Psyciencia
  • Secciones/Explorar
  • Léxico
  • Directorio
  • Tienda
  • Boletín
  • Hazte Pro
Psyciencia
  • Secciones/Explorar
  • Léxico
  • Directorio
  • Tienda
  • Boletín
  • Hazte Pro
  • Análisis y opinión

¿Faltan terapeutas varones?

  • 16/09/2026
  • David Aparicio
Únete al canal de Psyciencia en WhatsApp y no te pierdas ninguna publicación → ¿Prefieres Telegram? Sigue el canal de Psyciencia y recibe cada artículo apenas se publica →

Leí recientemente un reportaje de Pamela Paul para The Wall Street Journal que argumenta que la psicología se ha convertido en una profesión dominada por mujeres y su impacto en los niños y hombres que buscan atención psicológica. Y quiero compartir una síntesis del artículo y algunos comentarios1.

Empecemos:

El artículo empieza con Martin Seligman, uno de los psicólogos más influyentes del mundo y fundador de la psicología positiva. Cuando él comenzó su carrera, a mediados de los sesenta, en Estados Unidos había ocho hombres por cada dos mujeres en la profesión. Hoy esa proporción se invirtió. Para Seligman, la principal consecuencia de este cambio está en los temas que se investigan. Entre los sesenta y los ochenta, la psicología se ocupaba de la agresión, el conflicto y el trauma, y dejaba de lado el amor, el sentido, la amistad o la cooperación. En los noventa la tendencia cambió y los temas se volvieron menos violentos y más humanos. Esto no es negativo. Durante mucho tiempo la psicología tomó al hombre como referencia y patologizó a las mujeres, como muestran conceptos como la «histeria» o las «madres nevera». Pero el propio Seligman advierte un costo: hoy hay menos investigación sobre la terapia y los problemas de los niños y los hombres.

Pero también hay poca representación masculina en la profesión. Los psicólogos lo sabemos: en cualquier aula o congreso, los hombres somos minoría. Esto puede ser contraproducente, porque muchos hombres están atravesando problemas de salud mental. Los niños se están quedando atrás en la escuela, los hombres jóvenes van por detrás de las mujeres en el ámbito laboral y el discurso popular está dominado por frases como «masculinidad tóxica» o «la epidemia de soledad masculina».

El segundo problema es que, al ser un campo dominado por mujeres, la investigación se ha abierto a temas como el embarazo, la maternidad y la sexualidad femenina. Nada de esto es negativo, pero también puede introducir sus propios sesgos. El resultado es que se entiende poco la psicología masculina, y en lugar de verse como algo normal, empieza a tratarse como una excepción.

«Uno de los grandes problemas de las profesiones de ayuda hoy es que abordan a los hombres y a los niños desde una perspectiva de déficit», dice Mark Kiselica, expresidente de la Sociedad para el Estudio Psicológico de los Hombres y las Masculinidades de la Asociación Americana de Psicología (APA). «Están muy influenciadas por modelos que se fijan en qué tienen de defectuoso los niños y los hombres, en lugar de en qué se diferencian».

Los clínicos sabemos que un terapeuta bien entrenado y habilidoso puede trabajar con cualquier sexo y que el género del terapeuta rara vez influye en el resultado de terapia. Las investigaciones muestran que la alianza terapéutica es un indicador mucho más potente que el género del clínico.

Aun así, también sabemos que las preferencias del paciente importan. Según uno de los pocos estudios sobre el tema, el 40 % de los hombres prefiere un terapeuta de un género en particular, y esa preferencia se reparte en partes iguales entre hombres y mujeres. Entre quienes eligen a un hombre, las razones más comunes son que se sienten más cómodos y mejor comprendidos. También dicen percibir más empatía y sentirse menos juzgados.

Los clínicos también han notado que los hombres que trabajan en entornos masculinos, como militares, policías, bomberos o personal de emergencias, tienden a buscar un terapeuta con experiencias parecidas o que «hable su mismo idioma». Algunos prefieren a alguien que pueda entender de primera mano lo que están viviendo, ya sea acoso, problemas sexuales, pensamientos intrusivos, dudas sobre la masculinidad, la paternidad, un divorcio o la pérdida del empleo.

«Las cosas que les dan vergüenza, como la pornografía que consumen, sea heterosexual u homosexual, no quieren contárselas a una terapeuta mujer», dice Adam Schachar, trabajador social con práctica privada. «Tampoco quieren contárselas a un terapeuta hombre, pero están más dispuestos a hacerlo».

¿Por qué hay tan pocos hombres en la profesión? El reportaje menciona varias razones. Una es que, a medida que el campo se llenó de mujeres, bajaron los salarios y el prestigio. Otra es cultural. Daniel Ellenberg, expresidente de la Sociedad para el Estudio Psicológico de los Hombres y las Masculinidades de la APA y coordinador de grupos terapéuticos para hombres desde hace décadas, lo atribuye al pensamiento binario de nuestra cultura, que asigna a ciertos roles un género muy marcado. Por ejemplo, un hombre que quiere trabajar con niños suele despertar sospechas. «Los hombres todavía aprenden que dedicarse a sanar es, de alguna forma, algo muy femenino», dice Ellenberg. «Por mucho que me gustaría que desapareciera esta locura de qué es masculino y qué es femenino, simplemente no se va». A esto se suma que muchos jóvenes sienten que no son bienvenidos en los posgrados de psicología.

