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  • Artículos de opinión (Op-ed)

Las razones no son causas

  • 05/06/2026
  • Fabián Maero

Las razones no son causas.

Encontré esa expresión por primera vez en el libro seminal de Terapia de Aceptación y Compromiso y luego también en varios lugares de la obra de Skinner (le dedicó un capítulo entero en Sobre el Conductismo), y siempre me ha parecido una feliz intuición, a la cual vale la pena dedicarle unas líneas.

Creo que la frase resulta más fácilmente comprensible con una pequeña reformulación: las explicaciones que damos sobre nuestras acciones no son lo mismo que sus causas.

Por un lado, en la bibliografía de Sobre el Conductismo, Skinner atribuye a Sellars lo siguiente: “con el lenguaje, las acciones del hombre vinieron a tener tanto causas como razones”, y creo que la cita da en el clavo. Las explicaciones traducen nuestras acciones y su posible contexto para la circulación social. Explicar es una manera de relacionarse, de anticipar futuras acciones, de actuar en y por medio de otros. Pero, como cualquier traducción, no son neutras sino que están teñidas por las diversas motivaciones del traductor (incluyendo las que no le son transparentes), y configuradas por las prácticas socioverbales vigentes. El ambiente sociocultural establece qué cuenta como explicación legítima, cuáles formas de encadenar causas y efectos son lícitas y cuáles no. Explicar tiene funciones: puede ser un mapa o una disculpa.

Por otra parte, cualquiera de nuestras acciones es un evento cuya emisión y forma particular dependen de una multitud de variables. Estar escribiendo en este momento de esta manera es el efecto de las palabras que leí y escuché, las que pronuncié y escribí. Es toda mi historia y organización psicofísica en esta situación particular que incluye la habitación y la página en blanco, una situación compleja e histórica en la cual confluyen factores que ni siquiera sospecho. Quizá favorezco un sustantivo gracias a la distante influencia de una página de Cortázar que leí hace veinte años; quizá en el ritmo y longitud de mis oraciones hay un dejo de la forma de hablar de mi pueblo; quizá algún giro o expresión es un homenaje a una antigua amistad; quizá mi dolor de espalda inspira un verbo.

Pero cuando se me pide explicar por qué estoy escribiendo mi respuesta es otro evento, que está controlado por otras variables. Lo que se me pide explicar es sólo una parte del contexto para la explicación. También lo es mi historia entera de aprendizaje con esas situaciones y las particularidades de las circunstancias actuales en las que se me dirige la pregunta. Entonces, no sólo la explicación de mis acciones puede ser engañosa porque nunca conozco del todo sus causas, sino también porque explicar es una nueva acción que está influenciada por variables diferentes a la primera. Las explicaciones son el proverbial dedo que señala a la luna (y que sólo el necio confunde con ella).

Durante la segunda mitad del siglo XX, Sperry y Gazzaniga llevaron a cabo investigaciones, hoy ya clásicas, con personas a las que se les había seccionado el cuerpo calloso, el puente que une las mitades del cerebro. Dicha operación, que se empleaba como tratamiento para la epilepsia, deja a los hemisferios cerebrales intactos pero desconectados entre sí, de manera que una mitad del cuerpo responde de manera más o menos independiente de la otra. En una de las investigaciones más conocidas se le presentaron a estos sujetos imágenes distintas en la zona del campo visual correspondiente a cada hemisferio: una escena con nieve para el campo visual del hemisferio derecho y una pata de gallina para el izquierdo. A continuación se les pidió que seleccionaran de entre cuatro tarjetas con imágenes la que mejor se correspondiera con lo que habían visto. La mano izquierda (controlada por el hemisferio derecho, por el cruce de las vías nerviosas), eligió la tarjeta que mostraba una pala (para quitar nieve), mientras que la mano derecha (controlada por el hemisferio izquierdo), eligió una tarjeta que mostraba una gallina.

Lo interesante sucedió cuando se les pidió que explicaran las elecciones de cada mano. El lenguaje reside en el hemisferio izquierdo, que no tuvo acceso a la escena nevada, de manera que pudieron explicar correctamente la elección de la gallina, pero cuando se les preguntó por la elección de la pala por parte de la mano izquierda lo que hicieron fue inventar una explicación plausible, una racionalización, diciendo, por ejemplo, que eligieron la pala porque es lo que se usa para limpiar un gallinero. El propio Gazzaniga, en Tales from Both Sides of the Brain (2015), brinda otro buen ejemplo:

En ocasiones el hemisferio izquierdo explica las emociones causadas por las experiencias del hemisferio derecho. Como ya mencioné, los estados emocionales parecen transferirse entre los hemisferios a nivel subcortical, y esta transferencia no se ve afectada por la sección del cuerpo calloso. Por lo tanto, aunque todas las percepciones y experiencias que conducen a ese estado emocional se localicen en el hemisferio derecho, ambos hemisferios sentirán la emoción. Si bien el hemisferio izquierdo no tendrá ni idea de por qué o de dónde proviene la emoción, siempre intentará explicarla. Por ejemplo, le mostré al hemisferio derecho de V.P. un video aterrador sobre seguridad contra incendios en el que un hombre era empujado al fuego. Cuando le pregunté qué había visto, dijo: ‘No sé muy bien qué vi. Creo que solo un destello blanco’. Pero cuando le pregunté si le había provocado alguna emoción, dijo: ‘No sé muy bien por qué, pero tengo un poco de miedo. Me siento nerviosa, creo que tal vez no me gusta esta habitación, o tal vez seas tú, me estás poniendo nerviosa’. Luego se dirigió a uno de los asistentes de investigación y dijo: ‘Sé que me cae bien el Dr. Gazzaniga, pero ahora mismo le tengo miedo por alguna razón’. El hemisferio izquierdo percibió la valencia negativa de la emoción, pero desconocía la causa. Lo interesante es que esa falta de conocimiento no le impide encontrar una explicación lógica que se ajuste a las circunstancias: Yo estaba allí y ella estaba alterada. Su intérprete relacionó ambas cosas y llegó a una conclusión de causa y efecto. Debía de haberla asustado.

No hubo engaño ni deshonestidad. La persona tuvo una respuesta afectiva global frente a algo presentado sólo a su hemisferio derecho, pero la explicación que brindó estuvo controlada por los estímulos para una respuesta verbal que estaban disponibles para el hemisferio izquierdo: había sensaciones de temor y una persona en la habitación, entonces el miedo debía deberse a algo de esa persona o de la habitación. Su explicación fue un intento erróneo pero honesto de darle sentido a sus acciones y reacciones.

Esto no es en absoluto un hecho excepcional, ni es necesario partirle a alguien el cerebro a la mitad para que suceda. Usualmente ignoramos una buena parte de las causas de lo que hacemos, pese a lo cual conjuramos razones que nos creemos sin reparos. Las explicaciones suceden, justificadas o no. Es fácil convencernos de que hemos elegido la pala a causa de la gallina, de que nos asustamos a causa del investigador. Es fácil engañarse a uno mismo.

El problema con todo esto es que aunque las razones no son ni reflejan neutralmente las causas de la acción que explican, sí forman parte de los factores que controlan las acciones posteriores. Una vez que contamos con una explicación –sea “correcta” o no– ésta se convierte en contexto para futuras acciones. “Evito las reuniones sociales porquesoy tímido” es una construcción que si es tomada en serio puede en lo sucesivo bloquear otras formas de responder ante esa clase de contextos.

Y es que en última instancia una explicación no mira al pasado sino al futuro. Explicar por qué pasó algo es antes que nada una forma de señalar por dónde seguir. La explicación señala cómo actuar, pero al mismo tiempo clausura el horizonte de las acciones alternativas posibles. Por esto también a veces puede ser preferible mantener una cierta indeterminación, un agnosticismo de las causas: habitar la incertidumbre puede abrir las alternativas que las explicaciones cierran.

Creo que la lección que puede derivarse de esto es que siempre deberíamos tomar a las explicaciones con un grano de sal, con un poco de desconfianza. Tendemos a darle sentido a lo que hacemos y vivimos a cualquier costo, pero explicar no es un mero reporte, sino una construcción que sigue ciertas pautas, que está afectada por una miríada de variables externas, y que tiene efectos sobre la conducta. Nuestra búsqueda de sentido puede conducirnos por pasadizos engañosos.

Quizás decirlo así: las explicaciones no son causas sino contextos para el futuro.

Nota al pie de página:

Acceptance and Commitment Therapy, Hayes, Strosahl y Wilson, 1999. Inexplicablemente, para la segunda edición de ese libro que se publicó en el año 2011 removieron la sección dedicada a ese tema, entre otras varias. Es uno de los pocos casos que conozco de una nueva edición que reduce y menoscaba el texto original.

Artículo publicado en Grupo ACT y cedido para su republicación en Psyciencia.

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Fabián Maero

Psicólogo y profesor, atiende pacientes y cuando le queda tiempo libre escribe información biográfica en tercera persona en Psyciencia. Demasiado online para su propio bien, intenta difundir terapias que funcionen y sean adecuadas en el contexto sudamericano; pese a esto, dicta regularmente talleres, escribe artículos y libros, con más entusiasmo que criterio.

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