Psyciencia Psyciencia
  • Membresía
    • Únete a Psyciencia Pro
    • Inicia sesión
    • Webinars
    • Recursos
    • Tips para terapeutas
    • Watson (podcast)
    • Café (red social)
  • Ciencia
  • Clínica
  • Biografías
  • Recursos
    • NORMAS APA
  • Nosotros
    • Nosotros
    • Uso de IA
    • Publicidad
    • Archivo
  • Tienda
Psyciencia
  • Membresía
    • Únete a Psyciencia Pro
    • Inicia sesión
    • Webinars
    • Recursos
    • Tips para terapeutas
    • Watson (podcast)
    • Café (red social)
  • Ciencia
  • Clínica
  • Biografías
  • Recursos
    • NORMAS APA
  • Nosotros
    • Nosotros
    • Uso de IA
    • Publicidad
    • Archivo
  • Tienda
  • Artículos de opinión (Op-ed)

Distractibilidad sin diagnóstico: un nuevo motivo de consulta

  • 17/06/2026
  • Gretel Martinez

Por Gretel Martinez y Dr. Emilio Zieba.

Cuando llegás a tu casa y sobre la mesa está la tablet —con la notificación de nuevas vidas del Candy Crush— y un libro, una novela larga y compleja que tenías ganas de leer, tu cerebro se anticipa al dilema. Sabe que el dispositivo ofrece gratificación inmediata con mínimo esfuerzo. En esa evaluación ya se libera dopamina, antes de que hayas tomado ninguna decisión. Baja la tensión. En términos neurocognitivos, esa elección termina siendo injusta para Dostoevsky.

El problema clínico: una queja sin nombre

Cada vez con más frecuencia llegan al consultorio personas con una queja similar: «no me puedo concentrar». Pero son personas que no cumplen criterios para TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad, F90, CIE-11), ni para ansiedad, ni para depresión. La sensación se parece a estar en una ciudad nueva con ganas de conocer un museo, sin saber qué camino tomar. Sin diagnóstico no solo perdemos la orientación práctica —qué protocolo aplicar, qué literatura consultar— sino algo más incómodo: no tenemos certeza de lo que el consultante trae. No sabemos si estamos ante un cuadro clínico, uno subclínico o una variante normal. No estamos seguros de que el museo exista.


Artículo recomendado: El diagnóstico del TDAH en adultos: características clínicas y evaluación


Una forma lógica de trabajar es transformar esas quejas en una conceptualización y, si es posible, en un diagnóstico —sea formal, presuntivo o al menos un organizador que marque rutas posibles de trabajo—. Los diagnósticos tienen dos grandes ventajas: nos ordenan y permiten la investigación, que a su vez mejora los tratamientos.

Pero ¿qué sucede cuando el consultante plantea algo que no puede ser diagnosticado? ¿Al menos no con un diagnóstico que realmente sirva o cierre?

Los diagnósticos sirven, y también tienen límites

No hay duda de que los diagnósticos son útiles. Pueden ser validantes para el consultante, ahorran tiempo al explicar y hacer informes, y sirven como guías en la práctica clínica. Con un diagnóstico claro, podemos psicoeducar, buscar un protocolo, aplicar intervenciones y medir su efecto clínico.

La salud mental actual tiende hacia un modelo dimensional: los cuadros se piensan como espectros que van desde presentaciones asintomáticas subclínicas hasta cuadros de alta gravedad. Esto organiza la práctica: no trabajamos igual con una depresión subclínica que con alguien que hace un mes no sale de la cama y tiene ideas de muerte.

Sin embargo, siempre aparecen situaciones que desafían incluso estos continuos. En el modelo dimensional podemos pensar que antes de un TDAH —incluso uno subclínico— existe lo que podríamos llamar una queja atencional. Pero «queja atencional» no es una entidad nosológica formal. Sin esa referencia clara, no sabemos bien qué hacer.

Frente a este escenario, el clínico suele moverse entre tres opciones:

  1. Decirle al consultante que no cumple criterios para ningún trastorno, así que no hay mucho que se pueda hacer. Por más que nos conmueva su problemática, tendrá que volver cuando le pase algo con nombre y código en el CIE-11. Es decir: esperemos a que empeore. Sería como ir al cardiólogo con el colesterol alto y que te digan «volvé cuando tengas el infarto».
  2. Homologar algún protocolo de un diagnóstico similar, siempre con el consentimiento del paciente. Una estrategia más validante que la anterior, pero que deja cierta insatisfacción clínica.
  3. Trabajar con intervenciones de efecto general: ejercicio, mindfulness, higiene del sueño, regulación del estrés. Esta opción no es inválida, pero trabajar sin una conceptualización clara de lo que se trata limita la precisión y la posibilidad de medir resultados.

