¿La experiencia te hace mejor psicoterapeuta?
¿Eres mejor terapeuta hoy que hace cinco años?
Lo más probable es que respondas que sí. Damos por hecho que la acumulación de horas de consultorio nos vuelve más efectivos. La evidencia acumulada desde 2016 dice otra cosa: ni los años de ejercicio ni la cantidad de pacientes atendidos predicen el resultado clínico. El hallazgo se sostuvo en réplicas con distintas muestras, distintos sistemas de salud y distintos instrumentos de medición.
En este artículo resumo las investigaciones sobre la relación entre experiencia y resultados clínicos, y qué se ha propuesto para explicar por qué algunos terapeutas mejoran y la mayoría no.
El punto de partida
Todo comenzó en 2016, cuando se publicó el primer estudio longitudinal de Goldberg et al. (2016) que investigó la relación entre los años de experiencia de un terapeuta y sus resultados clínicos.
Antes de eso, todos los estudios eran transversales: tomaban a un grupo de terapeutas veteranos y a un grupo de novatos, comparaban sus resultados en un mismo momento y atribuían la diferencia a la experiencia. Ese diseño tenía dos deficiencias importantes.
La primera es que veteranos y novatos no se diferencian solo por los años de trabajo. Tienen edades distintas, pertenecen a generaciones distintas y se formaron con modelos distintos. Cualquier diferencia que provenga de esas variables no representa experiencia acumulada.
La segunda es cómo se mide la experiencia. Por lo general se calcula como los años transcurridos desde su habilitación profesional, y esa cifra puede ser muy engañosa porque ignora cuántos pacientes atendió el terapeuta en ese tiempo. Dos personas pueden tener diez años de ejercicio, pero una atendió 50 pacientes al año y la otra, 200. Claramente no tienen la misma experiencia.
Para evitar estos sesgos hay que seguir a los mismos terapeutas a lo largo de su carrera y evaluar sus resultados de terapia. Eso fue lo que hizo Goldberg y su equipo. Tomaron una muestra de 6,591 pacientes y 170 terapeutas que atendían en el centro de consejería de una universidad estadounidense. En total se registraron 53,351 sesiones y se recolectaron datos a lo largo de 18.43 años; cada terapeuta aportó en promedio 4.73 años. Los pacientes asistieron a una mediana de 6 sesiones. Solo se incluyeron los datos de los pacientes cuyo primer puntaje estuviera en rango clínico.
Midieron el progreso de los pacientes sesión a sesión con el Outcome Questionnaire-45, un instrumento donde puntajes más bajos indican mejor funcionamiento. La terapia funcionó: los pacientes mejoraron en promedio 17.17 puntos entre la primera y la última medición, lo que equivale a un tamaño del efecto de 0.94, comparable al que se obtiene en ensayos clínicos controlados. Aproximadamente la mitad mostró un cambio clínicamente confiable.
El problema apareció al mirar cómo evolucionaba ese resultado con los años del terapeuta. La magnitud del cambio que lograban se reducía por cada año de experiencia y por cada paciente adicional atendido. Traducido: cada año habría un paciente menos con resultado exitoso por cada 148 atendidos. Como vemos, el descenso es muy pequeño. Aun así, estos resultados se mantuvieron al controlar la severidad del paciente, la duración del tratamiento, la edad del terapeuta, los años desde el inicio del posgrado, el tamaño de la carga de casos y las tasas de terminación temprana.
¿Significa esto que los terapeutas empeoran con los años? Aun cuando los investigadores mencionan la palabra deterioro, el efecto es tan pequeño que su conclusión es otra: no hay evidencia de que los terapeutas se vuelvan más efectivos con el tiempo. Lo que muestran estos datos no es una curva que baja. Es una curva plana.

Con una excepción: no todos los terapeutas siguieron el mismo camino. 67 de los 170 sí mejoraron con los años. El estudio no dice qué hicieron distinto. Es la pregunta que exploro en el resto del artículo.
La réplica
Germer y su equipo (2022) hicieron una réplica del estudio original, pero no en centros universitarios sino dentro del sistema de salud alemán. Evaluaron a 241 terapeutas y 3,432 pacientes. Replicaron las dos operacionalizaciones de experiencia de Goldberg (años y número de pacientes) y midieron cuatro criterios de resultado: cambio en psicopatología general, respuesta, remisión y terminación temprana. Controlaron el número de sesiones y el diagnóstico principal.
Probaron todas las combinaciones posibles y confirmaron el hallazgo de Goldberg: no hay relación entre la experiencia y los resultados. Con una diferencia importante. El pequeño declive que había aparecido en el estudio original no se replicó. No encontraron declive: no encontraron nada.

