Estuve revisando Determined (2023), el extenso alegato del neuroendocrinólogo Robert Sapolsky a favor del determinismo, la doctrina que asume de manera general que la ocurrencia de cualquier evento depende inexorablemente de un estado de cosas anterior. El determinismo es una suposición común para la práctica científica, ya que si los eventos no estuviesen determinados por las condiciones anteriores sería imposible hacer predicciones sobre ellos.
Aplicada a la psicología, esta doctrina sostiene que nuestras acciones no son voluntarias ni libres sino el fruto de un complejo entramado de condiciones previas, de manera que nuestra decisión sobre qué cenar a la noche no es libre ni espontánea, sino que está determinada por la conjunción de factores tales como la comida que tenemos disponible en la heladera, cómo nos ha caído lo que almorzamos, cuánto tiempo hemos pasado sin comer, nuestra historia de alimentación a lo largo de la vida, etcétera.
Los hallazgos empíricos que Sapolsky discute a lo largo del libro, si se pasa por alto el reduccionismo biologicista de algunas de sus interpretaciones, son muy aprovechables para quien tiene algún interés en el tema. En particular, el texto hace referencia a las investigaciones de Libet, una línea de investigación que siempre me ha fascinado y sobre la cual quisiera compartir algunas observaciones con ustedes.
En la década del 80, Benjamin Libet condujo una serie de investigaciones con un diseño muy particular, que de forma simplificada puede describirse así: se instalan sensores que registran la actividad de los músculos y el sistema nervioso de un sujeto de investigación, luego se le presenta un botón y se le pide que lo presione en cualquier momento, indicando, gracias a un cronómetro convenientemente instalado, el momento exacto en el que decide presionarlo. De esta manera se identifican tres eventos: el momento en que la persona decide conscientemente llevar a cabo el movimiento, la activación de la corteza motora del cerebro, y la pulsación del botón.
Los experimentos mostraron que hubo un retraso de unos 200 milisegundos entre el momento de la decisión consciente y la pulsación del botón, algo esperable por el tiempo que requiere la conducción del impulso nervioso. Pero lo notable es que fue posible detectar en la corteza motora del cerebro un potencial de preparación para el movimiento antes –unos 300 milisegundos antes– de la decisión consciente. Notarán que el orden de los eventos es contraintuitivo. Lo esperable sería que en primer lugar, la persona tome conscientemente la decisión, luego se active la corteza motora y finalmente se presione el botón. En lugar de eso, las investigaciones mostraron que la decisión consciente sucede después de que el proceso motor ha comenzado. Este hallazgo ha sido replicado de muchas maneras por distintos equipos a lo largo de los últimos cuarenta años, por lo que es un fenómeno que cuenta con un respaldo experimental bastante sólido.
Como podrán imaginarse, esos hallazgos han escandalizado a más de uno. Si se toman en serio, implican que no decidimos conscientemente qué hacer, sino que nuestro “elegir” consiste más bien en reportar qué acción ha empezado a suceder. No somos el conductor del autobús, sino un pasajero sentado en el primer asiento sin injerencia directa sobre el rumbo de la máquina. Llegamos tarde a nosotros mismos, ya que en el momento en que creemos decidir algo la acción ya ha empezado. Son hallazgos cuanto menos inquietantes para cualquier defensor del libre albedrío, y por ello aún hoy se continúan debatiendo acaloradamente.
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Pero al margen de la discusión sobre el libre albedrío, desde un punto de vista estrictamente conductista los hallazgos de esta línea de investigación no solo no resultan sorprendentes, sino que son de hecho bastante esperables.
Verán, desde hace unos ochenta años el conductismo entiende por “conciencia” a la conducta de responder (verbalmente) a las propias respuestas (Skinner, 1945). Ser consciente es responder a uno mismo. Más precisamente, se trata de una clase de conducta que consiste en emitir respuestas verbales controladas –al menos parcialmente– por la estimulación proveniente del propio organismo, sea observable o encubierta (movimientos, gestos, sensaciones somáticas, habla subvocal, etc.). La conciencia no es sentir o pensar, sino responder a lo que sentimos y pensamos. Por ello la conciencia no es causa de las conductas, sino más bien un reporte de ellas: lo que estoy haciendo, sintiendo, y sus circunstancias e historia. Es una conceptualización descriptiva de lo que sucede de manera general en las situaciones en las que hablamos de conciencia, las condiciones habituales del uso del término.
