Para nadie es novedad el aumento de la agresividad en casi todos lo ámbitos de nuestra vida diaria, cómo nuestra sociedad ha ido aumentando tanto las revoluciones que la velocidad ya no es el único resultado, sino que se hace “necesario” un estilo de respuesta al choque, confrontativo, agresivo. Ya no basta con mantenerse a salvo de las consecuencias de romper las reglas, sino que se busca asegurarse al respecto acusando al que las rompe. El ámbito donde más fácilmente se observa esta, llámese, evolución es en las calles, donde los conductores ya no sólo responden a situaciones especiales de manera agresiva, ahora básicamente todo el momento que están tras el volante expresan agresividad a todo su entorno.

Dario Maestripieri nos cuenta, en su artículo publicado en Psychology Today, que ha tenido la oportunidad de ver congestiones de tráfico y conductores agresivos alrededor del mundo y más de una vez ha advertido que si dos vehículos llegan a una esquina a la vez, uno de los conductores toca la bocina tratando de “ganar la posición», como esperando que ese tocar de bocina desoriente o intimide al otro conductor para poder ganar un par de segundos que le permitan llegar y atravesar la esquina antes que el otro. Si lo miramos desde el punto de vista evolucionista, el tocar la bocina es un acto egoísta pues beneficia sólo a quien toca la bocina y perjudica al o a los otros, esta conducta egoísta no es un misterio para los biólogos evolutivos, pues mantienen que puede haber evolucionado fácilmente por selección natural o por el proceso análogo de evolución

Para detener las tendencias egoístas de los conductores y eliminar el ruido, en algunos países se optó por convertir en ilegal el tocar la bocina, a menos que esto sea justificado por una emergencia, claro está que esto depende de la rigidez de las leyes. Recibir una multa por tocar bocina convierte dicha conducta en un comportamiento caro para el poco beneficio que trae, en varios países, sobre todo de Europa, se ha hecho muy raro escuchar bocinas en las calles. Pero hay una conducta más llamativa que Maestripieri describe sobre las calles de California, Estados Unidos, dónde, cuando un conductor ignora una señal de pare o un semáforo en rojo recibe bocinazos de otros conductores, aún cuando estos no hayan estado en peligro por esta acción, más bien, estos conductores se arriesgan a ser multados por tocar la bocina simplemente para aumentar las posibilidades de que, aquel conductor que infringió la ley al ignorar la señal de alto, reciba la multa mayor correspondiente. Evolutivamente, las conductas que conllevan un costo para el afectado y para quien la realiza dejan de ser egoístas: son malévolas.

Acusar a alguien de infringir la ley aún cuando signifique infringir otra ley yo mismo, con tal que el otro salga más perjudicado que yo es una actitud malévola.

La conducta social malévola puede evolucionar por selección natural [personalmente no creo en esta teoría] si el costo impuesto para quien recibe es mayor que el costo que sufrirá el que actúa, por ejemplo, si mi enemigo y yo tuviéramos tres hijos cada uno, y para asesinar a sus tres hijos fuera necesario sacrificar a dos de los míos, esa conducta malévola podría salvarse a través de las generaciones pues aquel hijo que sobrevivió traspasará esos genes, que me permitieron tomar la decisión de sacrificar dos de mi hijos, a las siguientes generaciones. De la misma manera, si esa multa que recibe el infractor de la señal de pare es más cara de la que que podrían recibir los otros conductores por tocar la bocina, entonces la conducta malévola de tocar la bocina puede prosperar. Claro que la historia no termina aquí, pues los conductores que tocan la bocina también quieren cargar con una mala imagen al conductor que faltó al signo pare, la imagen de alguien que no sabe respetar las reglas y, esta reputación de ser un tramposo o transgresor, puede ser mucho más dañina que una multa por no respetar un signo de alto.

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Tocar la bocina a conductores que rompen las reglas es un ejemplo de lo que Robert Trives, biólogo evolutivo, llama agresión moralista. Respetar las reglas del tránsito es un contrato social cooperativo entre las personas, nada distinto de los contratos sociales que hacen la gente pague sus impuestos, no le roben a sus empleadores ni engañen a sus esposas, así, adherir a estos contratos sociales requiere refrenar las tendencias egoístas de cada uno, pero este beneficio por lo general se ve compensado por los beneficios que se ganan si todos jugamos según las reglas, sin embargo, cualquier individuo que engaña y se aprovecha del sistema puede beneficiarse mucho mientras incrementa el costo de los sacrificios para todos los demás, por eso los que cooperan, forman parte de este juego social, debe exponer inmediatamente al que se aprovecha del sistema, dándole una mala reputación y tratando de excluirlo de dicho juego.

Destruir la reputación de alguien logra mejor los objetivos de la conducta malévola.

Dada la magnitud del daño que un aprovechador puede causar a la comunidad de “cooperadores”, las personas comprometidas con una agresión moralista están dispuestas a hacerla aún a un costo para ellas mismas, por lo tanto aparentemente la conducta malévola evoluciona. Como ejemplo, algunas esposas engañadas por sus esposos han pagado sumas exorbitantes de dinero para poner los nombres de sus esposos engañadores en tableros dispuestos en importantes zonas urbanas con la sencilla intención de hacer famosa su mala reputación y asegurarse así que ninguna mujer se relacione con ellos en el futuro.

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Mientras más altos son los porcentajes de gente que se suscribe a un contrato social en una comunidad en particular, más alta es la intensidad de la agresión moralista contra los transgresores, de hecho, en los lugares donde casi todos son “cooperadores” (por ejemplo en las calles de California), el contrato social es muy valioso y debe ser protegido a todo costo. Mientras que en comunidades donde el contrato es débil, la agresión moralista también lo es, como en las calles de Roma, nadie le toca la bocina a alguien que no se detiene en un signo de pare porque muchos lo hacen, un romano sabe que las reglas existen pero cree que son los otros que deben cumplirlas, casi como en Chile y Argentina.

Las calles son un buen ejemplo de los cambios actitudinales y permiten observar el cómo evolucionan las sociedades. También son el “caldo de cultivo” de nuevas conductas, sobre todo agresivas, debido a las grandes congestiones que se producen hoy en día en todas las ciudades grandes y medianas alrededor del mundo, pero, estas conductas no son exclusivas de las calles y se observan en distintas situaciones haciéndose más comunes, tan comunes que hoy pueden observarse en las escuelas y hasta en los jardines de niños, esto nos plantea la gran duda, ¿estamos conformes con cómo evoluciona nuestra sociedad? ¿Qué debiéramos hacer como profesionales de la salud mental para ayudar a este respecto? ¿Es un mal necesario la conducta malévola en nuestra sociedad?

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Psicólogo y Licenciado en Psicología. Experiencia en el ámbito comunitario, clínico y organizacional, en el sector privado y en el sector público; trabajo con niños en contextos vulnerables, adultos que ejercen o han ejercido violencia y personas con discapacidad intelectual. Bombero, rescatista urbano (en desastres) y especialización informal en Psicología de la Emergencia y Primeros Auxilios Psicológicos. Músico y escritor frustrado.

1 COMENTARIO

  1. El artículo está bastante bien, lo que no comparto de ninguna manera es ponerle el nombre de «comportamiento malévolo» al de quien se expone a sufrir un perjuicio por el bien común; más bien diría que se trata de un «comportamiento benévolo».

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