Las necesidades de salud mental de los hombres y los niños suelen ser distintas a las de las mujeres y las niñas. En términos generales, ellas tienden a presentar más problemas internalizantes, como ansiedad y depresión, mientras que ellos suelen externalizar su malestar a través de adicciones, agresión, conductas de riesgo y enojo. Además, muchos hombres evitan hablar de lo que sienten y ven la vulnerabilidad como un signo de debilidad, lo que puede hacer más difícil el trabajo en terapia.

Por eso, como explica Michael Zakalik, psicólogo clínico en Seattle, un terapeuta hombre puede ayudar a reducir el miedo a ser juzgado, expuesto o malinterpretado, y hacer que al paciente le cueste menos abrirse. Según Zakalik, puede normalizar la experiencia sin necesariamente feminizarla. A veces, simplemente ver a un hombre adulto que se siente cómodo con sus emociones ya es una intervención terapéutica, porque le muestra al paciente que está bien sentir y hablar de lo que le pasa.

Comentarios

Quiero matizar algunas cosas desde mi propia experiencia. Me formé en Argentina y trabajo en Panamá, y en ambos lugares los hombres hemos sido minoría, tanto en las aulas como en los espacios profesionales. Por lo que veo, la situación en América Latina no parece muy distinta a la que describe el reportaje.

Es posible que un terapeuta, hombre o mujer, simpatice más con un paciente de su mismo género o lo entienda con más facilidad. Eso puede ocurrir en ambas direcciones. La diferencia es que hoy hay muchas más terapeutas mujeres, así que, si ese sesgo existe, tiene más probabilidades de inclinarse hacia un lado. De todos modos, un terapeuta hábil puede detectar cuándo le cuesta conectar con un paciente o cuándo sus propias ideas están influyendo en cómo lo escucha. Para eso también existe la supervisión clínica, que sigue siendo una de las mejores herramientas que tenemos para revisar nuestros puntos ciegos.

Tampoco conviene leer estos datos como un argumento para que los hombres atiendan solo a hombres. Como vimos, la preferencia está dividida: tantos hombres prefieren a una terapeuta mujer como a un terapeuta hombre, y la mayoría no tiene preferencia. Ser hombre tampoco garantiza nada. Un terapeuta varón puede juzgar, minimizar o repetir las mismas ideas rígidas sobre la masculinidad que hacen que muchos hombres no pidan ayuda.

Tengo mis dudas sobre la idea de Seligman de que hoy se investiga poco a los hombres. La mayoría de los estudios registra el sexo de los participantes y muchos analizan si los resultados varían entre hombres y mujeres. Los hombres no han desaparecido de la investigación. Lo que sí es cierto es que estar en una muestra es distinto a que tus problemas sean el objeto de estudio. Sabemos todavía poco sobre por qué a los hombres les cuesta pedir ayuda, por qué abandonan la terapia o cómo adaptar los tratamientos a su manera de expresar el malestar. Además, en muchos ensayos de psicoterapia las mujeres son mayoría, así que lo que concluimos sobre los hombres descansa sobre menos datos. Me parece que ahí está el verdadero vacío.

Lo que más me llamó la atención del reportaje fue la advertencia de Kiselica sobre mirar a los hombres desde el déficit, porque es algo que veo con frecuencia en los grupos terapéuticos. Casi siempre hay más mujeres que hombres, y sin que nadie lo diga explícitamente, se instala una idea de cuál es la forma correcta de participar: hablar abiertamente de las emociones, ponerles nombre, mostrarse vulnerable desde el principio. Cuando un hombre responde de otra manera, por ejemplo buscando soluciones concretas, usando el humor o tomándose más tiempo para abrirse, esa respuesta se puede leer como resistencia o como algo que hay que corregir. Y el mensaje que recibe es que su forma de afrontar las cosas está mal. La evitación emocional puede ser un problema, claro, pero antes de juzgarla conviene entender qué función cumple esa manera de responder en la historia de cada persona. Si un hombre siente que en el grupo tiene que dejar de ser quien es para encajar, lo más probable es que no vuelva.

Por eso creo que la pregunta que más importa es cómo atendemos a los hombres. Si suelen expresar su malestar de otra forma y les cuesta mostrarse vulnerables, necesitamos clínicos, hombres y mujeres, que entiendan eso y sepan trabajar con ello.

Y esto tiene implicaciones para quienes formamos psicólogos. Hace falta incluir la salud mental masculina como un tema serio en los programas, investigar más sobre cómo trabajar con hombres y niños, y hacer que la profesión resulte un lugar al que más hombres quieran llegar.

Me parece valioso que estos temas se discutan con apertura, sin miedo a que se lean como un ataque a nadie. Nuestro trabajo es buscar mejores formas de ayudar a los pacientes, y en este caso a los hombres, que también la están pasando mal y muchas veces no encuentran dónde pedir ayuda.

  1. Como dato curioso: el artículo tiene 600 comentarios en WSJ. ↩
  • Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
  • Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
  • Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
  • Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
  • Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
  • Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X

Relacionado

Suscríbete

En Psyciencia acercamos la investigación en psicología a la práctica clínica y a la vida cotidiana, sin ruido ni humo. Si este artículo te sirvió, hacete miembro para acceder a todo o recibí lo mejor de la semana en tu correo.

Quiero la Membresía Recibir el newsletter
David Aparicio

Editor general y cofundador de Psyciencia.com. Me especializo en la atención clínica de adultos con problemas de depresión, ansiedad y desregulación emocional.

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Psyciencia
  • Contáctanos
  • Publicidad
  • Nosotros
  • Publica
Orgullosamente desarrollado por psicólogos

Ingresa las palabras de la búsqueda y presiona Enter.