Pero sí encontraron algo interesante. Hallaron datos preliminares que sugieren que los terapeutas más experimentados necesitan menos sesiones para lograr el mismo resultado que sus colegas con menos años. Es un tipo de aprendizaje que el estudio de Goldberg no podía detectar, simplemente porque no estaba diseñado para buscarlo.
¿Será falta de formación?
Otros investigadores también se preguntaron si el estancamiento no sería un problema de formación más que de experiencia. Es una objeción razonable: acumular años atendiendo pacientes por tu cuenta no es lo mismo que avanzar por un programa formal. Quizá lo que no sirve es la experiencia suelta, y el entrenamiento sí funciona.
Para responder esa pregunta, Erekson y su equipo (2017) siguieron a 22 psicólogos de un centro universitario estadounidense que habían completado al menos dos etapas de formación dentro del mismo centro. Esto es importante: al haber pasado por dos o más etapas de formación, se puede comparar a cada terapeuta consigo mismo. No compararon internos contra licenciados, sino a la misma persona cuando era interna y cuando ya estaba licenciada. En total analizaron 4,047 pacientes y 40,271 sesiones evaluadas con el OQ-45.
Y midieron la magnitud del cambio: cuánto mejoró el paciente de principio a fin, y la velocidad del cambio: qué tan rápido llegó a esa mejoría.

En ninguna de las dos hubo progreso. Los terapeutas lograron el mismo cambio o menos en sus etapas posteriores de formación formal, y lo lograron a la misma velocidad o más lento. La conclusión de los autores: a medida que los terapeutas avanzan por las etapas formales de entrenamiento, no mejoran su capacidad de producir cambio en los pacientes.
Las habilidades interpersonales
Si la experiencia no explica las diferencias, la pregunta es qué sí lo hace. La candidata con más respaldo son las habilidades interpersonales del terapeuta, y conviene detenerse en cómo se miden, porque no es un cuestionario donde uno se autoevalúa. Es una tarea de desempeño: al terapeuta se le muestran videos de pacientes en momentos difíciles, uno hostil, uno que se cierra, uno que lo cuestiona, y él responde en voz alta como si estuviera ahí. Esas respuestas se graban y las califican codificadores entrenados que no saben quién respondió. Anderson et al. (2009) aplicaron esa tarea a 25 terapeutas con 1,141 pacientes: de todas las variables que examinaron, fue la única que explicaba las diferencias entre ellos.
El estudio más convincente vino después. Anderson y su equipo (2016) evaluaron a 44 estudiantes de psicología clínica en las primeras semanas de formación, antes de que atendieran a un solo paciente. Más de un año después, esos puntajes previos a cualquier experiencia clínica predijeron el cambio sintomático de los pacientes que atendieron. El efecto apareció en las terapias de ocho sesiones o menos y desapareció en las más largas, aunque esas eran una porción pequeña de la muestra.
Y ahí queda una pregunta incómoda: si lo que distingue a los terapeutas efectivos ya estaba ahí antes de que empezaran a formarse, ¿qué papel le queda a la formación?
Las habilidades interpersonales
Si la experiencia y los niveles de formación formal no mejoran los resultados en terapia, entonces una posible candidata son las habilidades interpersonales de los terapeutas. Por ejemplo, Anderson et al. (2009) estudiaron a 25 terapeutas y 1,141 pacientes con el OQ-45. De todas las variables que examinaron, la única que explicaba las diferencias entre terapeutas fueron las habilidades interpersonales facilitadoras. Y no se trata de un cuestionario donde el terapeuta se autoevalúa, sino de una tarea de desempeño: se le muestran videos de clientes en momentos difíciles de la sesión, un paciente hostil, uno que se cierra, uno que cuestiona al terapeuta, y él responde en voz alta como si estuviera ahí. Esas respuestas se graban y las califican codificadores entrenados que no saben nada de quién respondió.
En otro estudio de Anderson y su equipo (2016) evaluaron a 44 estudiantes de psicología clínica en las primeras semanas de su formación, antes de que atendieran a un solo paciente. Más de un año después, esos mismos estudiantes empezaron a ver clientes en una clínica. Los puntajes obtenidos antes de tener cualquier experiencia clínica predijeron el cambio sintomático de esos pacientes: los terapeutas con habilidades interpersonales más altas fueron más efectivos que los de puntajes bajos.
Pero cuidado: El efecto apareció en las terapias cortas, de ocho sesiones o menos, y desapareció en las de más de dieciséis sesiones, donde no hubo diferencia entre unos y otros. Los autores aclaran que las terapias largas eran una porción pequeña de la muestra, así que ese análisis tiene menos peso estadístico.
¿Si lo que distingue a los terapeutas efectivos ya estaba ahí antes de que empezaran a formarse, ¿qué papel le queda a la formación?