De acuerdo con esta conceptualización, la conciencia es resultado de un entrenamiento socioverbal. A medida que nos enseña el lenguaje, nuestra comunidad verbal (nuestra sociedad y cultura) de manera explícita o implícita se interesa por nuestra conducta (en particular, y justamente por ello, por sus aspectos privados): ¿qué estás haciendo? ¿dónde te duele? ¿qué hiciste? ¿qué sentís? ¿Qué temés? ¿qué deseás?, y refuerza cuando emitimos respuestas verbales controladas por esa estimulación: estoy pensando, me duele el pecho, me escondí, tengo frío, temo que las cosas no vayan a mejorar, ojalá que las cosas mejoren.
Un motivo posible para esto es que le permite a la comunidad verbal predecir e influenciar más eficazmente la conducta de quien hace el reporte. Cuando sabemos qué piensa y siente otra persona podemos lidiar mejor con ella; a su vez, expresar lo que piensa y siente le brinda a ella un grado de influencia sobre nuestras acciones. Para una especie hipercooperativa como la nuestra (Burkart et al., 2014), ésta es una práctica cultural que proporciona ventajas adaptativas decisivas para el grupo que la adopta (un grupo más coordinado funciona mejor), pero que también conlleva algunos beneficios para el individuo, como veremos más adelante.
La cuestión es que para responder a las indagaciones de la comunidad es necesario responder discriminativamente a uno mismo, diferenciar los aspectos de la experiencia empleando el vocabulario y las prácticas de la propia comunidad verbal. Distinguir una estimulación de otra, aprender a decir “miedo” frente a una constelación de estímulos, “duele” frente a otra, y “pienso” frente a una tercera, y así de manera cada vez más sutil (pensar, considerar, dudar, anticipar, etc.). En otras palabras, la comunidad nos enseña a mirarnos a nosotros mismos y nos proporciona un vocabulario y prácticas para hacerlo, de manera que tanto el surgimiento de nuestra conciencia como la forma y funciones de nuestro mundo interno son productos socioculturales.
Las investigaciones de Libet se vuelven mucho más comprensibles a la luz de esta forma de entender a la conciencia. La conciencia de tomar la decisión viene con retraso respecto al inicio de la actividad motora porque no es su causa sino una respuesta a ella –también podríamos decir que no la inicia sino que la reporta. El retraso entre el inicio de la acción y la decisión consciente sería el lapso que media entre (1) el inicio de la emisión de la respuesta operante de presionar el botón y (2) una respuesta verbal controlada principalmente por la activación motora de la primera –quizá bajo la topografía “ahora” o alguna otra–, a la cual le atribuimos poder causal sobre la primera porque la hace visible, por así decir. Presionar el botón en cualquier momento es una respuesta operante común que puede llevar a cabo tanto un humano como una paloma controlados por estímulos cualesquiera del ambiente, pero apenas ésta se inicia, y bajo las condiciones adecuadas, los seres humanos emitimos una segunda respuesta controlada por la estimulación de la primera y que por ello puede alterar su curso antes de que se complete, como cuando nos “mordemos la lengua” al percatarnos de que estamos por decir algo inapropiado.
La reconceptualización conductual implica varios cambios respecto a la forma tradicional de pensar a la conciencia. En primer lugar, toda la conducta es en principio inconsciente, ya que la conciencia es algo que sobreviene como resultado de formar parte de una comunidad verbal que se interesa de ciertas maneras por la actividad de sus integrantes: “Toda la conducta, humana y no humana, es inconsciente; se vuelve “consciente” cuando los ambientes verbales proporcionan las contingencias necesarias para la autoobservación” (Skinner, 1987, p. 782). La conducta no es consciente sino que puede serlo. Basta considerar la cantidad de botones que pulsamos durante el día sin conciencia ni decisión intencional de hacerlo.
