Jessica Mouzo recopila la evidencia sobre el riesgo de morir tras un duelo prolongado. Los datos muestran un aumento en la probabilidad de morir, aunque su magnitud varía según las características de cada persona. Esto no significa que el duelo ‘cause’ la muerte, sino que predispone a otras enfermedades:
Juan Carlos Pascual Mateo, psiquiatra y miembro del comité ejecutivo de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental, desdeña la épica que acompaña a eso de morir de pena o de amor, y señala una interpretación biológica del fenómeno: “Los estados emocionales repercuten a nivel físico. Hay una afectación a nivel del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal un sistema neuroendocrino que regula la respuesta del cuerpo al estrés, aumenta el cortisol y puede tener repercusión en el sistema inmune, que esté más deprimido y vulnerable. Todo eso te predispone más a fallecer por alguna enfermedad. No te mueres de tristeza, sino de otra causa médica”.
La evidencia sugiere que la probabilidad de morir será más alta en los primeros seis meses después del fallecimiento del ser querido y después va disminuyendo. Aunque hay casos, especialmente cuando los padres pierden a un hijo, esta tendencia puede mantenerse. Por otro lado, cuando la pérdida es de la pareja, el riesgo de mortalidad es mayor en las personas jóvenes y en los hombres viudos. Las causas más frecuentes son: accidentes, motivos violentos y enfermedades relacionadas con el alcohol, hasta problemas cardiovasculares o suicidio.
La angustia y la soledad asociadas a la pérdida modifican los vínculos sociales, reducen los comportamientos saludables y afectan la economía y la estabilidad de quienes no saben o no pueden manejar esta avalancha de cambios. Todo ello deteriora la salud y ayuda a explicar por qué el duelo prolongado se asocia a un mayor riesgo de morir.
Con esta información en mente, ¿qué tenemos que evaluar? ¿La intensidad del duelo o su duración? Ni una ni la otra. Ni la intensidad ni la duración del duelo es un problema clínico, sino la inflexibilidad psicológica: la tendencia a quedar atrapado en los propios contenidos —pensamientos, recuerdos, emociones— de un modo tan inamovible que la conducta deja de responder a lo que la vida pide en el presente.
El dolor de la pérdida no es el problema. El dolor es esperable, legítimo, incluso una medida del vínculo que se tenía. El problema aparece cuando la persona organiza toda su vida alrededor de no sentir ese dolor, o alrededor de no traicionar al que ya no está. Ahí es donde el repertorio se estrecha: se evita todo lo que recuerde la pérdida (o, al contrario, no se puede hacer otra cosa que rumiar sobre ella), se abandonan los vínculos, se sueltan los hábitos que sostienen la salud, se renuncia a cualquier acción valiosa que implique seguir viviendo. No es la magnitud de la emoción lo que enferma, sino la rigidez del patrón con que se la intenta controlar.