Durante el último año como profesor universitario he notado un error que se repite al enseñar el análisis funcional de la conducta o cuando se explica el análisis en cadena en DBT: explicarlo como una forma encubierta de mentalismo. Lo recordé viendo un video en el que Skinner señalaba algo que va directo al punto: no actuamos porque tengamos un propósito interno, sino que sentimos propósito porque estamos a punto de actuar debido a consecuencias pasadas.
El malentendido ocurre cuando enseñamos el análisis funcional como si la función del comportamiento fuera alcanzar u obtener un objetivo —evitar una situación, escapar de ella, obtener atención, aliviar malestar, entre otros. Explicado así, estamos diciendo implícitamente que el comportamiento está dirigido por un propósito, que hay algo dentro del organismo —una mente, una intención, un objetivo— que lo origina y lo guía. Exactamente lo que Skinner estaba refutando.
Y tiene sentido que ocurra. Toda nuestra formación —y nuestra cultura en general— ha sido profundamente mentalista. Explicamos el comportamiento humano en términos de intenciones, deseos y propósitos casi de manera automática. Es el marco explicativo que hemos usado toda la vida, y el análisis funcional es contraintuitivo.
Lo que Skinner propone es radicalmente distinto: una conducta ocurre, o tiene mayor probabilidad de ocurrir, porque fue reforzada en el pasado. No porque el cerebro «busque» algo. No porque exista una intención previa. La causa está en la historia de reforzamiento, no en ningún estado mental que precede y dirige la acción.
Vale aclarar que el término «función» en el análisis de conducta aplicado tiene un significado técnico preciso, y en sí mismo no es mentalista. Función se refiere a las consecuencias que han mantenido una conducta a lo largo del tiempo. El problema no es la palabra: es cómo se enseña. Cuando un docente dice «la función de esta conducta es obteneratención», está usando lenguaje de propósito. Cuando dice «esta conducta fue reforzada por atención», está siendo fiel al marco. La diferencia parece sutil, pero no lo es.
La confusión importa, porque cuando explicamos la función de una conducta como si fuera un propósito que la mente persigue, no estamos enseñando conductismo: se está enseñando una versión disfrazada de mentalismo. Y eso confunde a los estudiantes sobre qué es lo que realmente explica el comportamiento dentro de este marco teórico.
Implicaciones clínicas
El error también afecta las intervenciones. Si conceptualizamos la conducta como algo que el paciente hace con un propósito, la intervención natural es intentar cambiar ese propósito: modificar el pensamiento, trabajar la intención, reestructurar la creencia detrás del comportamiento. Pero eso no es una intervención conductual. Lo que el análisis funcional propone es algo distinto: identificar junto con el paciente las variables ambientales que están manteniendo la conducta y trabajar sobre ellas. El cambio no viene de modificar intenciones, sino de modificar las condiciones que hacen que esa conducta siga ocurriendo.
También tiene consecuencias reales cuando se explica el análisis funcional a pacientes o familiares. Si decimos que «la función de esta conducta es obtener atención», lo que escucha el familiar es que la persona lo hace a propósito, que es manipuladora, que calcula. Y eso genera, estigma, frustración, culpa o rechazo hacia quien presenta la conducta. Pero eso no es lo que está ocurriendo. Lo que el análisis funcional nos dice es que ese comportamiento ocurre porque el ambiente —muchas veces las mismas personas que ahora se sienten manipuladas— reforzó ese comportamiento en el pasado.
Entender esa diferencia no es solo un asunto teórico. Cambia cómo trabajamos en la consulta y cómo el paciente y la familia se relaciona con la conducta, reduce la atribución de malicia, y abre la posibilidad de intervenir sobre lo que realmente mantiene el comportamiento: las contingencias del ambiente.
Recuerda: La función de una conducta no es lo que busca lograr. Es lo que históricamente ha producido.
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