En 2026 volvió Goldberg con una nueva investigación con 97 terapeutas y 6,152 pacientes. En términos generales no hallaron asociaciones entre las características del terapeuta y los resultados del paciente, y la mayoría de los predictores no se replicó. Lo que sí encontraron es que las habilidades interpersonales del terapeuta se asocian con mayor probabilidad de que el paciente asista a más de una sesión.
¿Por qué nos estancamos?
Atender pacientes durante muchos años no se traduce en mayor efectividad clínica. Y tiene sentido. Puedes atender treinta años sin mejorar tus habilidades y sin encontrar nunca tus puntos débiles. Incluso puedes estar haciendo procedimientos que crees efectivos cuando en realidad son contraproducentes. Es como tocar el piano treinta años sin escucharte nunca.
Parte del problema es que nadie observa lo que hacemos. Cerramos la puerta del consultorio y lo que pasa adentro no lo ve nadie más. Incluso las supervisiones dependen de la memoria del terapeuta, no de lo que exactamente ocurrió en sesión. La retroalimentación correctiva en nuestro oficio significa grabar las sesiones, analizarlas y corregir las intervenciones, y eso ocurre al inicio de nuestra carrera pero se deja de hacer con los años o no forma parte de una práctica consistente. Podemos atender miles de horas, pero ¿cuántas de esas horas hemos revisado?
El camino habitual para seguir mejorando son los cursos, diplomados y certificaciones. Sirven para aprender modelos nuevos y ponerte al día con la literatura, pero no te dicen nada sobre lo que haces con tus pacientes. Es como si el pianista acumulara cursos de teoría musical sin que nadie lo escuchara tocar. El cirujano se forma operando con alguien al lado que lo corrige. El nadador entrena filmado y su entrenador le ajusta el gesto ese mismo día.
También está el desgaste profesional. Delgadillo y su equipo (2018) analizaron a 49 terapeutas y 2,223 pacientes, y encontraron que los terapeutas con mayores niveles de desconexión y menor satisfacción laboral obtenían peores resultados. Un estudio posterior en el sistema de veteranos de Estados Unidos, con 165 terapeutas y 1,268 pacientes con TEPT, encontró algo más concreto: entre los terapeutas con burnout, el 28% de los pacientes logró una mejoría clínicamente significativa; entre los que no lo tenían, el 37%.
Atender muchos pacientes, manejar casos difíciles, el trabajo administrativo, tomar otros trabajos como docencia o charlas, todo eso consume la energía y la disposición del terapeuta y afecta su salud y la de sus pacientes. Hablamos mucho del burnout, pero pocas veces pensamos en el riesgo que implica para quienes atendemos.
Todo esto explica una paradoja: las mejores condiciones para aprender suelen estar al principio, pero no a lo largo de la carrera. En la formación había supervisión, corrección, cargas reducidas y casos seleccionados. Con los años perdemos ese andamiaje justo cuando los casos se vuelven más difíciles.
La propuesta: práctica deliberada
Si el problema es que practicamos sin corrección, la respuesta obvia es corregir cómo practicamos. Eso es lo que un grupo de investigadores viene proponiendo desde hace una década bajo el nombre de práctica deliberada.
El concepto viene de la investigación sobre expertos de Ericsson y no significa practicar mucho. Significa algo bastante más incómodo: trabajar fuera de la rutina, sobre una habilidad que todavía no dominas, con un objetivo definido, recibiendo corrección inmediata y repitiendo hasta que salga. Para un terapeuta no es atender más pacientes ni acumular cursos. Es dedicar tiempo, fuera de la sesión, a lo que te cuesta.

Chow y su equipo (2015) fueron los primeros en llevar esta idea a la psicoterapia. Analizaron a 69 terapeutas y 4,580 pacientes, y encontraron que ni el género, ni la edad, ni la carga de casos, ni los años de experiencia explicaban las diferencias entre terapeutas. Lo que sí predijo los resultados, en un subgrupo de 17 terapeutas, fue el tiempo dedicado específicamente a mejorar las habilidades terapéuticas. Y no solo eso: los terapeutas más efectivos reportaron que revisar a solas las grabaciones de sus sesiones les exigía más esfuerzo que al resto.
Pero en 2023 Janse y su equipo intentaron replicarlo en los Países Bajos con 40 terapeutas y 2,424 pacientes. Usaron el mismo instrumento de Chow, traducido al neerlandés. No encontraron nada. Ni el tiempo total ni ninguna de las 25 actividades evaluadas se asoció con los resultados de los pacientes. Y sin embargo, los terapeutas sí calificaron varias de esas actividades como muy relevantes para mejorar.
¿Entonces la propuesta no sirve? No es tan simple, así que vamos por partes. Ninguno de los dos estudios midió práctica deliberada: midieron cuánto tiempo dicen los terapeutas que le dedican a aprender. Los propios autores de Janse concluyen que la percepción de los terapeutas sobre sus propias actividades puede ser inexacta, y recomiendan no evaluar la formación de nadie apoyándose solo en su autorreporte.
