Durante meses llegué a sentir náuseas camino al trabajo. No eran el tipo de malestar que te hace faltar un día; eran más sutiles, más constantes. Y lo peor: las había normalizado. «Así es esto», me decía, como si el cuerpo avisando fuera parte del contrato laboral. Lo que a menudo es la puerta de inicio para operar la despersonalización como mecanismo de afrontamiento.
Es usual leer en revisiones sistemáticas que los profesionales de salud mental estamos en el top 5 de los grupos con mayor riesgo de sufrir síndrome del burnout, especialmente en profesiones que llevan contacto continuo con el dolor humano (Towey-Swift et al., 2023). Formalmente, se describe como un síndrome tridimensional compuesto por cansancio emocional, despersonalización y sensación de ineficacia. Se estima que uno de cada dos profesionales de la salud experimentará agotamiento emocional, ingrediente principal de esta triada (Ortiz-Fune, 2018).
Pero la estadística se siente fría hasta que te toca ser parte de ella.
El contexto: sector público y práctica privada
Mi carrera profesional como psicólogo empezó en una clínica universitaria estatal en Panamá. Para psicólogos jóvenes, la estabilidad que ofrece el sector público puede operar como un reforzador potente: ingresos predecibles, pertenencia institucional y un escalafón salarial amparado por la ley. Iniciar ganando 1224 dólares, y saber que el cheque llega todos los meses, genera mucha tranquilidad.
Desde mi segundo año en ese sitio, combiné el trabajo universitario con la práctica clínica privada. Mis días se extendían fácilmente entre 10 y 13 horas de trabajo continuo. Hasta ahí todo bien, tenía la sensación típica de los profesionales jóvenes: era posible sostener ese ritmo indefinidamente. Hoy entiendo perfectamente que estaba comprando todos los boletos para una fatiga física y mental crónica.
Pero el desgaste no solo se explicaba por el volumen de horas. La literatura señala que los profesionales sanitarios en contextos públicos se enfrentan con demandas adicionales: alta carga de pacientes, recursos limitados, procesos burocráticos complejos y, en muchos casos, dinámicas institucionales atravesadas por intereses políticos o administrativos. Estas condiciones no solo incrementan el estrés laboral, sino que con frecuencia colocan al profesional frente a conflictos reiterados entre las exigencias del sistema, el bienestar del paciente y los propios valores personales.
La incongruencia como motor del burnout
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso, entendemos que el burnout no emerge únicamente de la sobrecarga laboral, sino de la exposición sostenida a contextos que generan incongruencia entre los valores personales y las contingencias del entorno institucional (Ortiz-Fune, 2018). Cuando esta discrepancia persiste, el malestar deja de ser situacional y comienza a afectar la relación del profesional con su trabajo, su identidad y su sentido de propósito.
Tomar la decisión de abandonar el sector público no fue inmediato ni lineal. Estuvo marcado por períodos prolongados de sobreanálisis, búsqueda de validación externa y postergación: un patrón conductual orientado a evitar la experiencia interna displacentera, que a largo plazo genera mayor sufrimiento. En ese punto, no era que no sabía lo que quería o lo que era conveniente. Era que el costo emocional de actuar se sentía demasiado alto.
Una señal desde la consulta
Recuerdo con claridad una de esas semanas. Mientras me debatía internamente sobre mi futuro laboral, uno de los pacientes que acompañaba atravesaba su propio proceso de transición hacia la independencia laboral. Sesión tras sesión trabajamos en identificar valores, tolerar emociones displacenteras y avanzar en pequeños pasos hacia una vida más coherente con lo que le importaba.
Fue comida fresca para mi voz autocrítica. Pero también fue una señal de esas que llegan justo cuando las necesitas: estaba ayudando a alguien a hacer exactamente lo que yo no me animaba a hacer.
El empujón externo
La decisión final llegó cuando el contexto institucional cruzó una línea que ya no podía justificar. No fue un solo evento, sino la acumulación de dinámicas que entraban en conflicto directo con mis valores. Quedarme dejó de ser una opción sostenible.
Así que finalmente decidí renunciar.
Lo que funcionó
No quiero romantizar el proceso, pero sí comentar lo que funcionó.
Lo primero fue trabajar con mi terapeuta en clarificar mis valores. Llevaba mucho tiempo envuelto en la narrativa de «lo difícil cuesta» y «hay que aguantar para aprender». Lo que se había convertido en una justificación para poner en espera la ejecución de armar una vida más sostenible. Quizá esto lo entendía racionalmente, pero llevarlo a la práctica fue muy difícil.
Lo segundo fue poner el plan en marcha sin esperar que la ansiedad y la falta de certeza desaparecieran. Esto es central en ACT y también es lo más contraintuitivo: los pasos comprometidos no se dan cuando te sientes listo, se dan mientras todavía tienes miedo (Harris, 2009). En los últimos meses previos a mi salida, me enfoqué en ordenar mis finanzas y armar un ahorro de emergencia. Algo que me ayudó mucho fue tener un registro de mis atenciones en años anteriores: número de pacientes nuevos por trimestre, meses más flojos, comportamiento general de la consulta. Ese ejercicio me ayudó a ver con más claridad cómo se comportaba mi consulta, algo que con la ansiedad encima es muy difícil de hacer.
Por otro lado, reconocer la opinión de mi pareja, amigos cercanos y colegas fue crucial, porque más que palabras de aliento, me brindaban una perspectiva que muchas veces me costaba obtener por mí mismo.
Con esto no busco promover salidas impulsivas ni idealizar el emprendimiento. Es algo más sencillo: reconocer que ajustar el rumbo profesional, cuando hay incongruencia entre tus valores personales y los de la institución que te contrata, siempre es una opción a revisar.
En mi caso, no me fui buscando comodidad. Quien haya montado una práctica privada desde cero sabe que de eso hay poco al inicio. Me fui buscando congruencia: aplicar a mi propia vida lo que trabajo con mis pacientes.
Todavía recuerdo la última vez que hice el trayecto al trabajo con el estómago revuelto. Y recuerdo, también, la primera mañana en que ya no lo sentí.
Referencias
- Harris, R. (2009). ACT Made Simple: An Easy-To-Read Primer on Acceptance and Commitment Therapy. New Harbinger Publications.
- Ortiz-Fune, C. (2018). Burnout en terapeutas: desde ACT con la flexibilidad psicológica. En M. Á. López (Ed.), Terapia de Aceptación y Compromiso en la práctica clínica.
- Towey-Swift, K. D., Lauvrud, C., & Whittington, R. (2023). Acceptance and commitment therapy (ACT) for professional staff burnout: A systematic review and narrative synthesis of controlled trials. Journal of Mental Health, 32(1), 208–223.
Lecturas recomendadas: