Helen Zoe Veit en NY Times:
Muchos adultos asumen que los remilgos prolongados son una etapa innata y que a los niños les disgustan muchos alimentos por naturaleza. Pero el melindre infantil generalizado es un fenómeno moderno creado en gran parte por las empresas de comida chatarra que comercializaron productos como los cereales azucarados como alimentos específicos para niños, y convencieron a los estadounidenses de que los niños necesitan alimentos diferentes y fáciles de disfrutar. Esto fomentó una cultura del remilgo que perjudica la salud de los niños y los priva de una serie de placeres y sabores que habrían estado a su disposición en el pasado, todo ello mientras se añade un montón de ansiedad innecesaria a las mesas de todo el país.
Si el melindre prolongado en la infancia fuera evolutivamente protector, esperaríamos verlo aparecer con regularidad en diferentes lugares y épocas. Pero esa delicadeza generalizada no existió hasta el siglo XX. Antes de eso, a los niños a veces les disgustaban alimentos específicos, igual que a algunos adultos. Pero la gente de épocas anteriores no pensaba que la quisquillosidad estuviera relacionada con la edad.
Todo esto cambió cuando empresas de alimentos como General Foods y Nestlé invirtieron dinero en diseñar productos en laboratorios para captar los instintos biológicos de los humanos y hacer que sus alimentos fueran muy difíciles de rechazar. A mediados del siglo XX, miles de alimentos industriales seductoramente dulces, salados y crujientes abarrotaban las estanterías de los supermercados, y muchos de ellos se comercializaban agresivamente para los niños, desde las galletas Goldfish hasta los SpaghettiOs. “Agradable para los niños” surgió como eslogan de mercadotecnia, y las marcas prometían en campañas publicitarias que incluso los comensales más quisquillosos encontrarían su comida irresistiblemente deliciosa. Un anuncio de Kraft de 1960 presentaba a una niña por demás “quisquillosa” que “¡nunca rechaza el suave y dorado Velveeta!”.
Lectura imperdible. Uno de los efectos más silenciosos de la globalización y el capitalismo es que esos hábitos alimentarios ya no son exclusivos de la población estadounidense: se han extendido por todo el mundo. Hoy damos por sentado que los niños necesitan un menú especial, diferente al de los adultos, cuando en realidad esa idea es en gran medida una construcción de las multinacionales alimentarias.