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  • Artículos de opinión (Op-ed)

Trauma y apego: ¿la vuelta del psicoanálisis?

  • 06/06/2026
  • David Aparicio

El País publicó esta semana un artículo que entrevistó a diversos especialistas en psicología, incluidos varios conocidos en las terapias contextuales, para desmontar el uso del trauma y el apego como explicación de los problemas psicológicos:

Son dos ideas al alza en las consultas de los psicólogos. Un filón para captar lectores en los libros de autoayuda. La fuente de la que beben cientos de investigaciones. Y un ámbito manoseado hasta el delirio en redes sociales, donde brotan miles de entradas en las que ambas nociones se estiran a discreción y con absoluto descaro (incluso osadía diagnóstica), según estime el youtuber o tiktoker de turno.

Trauma y apego. Apego y trauma. Estilos de apego que derivan en traumas. Vivencias traumáticas difíciles de procesar por un apego no seguro. El huevo y la gallina. Círculos viciosos operando desde los rincones de la psique. Bucles que, se nos insiste, hay que desentrañar si queremos sentirnos mejor. Juntos o por separado, con sus fieles y detractores, ambos conceptos simbolizan una tendencia que se consolida en salud mental: mirar hacia atrás para sanar el ahora.

En principio estaría de acuerdo con este artículo, porque ayuda a desmontar las explicaciones pseudocientíficas que circulan sobre la salud mental. Pero en este caso creo que tiene algunos problemas importantes.

El problema no es lo que dicen, es cómo lo dicen

El primero es que estos artículos pueden dejar al lector más desconcertado de lo que estaba. Muchas de las respuestas de los especialistas tienen un tono académico que no le permite a la persona entender por qué la teoría del apego o del trauma no le sirve para hacer los cambios que necesita en su vida. Se acumula jerga técnica en un diario que, como El País, está dirigido a la población general y no a clínicos especializados. El lector que llegó preguntándose si su problema viene de la relación con su madre se va con la sensación difusa de que «eso está mal», pero sin nada claro con qué reemplazarlo.

De todas las respuestas, solo una me parece realmente clara:

«Uno sufre en el presente. Empeñarnos en explicar ese dolor en lo remoto nos hace perder de vista las causas que mantienen el sufrimiento y sobre las que podríamos trabajar de manera mucho más eficaz».

Ahí está, en una sola frase, lo que el resto del artículo intenta transmitir. Y vale la pena desarrollarlo, porque es justamente el punto que se pierde entre tanta erudición.

Por qué el apego y el trauma se volvieron explicaciones tan populares

La teoría del apego y el trauma se han convertido en explicaciones fáciles de comprender para la gente que no es psicóloga. Es cómodo decir que tu comportamiento se debe al estilo de apego que tuviste con tu madre o tus cuidadores. Y, dentro de todo, no están del todo equivocados: eso es parte de tu historia de aprendizaje, es uno de los factores que dieron forma a los repertorios que hoy tienes.

Pero una cosa es reconocer que esos eventos participaron en cómo aprendiste a comportarte, y otra muy distinta es afirmar que esos eventos son los que están manteniendo tu comportamiento en el presente. Esa diferencia, que parece sutil, lo cambia todo. Tu infancia te enseñó muchas cosas; no te las está enseñando ahora mismo, cada mañana, cuando evitas una conversación difícil o cuando respondes con ansiedad ante algo que podrías manejar de otro modo. Lo que mantiene esas conductas hoy son las contingencias actuales: lo que ocurre antes y después de que aparezcan, en tu vida real y presente.

Lo mismo ocurre con el trauma. El trauma es un término psicológico que designa algo real y serio: las respuestas de un organismo ante un evento que desbordó sus recursos para afrontarlo, con consecuencias que pueden ser profundas y duraderas. Existe el trastorno de estrés postraumático, existen las secuelas de la violencia, del abuso, de la guerra. No se trata de negar nada de eso. El problema aparece cuando el término se estira tanto que termina nombrando cualquier experiencia incómoda del pasado, y cuando se usa no para describir lo que pasó, sino para explicar —de forma automática y definitiva— todo lo que la persona hace hoy.

El giro que cambia el trabajo terapéutico

Y aquí es donde quiero ser claro, porque no quiero caer en el mismo error que critico. Que un paciente llegue a consulta convencido de que tiene un trauma o un estilo de apego inseguro no es, en sí mismo, un gran problema. El profesional puede trabajar con eso. De hecho, sí podemos explorar el pasado: la historia de aprendizaje de una persona es información valiosa, nos ayuda a entender cómo se formaron ciertos patrones, qué situaciones los activan, qué función cumplen.

La diferencia está en para qué exploramos ese pasado. No lo hacemos para encontrar la causa oculta que, una vez descubierta, lo resolverá todo. Lo hacemos para entender el aprendizaje y luego volver al presente, que es donde efectivamente podemos intervenir. Porque el pasado no se puede cambiar; las condiciones que mantienen el sufrimiento hoy, sí.

Cuando la explicación se vuelve la jaula

Hay todavía un matiz que conviene no perder: las explicaciones que damos sobre nuestro pasado pueden condicionarnos e incluso impedirnos cambiar. Pero el mecanismo no es el que la versión popular imagina. No es que el evento de la infancia siga actuando como una causa subterránea que tira de nosotros desde las profundidades. Es que la explicación que construimos: soy así por mi apego», «no puedo por mi trauma”, se convierte ella misma en una variable que gobierna lo que hacemos después.

Como ha señalado Fabián Maero, una explicación no es un reporte neutral de lo que pasó, sino una construcción que mira hacia el futuro: señala por dónde seguir y, al mismo tiempo, clausura las acciones alternativas posibles. «Evito las reuniones sociales porque soy tímido» no describe simplemente un hecho; instala un contexto que, tomado en serio, bloquea otras formas de responder ante esa clase de situaciones. Lo mismo ocurre con «no me puedo comprometer por mi estilo de apego» o «no puedo confiar por mi trauma». La frase no es la causa de la conducta, pero, una vez que la persona la cree, empieza a funcionar como si lo fuera.

Por eso desmontar esas explicaciones en consulta no es un capricho academicista ni una manera de quitarle importancia a lo que la persona vivió. Es justamente lo que vuelve a abrir el horizonte que la explicación había cerrado. El problema nunca fue que el paciente llegara hablando de trauma o de apego; el problema sería dejar intacta una narrativa que, sin que nadie se dé cuenta, le está cerrando la puerta al cambio.

Lo que faltó decir

Creo que el artículo perdió una oportunidad para ayudar a los lectores a entender por qué el las explicaciones basadas en trauma y apego están sobrevaloradas o confunden correlación con causalidad. Hay que explicarle algo mucho más útil y más esperanzador: que entender de dónde viene tu malestar no es lo mismo que resolverlo, y que el lugar donde puedes hacer cambios reales no está en una infancia que ya no existe, sino en la vida que estás viviendo ahora.

Las ideas sobre las explicaciones como contexto para el futuro están desarrolladas con mucha más profundidad en el artículo «Las razones no son causas«, de Fabián Maero, publicado en Grupo ACT y republicado en Psyciencia.

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David Aparicio

Editor general y cofundador de Psyciencia.com. Me especializo en la atención clínica de adultos con problemas de depresión, ansiedad y desregulación emocional.

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