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¿Por qué los veranos de la infancia parecen no acabar nunca?
Irene Mollá:
“El niño está en un estado de atención plena sobre un estímulo concreto, y es capaz de priorizarlo frente a otros muchísimos que le rodean, como el sonido del mar, el viento, la temperatura o la radio de su padre”, explica. Ellos, en cambio, están en un estado de atención dividida mucho más superficial, añade la experta: una capacidad que los adultos desarrollamos para desenvolvernos con soltura en múltiples contextos cotidianos, pero que, según la neurociencia, tiene un coste. “Para el niño, esa forma de mirar el mundo activa una intensa comunicación entre distintas redes cerebrales”, explica. No solo le permitirá reconocer las hormigas cuando vuelva a verlas, sino relacionarlas con otros insectos y con nuevos elementos que irá descubriendo. “Es un sistema maravilloso y tremendamente enriquecedor para la capacidad de aprendizaje, la conciencia y la memoria”.