No tengo TDAH, pero no me puedo concentrar
Cuando llegás a tu casa y sobre la mesa están la tablet, con la notificación de nuevas vidas del Candy Crush, y un libro —una novela larga, compleja, que tenías ganas de leer—, tu cerebro se anticipa al dilema. Sabe que el dispositivo da gratificación inmediata con mínimo esfuerzo. En esa evaluación se libera dopamina mientras pensás y mirás la tablet. Baja la tensión. En términos neurocognitivos, esa decisión termina siendo injusta para Dostoievski.
Cada vez con más frecuencia tenemos consultantes con la queja «no me puedo concentrar». Pero son personas que no cumplen criterios para TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad —6A05 en la CIE-11—), ni ansiedad, ni depresión. La sensación se parece a estar en una ciudad nueva con ganas de conocer un museo, sin saber qué camino tomar. Sin diagnóstico no solo perdemos la orientación práctica —qué protocolo aplicar, qué literatura consultar— sino algo más incómodo: no tenemos certeza de lo que el paciente trae. Si es un cuadro clínico, un cuadro subclínico o una variante normal. No estamos seguros de que el museo exista.
Los diagnósticos nos ordenan: guían el protocolo, permiten psicoeducar, habilitan la investigación y la comparación entre tratamientos. Por eso la pregunta importa. ¿Qué hacemos cuando el consultante trae algo que no se deja diagnosticar, al menos no con algo que realmente sirva o «cierre»?
Antes de seguir, una aclaración rápida para no generar confusión: no hablamos acá del TDAH de inicio tardío, esa variante donde entre el 1% y 2% de la población lo desarrollaría después de los 12 años (Asherson & Agnew-Blais, 2019), con su propio debate sobre la baja precisión de la memoria retrospectiva y la necesidad de complementar la evaluación con registros escolares (Riglin et al., 2022). Ese es un diagnóstico que reconocemos como tal. Lo que nos interesa hoy es otra cosa: adultos jóvenes que consultan por distractibilidad y que, evaluados con cuidado, no cumplen criterios para ningún TDAH, ni siquiera el de inicio tardío.
Qué hay detrás: brain rot, doomscrolling, carga cognitiva
Los temas que convocan nuestra atención son cada vez menos, por períodos más cortos, con una sensación de urgencia que es colectiva: la atención pública global se fragmenta y acelera de forma medible (Lorenz-Spreen et al., 2019).
Eso lleva a una exposición acumulada a contenido de baja calidad, lo que impulsa conceptos como el brain rot, deterioro cognitivo-emocional (Özbay, 2026), que se manifiesta en tres planos. En lo cognitivo: reducción de la atención, fatiga mental, procesamiento superficial y dificultades de memoria (Ward et al., 2017). En lo emocional: embotamiento afectivo, menor motivación, irritabilidad (Gül, 2025). En lo conductual: consumo compulsivo de contenido, cambio frecuente de tareas, procrastinación (Kirschner & De Bruyckere, 2017).
Algo análogo describe el mental cloudiness —la dificultad para concentrarse—, que la teoría de la carga cognitiva explica como sobrecarga de la memoria de trabajo ante estímulos digitales excesivos y fragmentados (Sweller, Ayres & Kalyuga, 2011). Esa sobrecarga impide el aprendizaje profundo y afecta en especial a los más jóvenes, cuyo cerebro todavía está en desarrollo (Firth et al., 2019; Wilmer et al., 2017).
A esto se suman dos patrones más puntuales: el doomscrolling —consumo compulsivo de noticias negativas, tan tentador como el true crime— y la short-video addiction, que degrada la memoria prospectiva y la toma de decisiones al priorizar la gratificación inmediata mediante activación límbica y desactivación del control prefrontal (Mona et al., 2026). Existen estrategias de afrontamiento documentadas, como el detox digital y la autorregulación (Akdeniz Kudubeş et al., 2025; Syvertsen & Enli, 2020), pero el ciclo se refuerza por patrones cognitivos desadaptativos y por plataformas diseñadas para explotar los intereses personales y la falta de freno inhibitorio. El multitasking termina de completar el cuadro, degradando memoria de trabajo y atención sostenida (Firth et al., 2019).
Falta de tolerancia al aburrimiento
Podríamos asociar el aburrimiento a esa sensación desagradable ante la falta de estímulos: un paso del tiempo molesto, un silencio incómodo que necesitamos romper. Pero si nos detenemos a pensar, ¿cuánto tiempo nos aburrimos hoy? Antes era un momento buscado —se sabía que del aburrimiento surge la creatividad—. Hoy parece una molestia a evitar. ¿Se erosiona la tolerancia al aburrimiento? ¿Es una señal aversiva que evitamos de forma sistemática?
Por «suerte», hoy no necesitamos pensar mucho para eliminarlo. Al primer síntoma, abrís Instagram y ves reels. Problema resuelto: desaparece «mágicamente» eso tan desagradable.
El costo aparece con la novela: comparada con Instagram, es aburrida. Menos colores, sin sonido, sin interacción, sin memes de gatitos. Al medio renglón ya agarraste el celular. Y peor: el cerebro reacciona antes de la acción. Te recompensa en el momento mismo de evaluar las opciones.
