la pérdida de significación personal predecía el apoyo a acciones violentas radicales a través de la percepción de anomia—la sensación de que las normas y valores sociales se han desmoronado.

Religiosidad: no es lo que parece

Quizás el hallazgo más contraintuitivo de la revisión tiene que ver con la religiosidad. A pesar de la asociación frecuente en medios de comunicación entre religión y extremismo, la evidencia empírica no respalda esta conexión directa.

Gómez et al. (2022) encontraron que las mujeres yihadistas encarceladas se percibían a sí mismas y a sus familias como menos religiosas que el grupo control de mujeres musulmanas. Chabrol et al. (2019) llegaron a una conclusión similar: la religiosidad en sí misma no jugaba un papel importante en el riesgo de radicalización; lo que importaba eran los rasgos de personalidad (Tétrada Oscura) y la percepción de discriminación. Furnham et al. (2020) encontraron que la religiosidad solo se relacionaba con el extremismo cuando se incluían rasgos de personalidad como mediadores.

La conclusión de los autores: con solo cuatro estudios en los últimos cinco años, la religiosidad por sí sola no parece ser una variable clave para explicar el extremismo. Puede interactuar con otros factores personales y contextuales para influir en los resultados extremistas, pero no es causa suficiente ni necesaria.

¿Quién está en mayor riesgo? Un perfil provisional

Integrando todos los hallazgos, los autores trazan un perfil provisional de vulnerabilidad. Las personas con mayor riesgo de ser susceptibles a procesos de radicalización serían aquellas que:

  • Tienen mayor dificultad para manejar la incertidumbre (tanto situacional como personal).
  • Han experimentado o están experimentando una pérdida importante de significación vital (sentirse infravalorados, socialmente rechazados o humillados).
  • A nivel de personalidad, tienen más dificultades para gestionar sus emociones y son menos abiertas a experiencias nuevas o intensas.

Los autores enfatizan algo crucial: cumplir con estos criterios amplios no condena a nadie a convertirse en radical o extremista. Estos resultados deben leerse como factores de vulnerabilidad, no como determinismo.

Implicaciones para la práctica clínica y comunitaria

¿Qué puede hacer un profesional de la salud mental con esta información?

En primer lugar, estos hallazgos sugieren que las intervenciones preventivas deberían enfocarse en fortalecer la tolerancia a la incertidumbre y la ambigüedad, lo cual tiene conexiones directas con enfoques terapéuticos que ya utilizamos. La terapia cognitivo-conductual para la intolerancia a la incertidumbre, por ejemplo, podría tener aplicaciones en contextos de prevención de la radicalización.

En segundo lugar, la centralidad de la búsqueda de significación sugiere que intervenciones que ayuden a las personas a encontrar sentido, propósito y valor personal a través de vías prosociales podrían ser protectoras. Esto conecta con enfoques como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), que trabaja directamente con valores y sentido vital.

En tercer lugar, el hallazgo de que la religiosidad no es en sí misma un factor de riesgo debería informar políticas públicas y programas de prevención que a veces asumen lo contrario, estigmatizando comunidades religiosas sin base empírica.

Finalmente, la interacción entre personalidad, incertidumbre y búsqueda de significación sugiere que los programas más efectivos serán aquellos que aborden múltiples factores simultáneamente, no intervenciones aisladas sobre una sola variable.

Limitaciones a tener en cuenta

La revisión tiene limitaciones importantes que los propios autores reconocen. La base empírica sigue siendo escasa: solo 16 estudios en seis años, con apenas dos estudios sobre intolerancia a la incertidumbre (del mismo autor). La falta de un marco teórico consistente para abordar la personalidad dificulta la comparación entre estudios. Y la confusión conceptual entre religiosidad y espiritualidad limita las conclusiones sobre esta variable. Además, los autores señalan que sería necesario investigar si extremismo y radicalización son realmente constructos distintos o comparten tanta varianza que podrían ser dos facetas de un constructo de orden superior.

Conclusión

La psicología del extremismo y la radicalización es un campo que está dando sus primeros pasos empíricos sólidos. Lo que emerge de esta revisión es una imagen compleja en la que no hay una causa única, sino una confluencia de factores individuales y contextuales. La buena noticia es que muchos de estos factores —la intolerancia a la incertidumbre, la pérdida de significación, ciertos patrones de personalidad— son abordables desde intervenciones psicológicas. El desafío ahora es traducir estos hallazgos en programas de prevención e intervención efectivos.

Referencia: Altungy, P., González-Luque, A., Liébana, S., Navarro-McCarthy, A., Jaume, L. C., Roca, M. A. y Lana, R. (2025). Extremism and radicalisation. A systematic review of empirical evidence for personality, quest for significance, spirituality and intolerance of uncertainty. Papeles del Psicólogo/Psychologist Papers, 46(3), 167-180. https://doi.org/10.70478/pap.psicol.2025.46.19

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David Aparicio

Editor general y cofundador de Psyciencia.com. Me especializo en la atención clínica de adultos con problemas de depresión, ansiedad y desregulación emocional.

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