La alianza terapéutica es uno de los factores con mayor respaldo empírico en psicoterapia. Sin embargo, la mayoría de los estudios la tratan como una variable estática, sin preguntarse si los factores que la predicen cambian a lo largo del proceso. Un estudio reciente publicado en Clinical and Health abordó precisamente esa pregunta, con resultados que tienen implicaciones directas para la práctica clínica.
Bárez, Saúl y Corbella evaluaron a 264 pacientes y 28 terapeutas de cuatro centros privados en Madrid. Midieron el apego del paciente mediante el ECR, el funcionamiento general y la sintomatología con el CORE-OM, y la alianza con el WATOCI. Los terapeutas completaron el cuestionario de estilo personal (PST-Q). La muestra se dividió en dos grupos: fase inicial (cinco sesiones o menos) y fase avanzada (seis o más sesiones).
Lo que encontraron
La evitación del apego resultó ser el predictor más constante. Pacientes con mayor evitación —aquellos que tienden a minimizar la intimidad emocional y mantener distancia interpersonal— mostraron alianzas de menor calidad tanto al inicio como en fases avanzadas del tratamiento. Este hallazgo no sorprende desde la teoría del apego, pero su persistencia a lo largo del proceso es relevante: no se trata de una dificultad que se resuelva con el tiempo por sí sola.
En la fase inicial, el funcionamiento general del paciente y la edad del terapeuta también predijeron la calidad de la alianza. Los pacientes con mayor nivel de malestar y funcionamiento más deteriorado tendieron a formar alianzas más débiles en los primeros encuentros. Y los terapeutas de mayor edad se asociaron con alianzas más sólidas al comienzo, lo que podría reflejar mayor experiencia en el manejo de los primeros momentos de la relación.
En la fase avanzada, el peso se desplazó hacia el estilo del terapeuta. La función atencional —la capacidad de mantener una presencia abierta y ajustada a las necesidades cambiantes del paciente— emergió como variable clave conforme avanzó el tratamiento. Este resultado apoya la idea de que, una vez establecido el vínculo inicial, lo que sostiene y consolida la alianza es la flexibilidad y la receptividad del terapeuta.
Un hallazgo adicional concierne al componente específico de vínculo dentro de la alianza. Aquí, la función expresiva del terapeuta —su uso de las emociones y la proximidad afectiva en sesión— tuvo un peso propio. Esto sugiere que calidez y empatía son más relevantes para la dimensión relacional de la alianza que para los componentes técnicos de metas y tareas.
Qué implica esto en la clínica
El estudio plantea que la alianza no es una sola cosa ni se construye de la misma manera en todos los momentos del tratamiento. En las primeras sesiones, importa especialmente identificar si el paciente tiene un patrón de evitación del apego, ya que será un obstáculo temprano para el vínculo. No para sortearlo, sino para trabajar con él de forma explícita: respetando el ritmo del paciente, sin forzar la intimidad afectiva antes de que sea posible.
A medida que el tratamiento avanza, la atención del terapeuta —su capacidad de seguir presente, de ajustarse sin perder el hilo— parece ser lo que marca la diferencia. Esto tiene sentido: en fases avanzadas, las demandas del proceso se vuelven más complejas y el paciente necesita un terapeuta que pueda acompañar esa complejidad sin rigidez.
Como toda investigación naturalista, el estudio tiene limitaciones. La muestra proviene exclusivamente de centros privados en Madrid, los terapeutas tienen un perfil bastante homogéneo, y la alianza se midió únicamente mediante autorreporte. Pero su aporte metodológico —distinguir fases del tratamiento en lugar de tratar la alianza como un promedio global— ofrece una perspectiva más precisa y útil que la que ha dominado la literatura hasta ahora.
Referencia: Bárez, N. B., Saúl, L. A., & Corbella, S. (2026). Predictors of therapeutic alliance: Patient attachment and the personal style of the therapist. Clinical and Health, 37, e260719. https://doi.org/10.5093/clh2026a5