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Propofol y fentanilo. Médicos en la lupa y detrás del mostrador

  • 04/04/2026
  • Gretel Martinez

Propofol y fentanilo, anestesia y adicción, hospitales y fiestas, residentes y eminencias. Circula en todos los medios y cada día se suman actualizaciones sobre una noticia de alto impacto: la muerte de un anestesiólogo que expone una trama inquietante de robo de drogas, “viajes controlados” y consumo problemático. 

Como suele ocurrir, la reacción inicial tiende a organizarse rápido: buscar responsables, señalar conductas, reducir lo sucedido a una decisión individual.

Que el árbol no nos impida ver el bosque

Hacer un recorte de la realidad, quedarnos con una parte tranquiliza, pero no nos deja ver el paisaje completo. Es importante recordar que podemos caer en la trampa de la generalización excesiva. Este y otros eventos que aparecen en diarios y redes, no representa a todos los médicos ni a todos los anestesiólogos. En muchos casos, funcionan más como puntos visibles de procesos que vienen ocurriendo de forma sostenida.

Hechos de este tipo encienden cierto estado de alarma. La ansiedad en su forma adaptativa, suele activar una serie de procesos cognitivos orientados a anticipar y organizar la experiencia frente a lo incierto (Barlow, 2002; Clark & Beck, 2010). Entre ellos aparecen pensamientos breves, muchas veces automáticos, con sesgo negativo que intentan dar sentido rápido a lo que ocurre (Beck, 1976; Beck, 2020; Kahneman, 2011). La Sobregeneralización engloba a este tipo de producciones mentales. Lejos de ser un error en sí mismo, este mecanismo puede entenderse como una solución intentada no consciente que busca preservar coherencia interna y cierta estabilidad identitaria, contribuyendo momentáneamente al equilibrio psicológico – digerir la noticia para poder enfrentar el momento y hacer algo al respecto – (Carver & Scheier, 2012; Gross, 2015). Sin embargo, al tratarse de un proceso de regulación homeostática, es dinámico y frágil. Puede resultar útil como primera respuesta ante un evento disruptivo que dispara preocupación pero no necesariamente refleja la realidad de forma precisa ni completa (Mathews & MacLeod, 2005). Es por tanto que estos pensamientos requieren ser revisados y cuestionados a tiempo, antes de que se consoliden como reglas rígidas que comiencen a organizar – o intentar organizar – de manera inflexible nuestras percepciones y conductas (Beck, 2020; Hofmann et al., 2013; Hayes et al., 2012).

Ser médico en Argentina: más que carga horaria, carga mental continua

Primero, lo no positivo. Cuando se habla del trabajo médico, suele ponerse el foco en las horas: guardias extensas, pluriempleo, interrupciones constantes del descanso. Pero hay otra dimensión menos visible: la carga cognitiva crónica.

No se trata solo de cuánto se trabaja, sino de cómo se sostiene la atención, la toma de decisiones y la responsabilidad clínica durante períodos prolongados sin recuperación suficiente. La literatura muestra que este tipo de sobrecarga impacta directamente en funciones ejecutivas en general, memoria de trabajo en particular y regulación emocional (Diamond, 2013; McEwen & Morrison, 2013; Arnsten, 2009) A eso se suma la privación de sueño, frecuente en residentes y médicos de guardia, asociada a mayor tasa de errores, peor toma de decisiones y menor capacidad de monitoreo de la propia conducta (Lockley et al., 2004). Estos procesos no implican falta de compromiso, sino intentos de adaptación a condiciones de alta exigencia.

En paralelo a contextos exigentes, es importante destacar que residentes y profesionales de planta sostienen un conjunto de habilidades poco frecuentes en la mayoría de los contextos laborales. No se trata solo de conocimiento técnico, sino de la capacidad de tomar decisiones complejas en tiempo real, bajo presión y con información incompleta, integrando variables clínicas, emocionales y contextuales de manera simultánea. A esto se suma un alto nivel de autorregulación emocional, trabajo en equipo y coordinación interpersonal, que permite sostener la atención, la precisión y el cuidado del paciente incluso en escenarios de alta demanda (a veces con escasez o insuficiencia de recursos y poblaciones de vulnerabilidad). La evidencia muestra que la resiliencia psicológica en profesionales de salud no solo protege frente al estrés, sino que también se asocia a mejor desempeño clínico y calidad de atención, especialmente en contextos adversos (Murden et al., 2018; Gröschke et al., 2022; Hashmi et al., 2024).