La hipótesis
No caigas en el lugar común de «es como un músculo que no se usa, se atrofia»: la mente no es un músculo. Pero la analogía del entrenamiento en el gimnasio sí sirve, o cualquier otra que implique gastar energía a cambio de una gratificación demorada. No estamos cableados para recompensas a futuro.
Si le decís a tu cerebro «tenemos que levantar este peso durante un mes para bajar el colesterol», te responde «no tiene sentido, mejor comamos chocolate ahora, te prometo que la felicidad va a ser inmediata». Aprender a tolerar el contexto de entrenamiento —el olor del gimnasio, la humedad, lo ingrato del esfuerzo sostenido, los calambres, el reggaetón viejo de fondo— es parte del trabajo.
Con la atención pasa lo mismo: hay que habituarse a sostener un contexto aversivo, en una actividad que gasta energía y no tiene recompensa inmediata. «Prestar atención» no es una sola cosa, es un conjunto de habilidades —tolerancia al malestar, tolerancia al aburrimiento, capacidad atencional— que, como un músculo, se atrofian si no se entrenan.
Proponemos que este aumento de la distractibilidad esté mediado por tres factores:
- Condicionamiento operante por refuerzo variable en el uso de plataformas digitales de alta estimulación.
- Habituación progresiva a estímulos supraumbrales, que vuelve aversivas las tareas de baja estimulación.
- Erosión de la tolerancia al aburrimiento por evitación sostenida de estados desagradables.
Esto puede agravarse por factores generales, como la privación de sueño asociada al uso de pantallas por la noche.
La presencia de síntomas atencionales en población no clínica podría interactuar, entonces, con entornos digitales altamente reforzantes, complejizando el límite entre vulnerabilidad cognitiva, hábitos tecnológicos y trastornos del neurodesarrollo (Aydin et al., 2024), y también las conceptualizaciones de quienes hacemos clínica.
Qué hacer en consulta
Frente a un consultante con distractibilidad pero sin diagnóstico, tenemos básicamente tres caminos:
- Decirle que no hay nada que hacer. Es cierto que no cumple criterios para ningún trastorno formal, pero volver con esa respuesta equivale a decirle a alguien con el colesterol alto «vení cuando tengas el infarto, antes no». Poco validante y clínicamente poco útil.
- Tomar prestado el protocolo de un diagnóstico parecido (siempre con consentimiento del paciente). Más validante que la opción anterior, pero deja sabor a poco: es tratar algo por analogía, no por lo que realmente es.
- Trabajar con intervenciones de base amplia —ejercicio, mindfulness, un chequeo de tiroides que nunca está de más— con la expectativa de que mejoren el cuadro general y, dentro de ese todo, también el problema que no sabemos nombrar. No es mala apuesta, pero trabajar sin diagnóstico claro siempre genera dificultades: por un lado el riesgo de sobrediagnosticar —la tentación es fuerte—, por otro el de descartar demasiado rápido por falta de criterios en el momento de la consulta.
Ojo con la prohibición sin alternativa: pedirle a alguien que directamente «use menos el celular» sin ofrecerle qué hacer en su lugar suele derivar en soluciones intentadas que terminan perpetuando el malestar (Watzlawick, Weakland & Fisch, 1974; Nardone & Watzlawick, 1992).
Nuestra recomendación, dada la hipótesis de arriba, es agregar un cuarto camino, más específico: revisar junto al consultante sus patrones de uso de dispositivos —qué función cumplen, cuánto tiempo de redes sociales, si interrumpen el sueño— y diseñar desde ahí un plan de cambio de hábitos (¿apagar el celular antes de dormir?). Solo registrar la conducta ya suele ser terapéutico: muchas veces el simple hecho de observarla la hace disminuir (Nelson & Hayes, 1981).
Seamos intelectualmente honestos
Lo que exponemos acá es una observación clínica, no un hallazgo de datos sistemáticos y estandarizados: tomalo como una nota de opinión. La literatura consultada tampoco es específica sobre este fenómeno puntual. Es sugerente, coherente con otras observaciones clínicas, actual y pertinente, pero no es investigación dirigida, y en varios casos los tamaños de efecto son modestos.
Tampoco podemos descartar explicaciones alternativas: ansiedad o depresión subclínica, secuelas cognitivas post-COVID (niebla mental), o simplemente una mayor conciencia general sobre los propios procesos atencionales.
El TDAH es un cuadro formal, con evidencia sobrada, que requiere tratamiento específico de profesionales entrenados; sobre eso se ha escrito mucho y poco podemos aportar nosotros. El TDAH de inicio en la adultez sigue siendo un terreno tan innovador como controversial, y no pretendemos entrar en él.
Lo que sí queremos dejar planteado es un motivo de consulta cada vez más frecuente —»me cuesta concentrarme», en adultos jóvenes, sin comorbilidad, sin TDAH— y una hipótesis de trabajo: que antes de buscarle nombre y código, vale la pena mirar cómo ese consultante usa sus pantallas.