También implica que la conciencia no es un fenómeno continuo sino episódico. Somos conscientes sólo durante los fugaces momentos en los cuales ciertas características del contexto despiertan esa porción de nuestro repertorio conductual. Finalmente, no es un fenómeno universal y homogéneo sino que, al ser un producto social, “diferentes comunidades verbales generan distintas formas y grados de conciencia” (Skinner, 1974, p. 243). No es un fenómeno único sino una clase o familia de respuestas heterogéneas que comparten la característica funcional de estar parcialmente controladas por la estimulación proveniente de la propia persona.
Conducta, Conciencia y Clínica
La conceptualización conductual de la conciencia nos conduce a un corolario clínico que podría escribirse así: una parte significativa del trabajo clínico en la terapia de conducta consiste en hacer consciente lo inconsciente.
Alguien va a leer esto y se le va a zafar un tornillo, lo sé, pero creo que no es una afirmación inconsistente con la perspectiva conductual.
Por supuesto, no me refiero a “inconsciente” en sentido psicodinámico, como entidad o constructo, sino descriptivo. Como hemos visto, “toda conducta es básicamente inconsciente en el sentido de que está moldeada y mantenida por contingencias que son efectivas aunque no sean observadas ni analizadas” (Skinner, 1969, p. 246).
La conciencia es un fenómeno que se le añade a las respuestas –inicialmente para beneficio de la comunidad verbal, pero no es la única que sale ganando con este repertorio. Cuando una persona se vuelve consciente de sus acciones y circunstancias gana un grado de control sobre sí misma: “una persona que se ha vuelto ‘consciente de sí misma’ por las preguntas que se le hicieron está en mejor situación de predecir y controlar su propia conducta. (Skinner, 1974, p.35).
Volvernos conscientes de una respuesta y sus circunstancias nos permite anticipar su ocurrencia, inhibirla o modificarla apenas comienza, o revertirla una vez que se ha emitido. Si me permiten sugerirles un pequeño experimento, la próxima vez que tomen el celular digan en voz alta lo que están haciendo (“revisando las redes sociales”, “mirando el correo”, etc.); con un poco de suerte, esa pequeña descripción puede aumentar la conciencia sobre lo que están haciendo y facilitar un mayor control sobre el scrolling.
Por esto el trabajo clínico –que es la acción de la pequeña pero genuina comunidad verbal que es la alianza terapéutica– tiende a fomentar la conciencia de las propias respuestas (es decir, responder verbalmente a ellas), a través del análisis funcional en sesión, del registro de la conducta, y de otras herramientas similares. Por ejemplo, el trabajo clínico con una persona que se autolesiona suele incluir ayudarla a identificar no sólo las características topográficas de sus conductas autolesivas sino también las circunstancias, pensamientos, sentimientos y respuestas observables que suelen precederlas.
Esto puede requerir en primer lugar proporcionar criterios para discriminar más finamente los aspectos de su experiencia –es decir, llevar a cabo alguna forma de psicoeducación que oriente la atención hacia la acción, que ayude a identificar distintas emociones, a distinguirlas de pensamientos y acciones, etcétera. La microcomunidad verbal clínica induce a responder a los propios eventos más frecuentemente y con mayor detalle, y de esa manera aumenta el control sobre la propia conducta. Ahora bien, de acuerdo con la definición que hemos revisado, esto involucra alterar el grado y tipo de conciencia. Eventos de los cuales la persona no era consciente –o de los cuales lo era de manera débil o difusa– se vuelven conscientes y por ello susceptibles de un manejo más efectivo.
La clínica conductual fomenta una conciencia más poblada, refinada, efectiva. Por esto dije que una parte significativa del trabajo clínico en la terapia de conducta consiste en hacer consciente lo inconsciente, es decir, hacer consciente la conducta. No en el sentido psicodinámico de interpretar lo que está oculto, sino en el sentido de establecer repertorios de autoobservación y descripción verbal de la conducta y su contexto.