Ahora, lo que es muy bueno. No es menor señalar que la práctica médica argentina, aún en contextos de limitaciones estructurales, históricamente ha dado lugar a desarrollos y trayectorias con reconocimiento internacional. Desde aportes como los del Dr. René Favaloro en cirugía cardiovascular o Luis Agote en transfusión sanguínea, hasta investigaciones contemporáneas mundialmente premiadas. Se destaca entre ellas las de terapias celulares CAR-T liderado por Carl June que transformaron el tratamiento de ciertos cánceres hematológicos al utilizar células inmunitarias del propio paciente modificadas genéticamente para identificar y destruir células tumorales (June et al., 2018; Maude et al., 2018). Recibió los premios científicos más prestigiosos a nivel global como el Breakthrough Prize in Life Sciences, el Abarca Prize y el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento, entre otros, lo que da cuenta de su impacto transformador en la medicina contemporánea.

Es así como el sistema ha demostrado una capacidad sostenida para formar profesionales con estándares de excelencia (Escribano, 2022; Turiaci, 2023; IECS, 2023). En este sentido, cualquier lectura sobre eventos críticos dentro del ámbito sanitario requiere contemplar esta doble dimensión: un entorno de alta exigencia estructural y, al mismo tiempo, una práctica que sostiene niveles de desempeño técnico, científico y humano que exceden ampliamente los requerimientos habituales de la mayoría de las profesiones.

Y no todo termina cuando se cuelga el ambo o la bata. Fuera del hospital el trabajo no se corta del todo: repasar mentalmente procedimientos, protocolos, anticipar complicaciones, sostener responsabilidad sobre decisiones críticas, etc. Esto configura un estado de activación sostenida, difícil de interrumpir.

Cuando el desgaste deja de ser individual

En Argentina y la región, los niveles de desgaste en profesionales de salud son altos y consistentes. Más del 50% de los residentes presentan burnout (Pecci et al., 2021), con cifras que pueden superar el 70% en médicos jóvenes (Appiani et al., 2021). A nivel regional, la prevalencia también es elevada (Caldichoury-Obando et al., 2024). El burnout no es solo cansancio. Es un síndrome que incluye (Maslach & Leiter, 2016): agotamiento emocional, despersonalización (distancia afectiva como forma de defensa) y disminución de la eficacia percibida.

En este contexto, también aparece la fatiga por compasión – ampliado en el artículo Fatiga por compasión en profesionales de salud: la amenaza fantasma (Martinez, 2023) -. Se trata de un desgaste asociado a la exposición continua al sufrimiento de otros, que puede llevar a embotamiento emocional o desconexión como forma de regulación (Figley, 1995; Cocker & Joss, 2016).

En la última década, el desgaste profesional en médicos y residentes en Argentina pasó de ser un fenómeno documentado pero relativamente subestimado a configurarse como un problema de alta prevalencia y carácter estructural, con un punto de inflexión durante la pandemia por COVID-19 y una posterior persistencia de niveles elevados sin evidencia de recuperación sostenida. Estudios locales muestran una afectación significativa en múltiples dimensiones del funcionamiento psicológico, con las siguientes prevalencias reportadas en muestras de médicos jóvenes y residentes (Appiani et al., 2021):

  • Estrés percibido: 90%
  • Ansiedad: 40–45%
  • Síntomas depresivos clínicamente significativos: ≈28–45% en residentes (Waldman et al., 2009; Mata et al., 2015), en asociación con altos niveles de estrés y burnout
  • Trastorno depresivo (estimación): ≈25–30% en residentes según literatura internacional (Mata et al., 2015)
  • Suicidio: tasa en población general 7–8 por 100.000 habitantes, con evidencia internacional consistente de mayor riesgo relativo en médicos (Duarte et al., 2020; Medscape, 2025).

En conjunto, estos datos sugieren que el malestar psicológico en este colectivo no solo es altamente prevalente, sino también clínicamente relevante, con implicancias potenciales tanto para la salud de los profesionales como para la calidad de atención.

El conocimiento, la espada de Damocles sobre los médicos

El mito cuenta que Damocles, cortesano de Dionisio II de Siracusa, envidiaba el poder y la fortuna del rey. Para darle una lección, Dionisio le ofreció ocupar su lugar por un día. Damocles aceptó y disfrutó de los lujos hasta que advirtió que, sobre su cabeza, pendía una espada sostenida apenas por una crin. En ese momento entendió que el poder y el privilegio estaban inseparablemente ligados a una amenaza constante, y pidió renunciar al puesto.

En este caso el saber médico si bien puede salvar vidas y tener ciertos beneficios en el abordaje de situaciones diarias con otros y uno mismo, también puede llevar a tener ciertas ideas algo engañosas y a fusionarnos con ellas.

En contextos de expertise y exposición repetida al riesgo, pueden aparecer sesgos cognitivos bien documentados (Kahneman, 2011; Langer, 1975; Vaughan, 1996):

  • Ilusión de control: percepción de manejar variables que en realidad no están bajo control
  • Exceso de confianza: sobreestimación de la propia capacidad en situaciones críticas
  • Normalización del desvío: prácticas inicialmente riesgosas que se vuelven habituales al no generar consecuencias inmediatas.

