A veces los terapeutas somos el obstáculo para que el paciente practique habilidades. Podemos fusionarnos con pensamientos como «este ejercicio no le gustará» o «no servirá», y sin darnos cuenta terminamos por no proponerlos. Hoy me di cuenta de esto mientras pensaba en proponer un ejercicio de aceptación: el de aguantar la respiración.
El pensamiento no es el problema. El problema es no notar que me fusioné con él, ese instante en que deja de ser un pensamiento y lo trato como un hecho. Ahí decide la sesión por mí.
Aparece sobre todo con dos tipos de pacientes. Con los que llevo mucho tiempo viendo, donde ya creo saber cómo van a reaccionar a cada cosa que propongo. Y con los que, por sus características, no parecen el candidato ideal para un ejercicio experiencial o de atención plena: personas rígidas, poco dadas a «sentir», escépticas de cualquier cosa que suene a meditación.
En esos casos mi mente trabaja rápido y en automático: «no le va a gustar», «le va a parecer raro», «para qué proponerlo si ya tenemos tiempo en esto y nunca hemos hecho algo así» o “ya hemos abordado el proceso de aceptación, está aburrido”. Y me los creo, como si ya supiera el resultado del ejercicio antes de proponerlo.
Y aquí lo irónico: mi trabajo consiste en ayudar a mis pacientes a notar sus reglas verbales, a no creerse pensamientos como «no puedo», «no sirve» o «ya sé cómo termina esto», y a moverse igual hacia lo que les importa. Pero del otro lado del consultorio, en mi silla de terapeuta, también puedo terminar comprándome mis propias reglas. No me pasa todo el tiempo, pero pasa. Hoy pasó, y alcancé a darme cuenta.
Pero me di cuenta de mi fusión. Y pude hacer las dos cosas a la vez: darme cuenta del pensamiento —»esto no le va a servir»— y proponer el ejercicio de todos modos. No necesité discutirle ni convencerme de lo contrario; las dos cosas cabían al mismo tiempo. Esa es la dialéctica de la terapia: no la de un modelo en particular (no me refiero a DBT), sino la de la situación misma. Que mi mente me diga que no va a funcionar y que yo lo proponga igual, con curiosidad, para observar qué sucede.
Para mi sorpresa, funcionó muy bien. El paciente lo hizo con curiosidad y disposición. Mi mente me había dicho que se negaría, que no iba a querer, y fue todo lo contrario: me describió sus sensaciones y su tendencia a controlar el malestar, y pudo practicar un poco eso de soltar y sostener la incomodidad de aguantar la respiración. Incluso aguantó más tiempo que en el primer intento.
Lo escribo porque creo que es algo de lo que hablamos poco. Pensamos la inflexibilidad como algo del paciente —su evitación, su fusión, sus reglas. Pero el terapeuta también se fusiona. Y cuando lo hace, el resultado no es dramático ni visible: simplemente deja de proponer cosas. Deja de traer un ejercicio, deja de sugerir una práctica, deja de explorar un recurso nuevo. No porque el paciente se haya negado, sino porque nosotros ya decidimos por él que no valía la pena.
El problema es que esa decisión casi nunca se siente como una decisión. Se siente como criterio clínico. Como experiencia. «Ya sé que con este perfil no funciona.» Y a veces sí, a veces es criterio. Pero muchas otras es pura fusión disfrazada de criterio.
Esos pensamientos van a seguir viniendo no importa cuantos años de terapia tenga. Tengo que aceptarlo, detectarlos, reconocerlos, hacerles espacio y, aun así, moverme con mayor apertura hacia lo que cada paciente y este trabajo requiere. Proponer el ejercicio. Buscar el recurso. Probar la práctica. Pedir que llenen el formulario. Y dejar que sea la experiencia —y no mi predicción— la que diga si sirve o no.