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Comer algo picante puede hacer que un dolor intenso duela menos
Hay algo casi contraintuitivo en la idea de meterse un pedazo de gelatina con chile en la boca para tolerar mejor un dolor físico. Pero eso fue exactamente lo que un grupo de investigadores en China decidió poner a prueba, y el resultado es uno de esos hallazgos que vale la pena mirar de cerca porque conecta con algo que muchos terapeutas usamos en clínica sin necesariamente nombrarlo así: la modulación condicionada del dolor.
El estudio, publicado en Physiology & Behavior, partió de una pregunta simple: ¿el ardor que provoca la capsaicina en la boca puede cambiar la forma en que el cerebro procesa un dolor que ocurre en otra parte del cuerpo? Para responderla, reclutaron a 48 adultos jóvenes sanos y los citaron dos veces en el laboratorio, con una semana de diferencia entre cada visita.
El diseño
En una de las visitas, los participantes sostenían en la boca, sin masticar ni tragar, un cubo de gelatina con chile durante cinco minutos. En la otra, un cubo de gelatina neutra, sin capsaicina. Después de cada condición, recibían 40 pulsos breves de calor con láser en el dorso de la mano izquierda, calibrados previamente para cada persona: la mitad a una intensidad leve (equivalente a un 4 en una escala de dolor de 0 a 10) y la otra mitad a una intensidad alta (equivalente a un 7).
Lo interesante es que el efecto no fue parejo. Frente al dolor leve, no hubo ninguna diferencia entre haber comido chile o no. Pero frente al dolor intenso, quienes acababan de sostener la gelatina picante calificaron los pulsos de láser como significativamente menos dolorosos y menos desagradables que quienes habían tenido la gelatina neutra.
¿Por qué pasaría esto?
Los autores proponen dos explicaciones que no son excluyentes. La primera tiene que ver con la modulación condicionada del dolor: un estímulo doloroso localizado (el ardor en la boca) puede activar vías inhibitorias descendentes desde el cerebro que atenúan la percepción de un segundo dolor, en este caso el del láser en la mano. La capsaicina, además, se sabe que estimula la liberación de endorfinas.
La segunda explicación es más sencilla y quizás más difícil de descartar: distracción. Si buena parte de la atención está puesta en el ardor de la boca, queda menos capacidad cognitiva disponible para procesar el dolor del láser. El estudio no midió atención de forma directa, así que por ahora conviven las dos hipótesis.
El dato que más me llamó la atención
Al final de la segunda visita, los investigadores preguntaron a los participantes sobre sus hábitos alimenticios habituales: con qué frecuencia comían picante y qué tanto nivel de ardor preferían en su día a día. Quienes reportaron preferencia habitual por comidas más picantes puntuaron más bajo en las escalas de sensibilidad al dolor y mostraron menos miedo anticipatorio ante escenarios dolorosos.
Esto es correlacional, y los propios autores lo advierten: no sabemos si comer picante seguido «entrena» una mayor tolerancia al dolor, o si las personas que ya tienen una tolerancia más alta simplemente disfrutan más el picante. Probablemente hay algo de las dos cosas, mediado por factores genéticos y culturales.
Las limitaciones que hay que tener presentes
La muestra es pequeña (48 personas), homogénea (jóvenes universitarios sanos de China) y el diseño midió un efecto agudo, de minutos, no un efecto acumulado en el tiempo. Tampoco sabemos si esto se sostiene en poblaciones con dolor crónico, en personas mayores, o en culturas donde el picante no forma parte habitual de la dieta.
Con todo, el hallazgo tiene sentido dentro de algo que ya usamos clínicamente: la capsaicina en cremas tópicas se emplea desde hace tiempo para tratar dolor neuropático justamente porque satura los nociceptores hasta agotarlos. Lo que este estudio suma es evidencia de que ese mismo principio podría operar, aunque sea de forma breve, cuando el estímulo picante ocurre en un lugar completamente distinto al del dolor que se quiere aliviar.
No es una recomendación clínica ni un sustituto de nada. Pero si alguna vez te preguntaste por qué un buen plato picante parece «distraer» del malestar del día, ahora hay una pista fisiológica de por dónde podría venir la explicación.
Lo que esto le dice a quienes trabajamos con DBT
Este hallazgo no es ajeno a lo que hacemos en terapia dialéctico conductual. Dentro del módulo de tolerancia al malestar, en la habilidad de distracción conocida por el acrónimo ACCEPTS (Activities, Contributing, Comparisons, Emotions, Pushing away, Thoughts, Sensations), la letra S de Sensaciones recomienda exactamente esto: usar un estímulo físico intenso y seguro para desviar la atención de un dolor emocional. Sostener un cubo de hielo, apretar una pelota de goma, tomar una ducha caliente o fría, estirar una banda elástica en la muñeca, o comer algo ácido o picante son ejemplos que las guías clínicas listan de forma explícita bajo esa misma letra. La lógica es la misma que describe el estudio: un estímulo sensorial intenso compite por el ancho de banda atencional y deja menos espacio disponible para procesar el malestar original.
Lo que aporta el estudio de Zhou y colegas es un correlato experimental concreto para algo que en clínica solemos utilizar de forma más intuitiva. Cuando les explicamos a los pacientes por qué sostener hielo o probar algo ácido puede ayudar a bajarle el volumen a una emoción intensa, no estamos improvisando: hay un mecanismo de modulación condicionada del dolor y de competencia atencional que empieza a tener respaldo experimental cada vez más específico, incluso con estímulos gustativos como el picante.
Referencias Zhou, Y., Chen, T., Peng, Y., Zheng, J., & Yang, Z. «Acute spicy stimulation reduces laser-induced heat pain perception in healthy adults.» Physiology & Behavior.