Estos fenómenos han sido descritos en el estudio del error humano en sistemas complejos (Reason, 2000) y en contextos organizacionales donde el riesgo se vuelve progresivamente invisible (Vaughan, 1996). A esto se le agrega un factor estructural: el acceso. El consumo problemático de sustancias en médicos ha sido asociado tanto al estrés laboral como a la disponibilidad de fármacos y a patrones de evitación experiencial, es decir, el intento de regular malestar interno evitando o anestesiando experiencias emocionales (Merlo et al., 2013; Berge et al., 2009).

No todos, pero tampoco una excepción

Es importante sostener ambas cosas al mismo tiempo: no se trata de todos los profesionales pero tampoco de eventos completamente aislados. Pensarlo exclusivamente en términos individuales puede invisibilizar las condiciones que aumentan la vulnerabilidad. Cuando múltiples factores convergen – sobrecarga, falta de descanso, presión constante, acceso a recursos críticos – el riesgo deja de depender solo de la persona.

Incluso los médicos se enferman. Profesionales que cuidan, pero con dificultades para ser cuidados

Otro punto clave es la dificultad para pedir y recibir ayuda. En profesionales de salud suelen aparecer estigmas asociados a la salud mental, temor a consecuencias laborales junto con creencias de autosuficiencia (propias y de terceros). Esto constituye una barrera significativa para el acceso a tratamiento oportuno, incluso cuando hay malestar sostenido (Shanafelt & Noseworthy, 2017).

Otra lectura posible, una más completa:the big picture

Nada de esto justifica conductas ni reduce la gravedad de los hechos pero sí permite una lectura más completa. Cuando un sistema sostiene durante años condiciones de alta exigencia, sobrecarga cognitiva, privación de sueño y escaso margen de recuperación, los eventos críticos dejan de ser completamente inesperados y pueden empezar a funcionar como señales.

Entonces tal vez la pregunta no sea sólo qué pasó, sino ¿qué condiciones hacen posible que algo así ocurra? Y ¿Dentro del sistema qué lugar hay para que podamos intervenir antes de que aparezca en su forma más extrema?

Referencias

  • Appiani, F. J., Rodríguez Cairoli, F., Sarotto, L., Yaryour, C., & Basile, M. (2021). Prevalence of stress, burnout syndrome, anxiety, and depression among physicians. Archivos Argentinos de Pediatría, 119(5), e405–e412.
  • Arnsten, A. F. T. (2009). Stress signalling pathways that impair prefrontal cortex structure and function. Nature Reviews Neuroscience, 10(6), 410–422.
  • Barlow, D. H. (2002). Anxiety and its disorders: The nature and treatment of anxiety and panic (2nd ed.). Guilford Press.
  • Beck, A. T. (1976). Cognitive therapy and the emotional disorders. International Universities Press.
  • Beck, J. S. (2020). Cognitive behavior therapy: Basics and beyond (3rd ed.). Guilford Press.
  • Berge, K. H., Seppala, M. D., & Schipper, A. M. (2009). Chemical dependency and the physician. Mayo Clinic Proceedings, 84(7), 625–631.
  • Burgos, M., et al. (2018). Burnout en médicos residentes en Argentina.
  • Carver, C. S., & Scheier, M. F. (2012). Self-regulation of action and affect. Cambridge University Press.
  • Clark, D. A., & Beck, A. T. (2010). Cognitive therapy of anxiety disorders: Science and practice. Guilford Press.
  • Cocker, F., & Joss, N. (2016). Compassion fatigue among healthcare professionals. International Journal of Environmental Research and Public Health, 13(6), 618.
  • Consejo Médico de La Plata. (2025). Síndrome de burnout en profesionales de la salud.
  • Diamond, A. (2013). Executive functions. Annual Review of Psychology, 64, 135–168.
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  • Kahneman, D. (2011). Thinking, fast and slow. Farrar, Straus and Giroux.
  • Langer, E. J. (1975). The illusion of control. Journal of Personality and Social Psychology, 32(2), 311–328.
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Gretel Martinez

Lic. Psicología egresada de la Universidad de Buenos Aires. Psicoterapeuta infantojuvenil y de adultos. Miembro de Society for Psychotherapy Research (SPR). Miembro de ETCI (Equipo de Terapia Cognitiva Infantojuvenil). Columnista en Psyciencia, publicación online independiente especializada en divulgación de psicología y neurociencias. Cofundadora de Siembro Bienestar - Consultoría y docencia en bienestar personal y autocuidado profesional. Con formación cognitivo conductual, en terapias de tercera generación, neuropsicología y autismo en mujeres.

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