Referencias
- Akdeniz Kudubeş, A., Özbay, Ö., Beşaltı, M., Çınar Özbay, S., & Durmuş Sarıkahya, S. (2025). Development and psychometric analysis of the digital detox scale. Psychiatric Quarterly. Advance online publication. https://doi.org/10.1007/s11126-025-10220-z
- Asherson, P., & Agnew-Blais, J. (2019). Annual research review: Does late-onset attention-deficit/hyperactivity disorder exist? Journal of Child Psychology and Psychiatry, 60(4), 333–352. https://doi.org/10.1111/jcpp.13020
- Aydin, T., Parris, B. A., Arabaci, G., Kilintari, M., & Taylor, J. (2024). Trait-level non-clinical ADHD symptoms in a community sample and their association with technology addictions. Current Psychology, 43, 10682–10692. https://doi.org/10.1007/s12144-023-05203-x
- Firth, J., Torous, J., Stubbs, B., Firth, J. A., Steiner, G. Z., Smith, L., Alvarez-Jimenez, M., Gleeson, J., Vancampfort, D., Armitage, C. J., & Sarris, J. (2019). The «online brain»: How the Internet may be changing our cognition. World Psychiatry, 18(2), 119–129. https://doi.org/10.1002/wps.20617
- Gül, M. (2025). Students’ struggle with digital addiction: The truth of brain rot. BMC Psychology, 14, Article 98. https://doi.org/10.1186/s40359-025-03880-w
- Kirschner, P. A., & De Bruyckere, P. (2017). The myths of the digital native and the multitasker. Teaching and Teacher Education, 67, 135–142. https://doi.org/10.1016/j.tate.2017.06.001
- Lorenz-Spreen, P., Mønsted, B. M., Hövel, P., & Lehmann, S. (2019). Accelerating dynamics of collective attention. Nature Communications, 10, Article 1759. https://doi.org/10.1038/s41467-019-09311-w
- Mona, A. E., Roshith, V., Peter, R., Roy, P., Hassan, A., Devika, M., & Trishala, M. (2026). Short video addiction and its impact on cognitive functioning in adolescents and youth: A systematic review. International Journal of Adolescence and Youth, 31(1), Article 2623337. https://doi.org/10.1080/02673843.2026.262333.
- Nardone, G., & Watzlawick, P. (1992). El arte del cambio: Manual de terapia estratégica e hipnoterapia sin trance. Herder.
- Nelson, R. O., & Hayes, S. C. (1981). Theoretical explanations for reactivity in self-monitoring. Behavioral Assessment, 3(1), 3–15. https://doi.org/10.1177/014544558151001
- Özbay, Ö. (2026). «Brain rot» among university students in the digital age: A phenomenological study. Current Psychiatry Reports, 28, Article 11. https://doi.org/10.1007/s11920-025-01658-w
- Riglin, L., Blakey, R., Langley, K., Thapar, A. K., Agha, S. S., Davey Smith, G., Stergiakouli, E., & Thapar, A. (2022). Assessment of age-at-onset criterion for adult attention-deficit hyperactivity disorder. Psychiatry Research, 314, Article 114679. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2022.114679
- Sweller, J., Ayres, P., & Kalyuga, S. (2011). Cognitive load theory. Springer. https://doi.org/10.1016/B978-0-12-387691-1.00002-8
- Syvertsen, T., & Enli, G. (2020). Digital detox: Media resistance and the promise of authenticity. Convergence: The International Journal of Research into New Media Technologies, 26(5–6), 1269–1283. https://doi.org/10.1177/1354856519847325
- Ward, A. F., Duke, K., Gneezy, A., & Bos, M. W. (2017). Brain drain: The mere presence of one’s own smartphone reduces available cognitive capacity. Journal of the Association for Consumer Research, 2(2), 140–154. https://doi.org/10.1086/691462
- Watzlawick, P., Weakland, J., & Fisch, R. (1974). Change: Principles of problem formation and problem resolution. Norton.
- Wilmer, H. H., Sherman, L. E., & Chein, J. M. (2017). Smartphones and cognition: A review of research exploring the links between mobile technology habits and cognitive functioning. Frontiers in Psychology, 8, Article 605. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2017.00605
Por Gretel Martinez y Dr. Emilio Zieba.
Dr. Emilio Zieba: Médico especialista en psiquiatría infantojuvenil, medicina legal y drogodependencias, con amplia experiencia clínica, docente y científica en el campo de la salud mental infantil y adolescente. Se destacan su formación y desempeño en el Hospital General de Niños Pedro de Elizalde, su rol como supervisor de residencias médicas en la Ciudad de Buenos Aires, su participación en actividades académicas y congresos nacionales, especialmente en temáticas vinculadas a las Altas Capacidades Cognitivas (AACC), así como su experiencia en la evaluación y tratamiento de condiciones del neurodesarrollo, discapacidad intelectual, autismo y TDAH. Asimismo, se describe su trabajo en problemáticas emergentes como la adicción digital, el gaming compulsivo y las apuestas online en adolescentes, desarrollando actividades de formación y divulgación destinadas tanto a profesionales como a familias.