¿Mejora las habilidades del terapeuta? Sí. Una revisión sistemática de 2024 reunió once estudios, nueve de ellos aleatorizados, y en todos el grupo entrenado con práctica deliberada tuvo mejor desempeño que el control.
La evidencia más sólida llegó el año pasado. Chow y su equipo (2025) hicieron un ensayo aleatorizado con 72 terapeutas en ejercicio, con un promedio de 11.6 años de experiencia. Todos veían videos de pacientes difíciles y escribían cómo responderían, a lo largo de ocho pruebas. La diferencia entre los grupos estaba en lo que pasaba después: unos recibían retroalimentación basada en principios y los otros solo reflexionaban sobre su propia respuesta y pensaban cómo mejorarla. El grupo con retroalimentación mejoró de forma sostenida y transfirió lo aprendido a pacientes y escenarios nuevos. El grupo que reflexionaba solo no mejoró en ninguna de las ocho pruebas.
Esto es lo más importante: la comparación fue corrección externa contra autorreflexión. Y la autorreflexión, que es lo que la mayoría de nosotros hace después de una sesión difícil, no produjo ninguna mejora.
Después de responder a cada video, los participantes también se calificaban a sí mismos. Promediando las ocho pruebas, el grupo que solo reflexionaba se autocalificó mejor que el grupo que estaba recibiendo corrección. Los que no mejoraron en nada se sentían mejores terapeutas que los que sí estaban aprendiendo.
¿Esas habilidades llegan al paciente? No se sabe (yo creo que sí, pero no hay datos todavía), y los propios autores lo señalan como la pregunta pendiente. Ninguno de estos ensayos midió qué les pasó a los pacientes reales de esos terapeutas. Un ensayo alemán en curso (DeeP), con 240 terapeutas en formación, está diseñado para medir las dos cosas a la vez, pero todavía no hay resultados.
Lo que sí mejora con los años
En 2026 Goldberg volvió sobre el tema con 97 terapeutas y 6,152 pacientes, en un estudio preregistrado que puso a prueba 38 características del terapeuta. Casi ninguna se asoció con los resultados. La única que resistió los análisis fue la tarea de desempeño de habilidades interpersonales, y no por su efecto en el cambio del paciente, sino en la probabilidad de que asistiera a más de una sesión.
Ese hallazgo no está solo. En Goldberg 2016, con más años de experiencia los pacientes tenían menos probabilidad de abandonar antes de la tercera sesión. Y en Germer apareció un dato preliminar en la misma línea: los terapeutas más experimentados necesitaban menos sesiones para lograr el mismo resultado.
Los tres apuntan en la misma dirección. Lo que mejora con la experiencia es la capacidad de enganchar y sostener a un paciente en tratamiento, no la de producir cambio. Que se mantenga, pero no que cambie. Y es una variable valiosa, pero no suficiente. La deserción temprana es uno de los problemas más serios de nuestra práctica: un paciente que abandona en la segunda sesión no recibe tratamiento.
Qué podemos hacer
Las revisiones estiman que el terapeuta explica entre el 5 y el 10% de la varianza en los resultados. La mayor parte depende del paciente. Todo lo que discutimos hasta aquí ocurre dentro de esa franja delgada. Tenemos poco margen de control y trabajamos con personas, no con objetos, lo que hace cada sesión única e irrepetible.
Y dentro de ese margen todavía no se sabe con claridad qué te vuelve más efectivo. Lo único que tiene respaldo, y modesto, es el monitoreo sistemático de resultados: aplicar un instrumento breve sesión a sesión y usar esos datos para saber si el paciente mejora, en lugar de suponerlo. Alberto Gimeno ha escrito y hablado de esto bastante.
Por otro lado, la práctica deliberada cuesta. Recibir corrección no es agradable y tiene sentido que la evitemos. Ver tus propias sesiones grabadas es incómodo, y descubrir que no lo estás haciendo tan bien como creías lo es más. Pero fíjate en lo que muestran esos mismos datos: los que se sentían peor eran los que estaban aprendiendo, y los que se sentían bien eran los que no mejoraron en nada. La incomodidad no es señal de que algo va mal. Con frecuencia es la única señal de que algo está pasando.
Los mismos terapeutas dijeron otras cosas al terminar. Que estaban más conscientes de lo que hacían en sesión, más intencionales. Que respondían con más calma en lugar de entrar en pánico. Que habían recuperado la confianza en su práctica. Uno dijo que el programa lo había hecho disfrutar su trabajo otra vez. Todos manifestaron que pensaban seguir haciéndolo.
Hay muchas variables que influyen en la efectividad del terapeuta, pero podemos hacer algo para mejorar nuestras habilidades y eso significa recibir corrección externa y evaluar nuestros resultados.
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