Durante años, cuando los estudios de omega-3 no mostraban beneficios cognitivos, quedaba una excusa a mano: «tal vez el DHA no está llegando al cerebro». Un ensayo publicado en eBioMedicine acaba de probar, con mediciones directas, que sí llega. Y que de todas formas no sirve para proteger la cognición.
El diseño
El ensayo PreventE4 reclutó a 365 adultos de 55 a 80 años, sin demencia, todos con ingesta baja de DHA en su dieta y al menos un factor de riesgo cardiovascular o de demencia. Casi la mitad eran portadores del alelo APOE ε4, la variante que más eleva el riesgo de Alzheimer.
Durante 24 meses, mitad tomó DHA (2 g diarios), mitad placebo. Lo que distingue a este estudio es que un subgrupo aceptó punción lumbar al inicio y a los 6 meses, lo que permitió medir directamente cuánto DHA llegaba al líquido cefalorraquídeo. No es una inferencia indirecta: es medición directa en el sistema nervioso central.
Llegó. Y llegó bien.
A los 6 meses, el grupo con DHA mostró un aumento claro en la proporción DHA/ácido araquidónico en el LCR (d de Cohen = 1,64, un tamaño de efecto grande). El índice de omega-3 en sangre subió de 4,9% a 11%.
Y pasó igual en portadores y no portadores del APOE ε4. La hipótesis de que ese genotipo bloquea el paso del DHA al cerebro no se sostiene, al menos en esta etapa previa al deterioro.
Pero la cognición no se movió ni un milímetro
A los 24 meses: sin diferencias en volumen del hipocampo, sin diferencias en grosor cortical, sin diferencias en la batería cognitiva RBANS. Ambos grupos mejoraron levemente con el tiempo, probablemente por efecto de práctica en las pruebas, pero de forma idéntica.
El DHA inundó el cerebro y el cerebro no notó la diferencia.
¿Por qué?
Los autores ofrecen tres explicaciones, y las tres me parecen razonables.
La primera es bioquímica: tal vez el problema no sea de llegada sino de degradación. Enzimas como la fosfolipasa A2 (cPLA2) pueden estar catabolizando el DHA en las membranas sinápticas antes de que cumpla su función.
La segunda es metodológica: la muestra era relativamente sana —66 años en promedio, buen nivel educativo, sin deterioro al inicio. Con un hipocampo que pierde menos del 0,5% de volumen al año, es muy difícil que cualquier intervención muestre efecto protector en solo dos años. El techo está muy alto.
La tercera es la que más me convence: 69% sedentarios, 52% hipertensos, 39% con obesidad. Pedirle a un solo nutriente que contrarreste inflamación vascular de fondo y múltiples factores de riesgo simultáneos es pedirle demasiado a una cápsula.
Lo que cambia para la práctica
Este estudio no descarta el rol del DHA en salud cerebral, pero sí responde algo concreto: el problema nunca fue que no llegara al cerebro. Llegaba. Simplemente no alcanzaba.
Esto debería mover el foco de la investigación: en vez de seguir subiendo dosis, tiene más sentido preguntarse qué pasa con el DHA una vez que está en el cerebro, en qué subgrupos podría haber beneficio real (personas con biomarcadores tempranos de neurodegeneración, por ejemplo) y si las intervenciones multimodales —actividad física, salud vascular, alimentación— rinden más que cualquier suplemento aislado.
Para lo que nos compete en consulta: si un paciente pregunta si debería tomar omega-3 para prevenir el Alzheimer, la evidencia actual dice que no, al menos no como estrategia aislada en personas cognitivamente sanas. Comer pescado graso sigue siendo buena idea por otras razones. Pero vender la cápsula como blindaje cerebral es, con lo que tenemos hasta ahora, una promesa sin respaldo.
Referencia: Yassine, H. N., et al. (2026). CNS target engagement of high-dose DHA supplementation in older adults at risk for dementia: a randomised, double-blind, placebo-controlled trial. eBioMedicine. https://doi.org/10.1016/j.ebiom.2026.106316
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