El desafío es poder construir una conceptualización de la distractibilidad que no dependa de un diagnóstico formal, pero que tampoco quede suspendida en el aire.

Fenómenos que ayudan a entender: brain rot, doomscrolling, SVA

Los temas que convocan nuestra atención son cada vez menos, por períodos más cortos y con una sensación de urgencia que parece colectiva.

La exposición acumulada a contenidos de baja calidad ha impulsado el concepto de brain rot —deterioro cognitivo-emocional asociado al consumo digital excesivo— que se manifiesta en tres planos:

  • Cognitivo: reducción de la atención sostenida, fatiga mental, procesamiento superficial de la información y dificultades de memoria (Ward et al., 2017).
  • Emocional: embotamiento afectivo, disminución de la motivación e irritabilidad (Gül, 2025).
  • Conductual: consumo compulsivo de contenido, cambio frecuente de tareas y procrastinación (Kirschner & De Bruyckere, 2017).

Un fenómeno análogo es la mental cloudiness —dificultad de concentración explicada desde la teoría de la carga cognitiva— producida por la sobrecarga de la memoria de trabajo ante estímulos digitales excesivos y fragmentados (Sweller, 2011). Esta sobrecarga impide el aprendizaje profundo y el procesamiento eficiente, e impacta especialmente en jóvenes en desarrollo.

A esto se suma el doomscrolling —consumo compulsivo de noticias negativas— y la adicción a videos cortos (short-video addiction, SVA). Los videos cortos, en particular, priorizan la gratificación inmediata a través de la activación límbica y la desactivación del control prefrontal. Aunque se han identificado estrategias de afrontamiento como el detoxdigital y la autorregulación (Akdeniz Kudubeş et al., 2025; Syvertsen & Enli, 2020), los ciclos de dependencia se refuerzan mediante patrones cognitivos desadaptativos y el diseño de plataformas que explotan los intereses personales y la baja inhibición de respuesta.

El multitasking agrava el cuadro, ya que degrada el rendimiento de la memoria de trabajo y la capacidad de atención sostenida (Firth et al., 2019).

El consumo excesivo de contenido breve no solo se adapta a nuestra atención limitada: la empeora, en un ciclo que se retroalimenta. La sobreoferta de estímulos y la necesidad constante de novedad intensifican la impaciencia y fragmentan aún más la concentración.

Una aclaración necesaria: ¿TDAH de inicio tardío?

Antes de avanzar, conviene delimitar de qué no estamos hablando.

Entre el 1% y 2% de la población desarrolla TDAH después de los 12 años, con manifestaciones más frecuentes entre los 12 y 16 años (Asherson & Agnew-Blais, 2019). Dada la baja precisión de la memoria retrospectiva, se sugiere complementar la evaluación clínica con registros escolares en vez de depender de criterios de edad rígidos (Riglin et al., 2022). También es fundamental considerar el TDAH en el diagnóstico diferencial del deterioro cognitivo en adultos mayores.

Ese es un cuadro reconocible. Lo que queremos señalar aquí es otra cosa: adultos que consultan por distractibilidad y que, al ser evaluados cuidadosamente, no cumplen todos los criterios para TDAH. No es un diagnóstico tardío. Es algo distinto.

La erosión de la tolerancia al aburrimiento

El aburrimiento es esa sensación desagradable ante la ausencia de estímulos. Un paso del tiempo molesto, un silencio incómodo que queremos romper. Pero vale la pregunta: ¿cuánto tiempo nos aburrimos actualmente? En estos días, el aburrimiento se vive como algo a extinguir de inmediato. Antes era un estado buscado —del aburrimiento surge la creatividad—. Hoy parece una molestia que hay que evitar a toda costa.

Por suerte —o por desgracia— hoy no necesitamos tolerar el aburrimiento ni un minuto. Al primer indicio, abrimos Instagram y aparecen los reels. Problema resuelto. Desaparece «mágicamente» eso tan desagradable.

El problema es que, en este contexto, empezar a leer una novela resulta aburrido en comparación con el teléfono: menos colores, sin sonido, sin interacción. Y nuestro cerebro no espera a que tomemos la decisión: nos recompensa en el momento mismo de evaluar las opciones. Antes de tocar la pantalla, ya ganó Instagram.

