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Borges, Ramón y Cajal y la condena de no poder olvidar
Tener buena memoria no significa solo ser capaz de almacenar mucha información. También implica saber filtrar, descartar lo irrelevante y quedarse con lo importante. ¿Qué pasaría si no pudiéramos olvidar? ¿Qué ocurre cuando el cerebro pierde esa capacidad de borrar lo innecesario?
Ya Nietzsche lo intuía en La genealogía de la moral: el olvido no es un fallo, es una función esencial, una especie de digestión mental que nos permite vivir el presente sin quedar atrapados en el pasado. No solo sirve para borrar lo inútil. Nos ayuda a ordenar el flujo constante de información que genera nuestra propia mente. Sin ese filtro, viviríamos saturados, incapaces de pensar con claridad.
Borges lo llevó a la ficción en Funes el memorioso (1944). Ireneo Funes, tras un accidente, adquiere una memoria absolutamente extraordinaria: puede recordarlo todo con un detalle abrumador. Pero ese «don» se convierte en condena. El presente se le vuelve insoportable por la cantidad de información que retiene, y pierde algo que hoy la neurociencia confirma como esencial: para pensar con eficacia, hace falta olvidar. El cerebro no puede trabajar con todos los detalles de cada experiencia; necesita simplificar, generalizar, quedarse con lo esencial.
Hasta aquí, la idea ya es potente por sí sola. Pero hay una segunda parte de la historia que la vuelve todavía más interesante.
El neuroanatomista Javier De Felipe, director del Laboratorio Cajal de Circuitos Corticales en la UPM y uno de los investigadores que mejor conoce el legado de Santiago Ramón y Cajal, cuenta cómo, mientras ayudaba a la familia de Cajal a seleccionar materiales para donar al Museo Nobel de Estocolmo, se topó entre manuscritos olvidados con un relato inédito: «Desgracias de un memorioso». Cajal lo había escrito hacia 1885, mucho antes de sus grandes descubrimientos sobre el sistema nervioso, y firmado bajo el seudónimo «Doctor Bacteria» —el que usaba para sus textos más libres. De doce relatos escritos en esa época, solo publicó cinco en 1905, en Cuentos de vacaciones. Este quedó entre los siete que nunca vieron la luz.
El relato cuenta la historia de un hombre capaz de recordar libros enteros tras una sola lectura. Pero esa capacidad se convierte en carga: al no poder olvidar, revive constantemente sus decepciones y sus engaños. No puede idealizar a nadie, porque recuerda con precisión cada defecto. Para él, el pasado nunca desaparece. Cajal lo resume en una frase: el olvido es «el apagador de las sensaciones».
Es decir: casi sesenta años antes de que Borges publicara Funes el memorioso, Cajal ya había imaginado la misma pesadilla. La coincidencia es tan sugerente que tienta pensar que Borges pudo haber conocido el texto. Nunca lo sabremos. Pero quizás lo más interesante no sea esa posible influencia, sino que dos mentes —una literaria, una científica, separadas por medio siglo— hayan llegado por caminos completamente distintos a la misma conclusión.
Lo que más me interesa de este hallazgo no es solo la curiosidad literaria, sino lo que dice sobre el talento y la creatividad. Cajal, cuando escribió esto, todavía no era el Cajal que conocemos. Y aun así ya intuía algo que hoy seguimos redescubriendo en clínica una y otra vez: una memoria perfecta no es garantía de nada. La inteligencia no está en acumular, está en saber qué soltar.
Te recomiendo leer el artículo completo de Javier De Felipe en El País: De Cajal a Borges: el peso de recordarlo todo. Es un adelanto de su libro El cerebro de la memoria y la sabiduría.