Claro está, la conciencia no siempre alcanza para generar un cambio clínico, y en algunos casos hasta puede ser contraproducente: “La conciencia puede ayudar si el problema es en parte , y un insight sobre la propia condición puede ser útil si se toman medidas correctivas. Sin embargo, la conciencia o el insight por sí mismos no siempre son suficientes, y pueden ser excesivos. No es necesario ser consciente de la propia conducta ni de las condiciones que la controlan para actuar efectivamente o no. Por el contrario, como demuestra la fábula del sapo y el ciempiés, la autoobservación constante puede ser un obstáculo. El pianista consumado tendría un mal desempeño si fuera tan consciente de su comportamiento como el estudiante que apenas está aprendiendo a tocar” (Skinner, 1971, p. 189). Quienes nos dedicamos a la clínica solemos encontrarnos con el “síndrome del diván”, en el cual una persona que ha realizado muchos años de psicoanálisis está tan orientada a sus pensamientos y sentimientos que se le vuelve difícil actuar de manera efectiva. La conciencia es sólo el primer paso.
Haciendo esa salvedad, ayudar a traer a la luz lo que estaba en penumbras, a exponer respuestas y patrones de respuestas, sus características y circunstancias, es un procedimiento conductual clínico de valor inestimable. La conciencia no causa la conducta, pero modifica las condiciones bajo las que ocurre. La exploración desde una perspectiva conductual de las formas y funciones de la conciencia, tanto en la clínica como el laboratorio, resulta entonces una tarea valiosa y necesaria.
Referencias
- Burkart, J. M., Allon, O., Amici, F., Fichtel, C., Finkenwirth, C., Heschl, A., Huber, J., Isler, K., Kosonen, Z. K., Martins, E., Meulman, E. J., Richiger, R., Rueth, K., Spillmann, B., Wiesendanger, S., & Van Schaik, C. P. (2014). The evolutionary origin of human hyper-cooperation. Nature Communications, 5, 1–9. https://doi.org/10.1038/ncomms5747
- Sapolsky, R. M. (2023). Determined: A Science of Life without Free Will. Penguin Press.
- Skinner, B. F. (1945). The operational analysis of psychological terms. Psychological Review, 52(5), 270–277. https://doi.org/10.1037/h0062535
- Skinner, B. F. (1969). Contingencies of Reinforcement. Appleton-Century-Crofts.
- Skinner, B. F. (1971). Beyond freedom and dignity. Penguin Books.
- Skinner, B. F. (1974). About behaviorism. Random House.
- Skinner, B. F. (1987). Whatever happened to psychology as the science of behavior? American Psychologist, 42(8), 780–786. https://doi.org/10.1037/0003-066X.42.8.780
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En realidad, el símil más preciso que se me ocurre es Maggie moviendo un volante falso en la apertura de Los Simpsons, creyendo que altera el rumbo del automóvil.
Por supuesto, no hace falta que se refuerce cada vez: como con cualquier conducta operante, basta con que sea reforzada de tanto en tanto.
La causa de la acción tampoco es el cerebro, de paso: el cerebro es parte del organismo (podríamos decir que es parte del mecanismo que culmina en el movimiento del dedo), y en tanto tal, también está controlado en última instancia por el contexto. Caso contrario sería como decir que la causa de estas líneas es el procesador de mi computadora. La causa de una conducta nunca es otra conducta (aunque la estimulación surgida de una conducta puede ser parte de los antecedentes para la siguiente).
No debemos confundir “consciente” con “sintiente”. Un animal puede “sentir” estímulos dolorosos y actuar al respecto, sin que esto implique conciencia en el sentido aquí expuesto.
A lo que añade en el mismo párrafo: “Una ciencia independiente de lo subjetivo sería una ciencia independiente de las comunidades verbales”. Vale la pena destacar esto a la luz de que la mayoría de las investigaciones en conciencia actuales investigan el fenómeno dejando el contexto sociocultural en un lejanísimo segundo plano.
Es decir, se trata en última instancia del mismo beneficio que tiene para la comunidad: predecir e influenciar las respuestas subsiguientes.
El propio Skinner señaló que el psicoanálisis puede ser positivo al contribuir a mejorar el autoconocimiento de las respuestas privadas (Skinner, 1953, p. 287).
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