Una hipótesis etiológica

La mente no es un músculo —la analogía es imprecisa—, pero la comparación con el entrenamiento físico tiene algo de útil. Si le decís a tu cerebro «tenemos que levantar este peso durante un mes para mejorar el colesterol», te responde: «no tiene sentido, mejor comamos chocolate ahora, la felicidad será inmediata». La gratificación diferida no es nuestra configuración predeterminada.

Con la atención pasa algo similar: hay que habituarse a sostener el esfuerzo en un contexto que no recompensa de inmediato. Y eso puede entenderse como una habilidad, mejorable con la práctica. «Prestar atención» implica un conjunto de capacidades —tolerancia al malestar, tolerancia al aburrimiento, atención sostenida— que se degradan cuando no se ejercitan de forma consistente.

Proponemos que el aumento de distractibilidad que observamos en población sin diagnóstico podría estar mediado por tres factores:

  1. Condicionamiento operante por refuerzo variable en el uso de plataformas digitales de alta estimulación.
  2. Habituación progresiva a estímulos supraumbrales, que vuelve aversivas las tareas de baja estimulación.
  3. Erosión de la tolerancia al aburrimiento por la evitación sostenida de estados desagradables.

Esto puede agravarse por factores adicionales como la privación de sueño asociada al uso nocturno de pantallas.

La presencia de síntomas atencionales en población no clínica también podría interactuar con entornos digitales altamente reforzantes, complejizando el límite entre vulnerabilidad cognitiva, hábitos tecnológicos y trastornos del neurodesarrollo (Aydin et al., 2024).

Una nota de honestidad intelectual

Lo que exponemos es una observación clínica, no datos sistemáticos estandarizados. La literatura consultada es sugerente y coherente con otras observaciones, pero no proviene de investigación dirigida y los tamaños de efecto son en general modestos. Existen además explicaciones alternativas que no pueden descartarse: ansiedad o depresión subclínica, niebla mental post-COVID-19, o una mayor conciencia metacognitiva de la población general sobre sus propios procesos atencionales.

¿Entonces, qué hacemos?

El TDAH es un cuadro clínico formal con evidencia sólida que requiere tratamiento específico por profesionales entrenados. No es de eso que estamos hablando.

Lo que queremos señalar es un motivo de consulta nuevo: «me cuesta concentrarme», en adultos jóvenes, sin comorbilidades, sin TDAH. Una queja que no tiene diagnóstico, ni protocolo, ni esquema de tratamiento previo.

Frente a eso, algunas cosas sí podemos hacer.

Como primer paso, proponemos considerar —como hipótesis de trabajo— que esta dificultad puede estar relacionada con el uso de tecnologías de la información y la comunicación. Desde ahí, tiene sentido revisar con el consultante sus patrones de uso de dispositivos: qué función cumple el teléfono en su día a día, cuánto consume de redes sociales, si hay interrupción del sueño por esta causa. Este registro en sí mismo puede ser terapéutico: es sabido que el simple acto de monitorear una conducta tiende a modificarla (Nelson & Hayes, 1981).

A partir de ahí, se puede diseñar junto con el consultante un plan de cambio de hábitos graduales: reducción del tiempo en plataformas de alta estimulación, incorporación de actividades de atención sostenida (lectura, escritura, práctica de algún instrumento), y estrategias de tolerancia al aburrimiento como habilidad a desarrollar.

No es un protocolo. Es un punto de partida. Y a veces, eso es suficiente para empezar a trabajar.

Referencias

  • Akdeniz Kudubeş, A., Özbay, Ö., Beşaltı, M., Çınar Özbay, S., & Durmuş Sarıkahya, S. (2025). Development and psychometric analysis of the digital detox scale. Psychiatric Quarterly. Advance online publication. https://doi.org/10.1007/s11126-025-10220-z
  • Asherson, P., & Agnew-Blais, J. (2019). Annual research review: Does late-onset attention-deficit/hyperactivity disorder exist? Journal of Child Psychology and Psychiatry, 60(4), 333–352. https://doi.org/10.1111/jcpp.13020
  • Aydin, T., Parris, B. A., Arabaci, G., Kilintari, M., & Taylor, J. (2024). Trait-level non-clinical ADHD symptoms in a community sample and their association with technology addictions. Current Psychology, 43, 10682–10692. https://doi.org/10.1007/s12144-023-05203-x
  • Firth, J., Torous, J., Stubbs, B., Firth, J. A., Steiner, G. Z., Smith, L., Alvarez-Jimenez, M., Gleeson, J., Vancampfort, D., Armitage, C. J., & Sarris, J. (2019). The «online brain»: How the Internet may be changing our cognition. World Psychiatry, 18(2), 119–129. https://doi.org/10.1002/wps.20617
  • Gül, M. (2025). Students’ struggle with digital addiction: The truth of brain rot. BMC Psychology, 14, Article 98. https://doi.org/10.1186/s40359-025-03880-w
  • Kirschner, P. A., & De Bruyckere, P. (2017). The myths of the digital native and the multitasker. Teaching and Teacher Education, 67, 135–142. https://doi.org/10.1016/j.tate.2017.06.011
  • Lorenz-Spreen, P., Mønsted, B. M., Hövel, P., & Lehmann, S. (2019). Accelerating dynamics of collective attention. Nature Communications, 10, Article 1759. https://doi.org/10.1038/s41467-019-09311-w
  • Nelson, R. O., & Hayes, S. C. (1981). Theoretical explanations for reactivity in self-monitoring. Behavioral Assessment, 3(1), 3–15.
  • Riglin, L., Blakey, R., Langley, K., Thapar, A. K., Agha, S. S., Davey Smith, G., Stergiakouli, E., & Thapar, A. (2022). Assessment of age-at-onset criterion for adult attention-deficit hyperactivity disorder. Psychiatry Research, 314, Article 114679. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2022.114679
  • Sweller, J. (2011). Cognitive load theory. In Psychology of learning and motivation (Vol. 55, pp. 37–76). Academic Press. https://doi.org/10.1016/B978-0-12-387691-1.00002-8
  • Syvertsen, T., & Enli, G. (2020). Digital detox: Media resistance and the promise of authenticity. Convergence: The International Journal of Research into New Media Technologies, 26(5–6), 1269–1283. https://doi.org/10.1177/1354856519847325
  • Ward, A. F., Duke, K., Gneezy, A., & Bos, M. W. (2017). Brain drain: The mere presence of one’s own smartphone reduces available cognitive capacity. Journal of the Association for Consumer Research, 2(2), 140–154. https://doi.org/10.1086/691462
  • Wilmer, H. H., Sherman, L. E., & Chein, J. M. (2017). Smartphones and cognition: A review of research exploring the links between mobile technology habits and cognitive functioning. Frontiers in Psychology, 8, Article 605. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2017.00605
  • Watzlawick, P., Weakland, J., & Fisch, R. (1974). Change: Principles of problem formation and problem resolution. Norton.
  • Nardone, G., & Watzlawick, P. (1992). El arte del cambio: Manual de terapia estratégica e hipnoterapia sin trance. Herder.

Dr. Emilio Zieba: Médico especialista en psiquiatría infantojuvenil, medicina legal y drogodependencias, con amplia experiencia clínica, docente y científica en el campo de la salud mental infantil y adolescente. Se destacan su formación y desempeño en el Hospital General de Niños Pedro de Elizalde, su rol como supervisor de residencias médicas en la Ciudad de Buenos Aires, su participación en actividades académicas y congresos nacionales, especialmente en temáticas vinculadas a las Altas Capacidades Cognitivas (AACC), así como su experiencia en la evaluación y tratamiento de condiciones del neurodesarrollo, discapacidad intelectual, autismo y TDAH. Asimismo, se describe su trabajo en problemáticas emergentes como la adicción digital, el gaming compulsivo y las apuestas online en adolescentes, desarrollando actividades de formación y divulgación destinadas tanto a profesionales como a familias.

.
  • Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
  • Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
  • Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
  • Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
  • Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
  • Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X

Relacionado

Gretel Martinez

Lic. Psicología egresada de la Universidad de Buenos Aires. Psicoterapeuta infantojuvenil y de adultos. Miembro de Society for Psychotherapy Research (SPR). Miembro de ETCI (Equipo de Terapia Cognitiva Infantojuvenil). Columnista en Psyciencia, publicación online independiente especializada en divulgación de psicología y neurociencias. Cofundadora de Siembro Bienestar - Consultoría y docencia en bienestar personal y autocuidado profesional. Con formación cognitivo conductual, en terapias de tercera generación, neuropsicología y autismo en mujeres.

Temas relacionados
  • Adicción
  • Atención
  • Redes sociales

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Psyciencia
  • Contáctanos
  • Publicidad
  • Nosotros
  • Publica
Psicología humana en tiempos de máquinas.

Ingresa las palabras de la búsqueda y presiona Enter.