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  • Ciencia

Interactuar con tu perro o tu gato no amortigua el estrés

  • 24/06/2026
  • David Aparicio

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Tener una mascota se asocia popularmente con sentirse mejor, más tranquilo, menos solo. La idea de que los animales de compañía funcionan como un colchón emocional ante el estrés es tan intuitiva que rara vez se cuestiona. Sin embargo, la evidencia científica es mucho más heterogénea de lo que sugiere ese relato. Un nuevo estudio publicado en Frontiers in Psychology aporta datos de la vida cotidiana que matizan bastante esa imagen.

Qué se investigó

Peeters y colegas (2026) reclutaron a 188 dueños de perros y gatos en Países Bajos y Bélgica para un estudio de evaluación momentánea ecológica (EMA por sus siglas en inglés). Durante cinco días consecutivos, los participantes respondieron hasta diez veces por día una encuesta breve en su teléfono. Reportaban su afecto positivo y negativo, el nivel de estrés que experimentaban —tanto por eventos como por las actividades que realizaban—, y si en ese momento estaban interactuando con su mascota.

El diseño tiene una ventaja importante sobre los estudios retrospectivos: captura la experiencia tal como ocurre, sin depender de la memoria. Cada persona funcionó como su propio control, lo que reduce el efecto de diferencias individuales previas entre dueños de mascotas y no dueños.

Lo que encontraron: interactuar con la mascota mejora el afecto

El hallazgo más claro del estudio es que los momentos de mayor interacción con la mascota coincidían con mayor afecto positivo y menor afecto negativo, independientemente de si el animal era un perro o un gato. El efecto se mantuvo incluso después de controlar por edad, género y si el participante estaba solo o acompañado por otras personas.

Lo segundo relevante es que no hubo diferencias entre especies. A diferencia de lo que algunos estudios anteriores sugerían —que los perros ofrecerían mayores beneficios emocionales por su naturaleza social y afiliativa—, en este caso perros y gatos se asociaron con mejoras comparables en el estado de ánimo. Los autores proponen que probablemente los mecanismos difieran: los perros pueden aumentar el bienestar a través de la interacción activa y la respuesta social, mientras que los gatos lo harían mediante una compañía más pasiva y presencia consistente. Pero el resultado emocional en ese momento sería equivalente.

Lo que no encontraron: el efecto amortiguador del estrés

Aquí el estudio va contra la narrativa dominante. La hipótesis del amortiguamiento del estrés plantea que las mascotas reducen el impacto negativo de situaciones estresantes sobre el estado de ánimo. El estudio la puso a prueba de dos formas distintas —estrés por eventos y estrés por actividades— y en ninguna encontró evidencia de ese efecto.

Es decir: cuando la persona estaba más estresada, interactuar más con su mascota no reducía el impacto del estrés sobre el afecto. El beneficio de interactuar con la mascota parece ser directo y aditivo —te sientes mejor en ese momento—, pero no opera como un buffer ante el malestar.

Hay un matiz metodológico importante que los propios autores señalan: los análisis solo incluyeron momentos en que la mascota estaba presente. Esto significa que no compararon «mascota presente» versus «mascota ausente», sino niveles de interacción dentro de los momentos en que el animal ya estaba ahí. Es posible que el efecto amortiguador sí emerja cuando se compara la presencia de la mascota con su ausencia —algo que estudios previos del mismo grupo habían sugerido. En otras palabras, podría ser la presencia del animal, y no la interacción activa con él, lo que amortigua el estrés.

El hallazgo inesperado con los gatos

El estudio reveló un patrón específico de especie que no estaba previsto: en el caso de los gatos, mayor interacción durante momentos de estrés se asoció con más afecto negativo, no con menos. Esto no ocurrió con los perros.

Los autores proponen varias explicaciones. Una posibilidad es que las interacciones con gatos —más pasivas y de baja demanda— sean más emocionalmente salientes en contextos de estrés, amplificando la respuesta en lugar de mitigarla. Otra línea interpretativa recurre a la literatura sobre apoyo social: el apoyo que no encaja con las necesidades del momento puede empeorar las cosas, un fenómeno conocido como «deterioro del apoyo». A diferencia de los perros, cuya interacción suele implicar actividad física o compromiso social activo, el gato simplemente está ahí —lo cual puede no ser lo que una persona necesita cuando acaba de ocurrir algo estresante.

Los autores son cautelosos al respecto: el efecto fue pequeño en magnitud y requiere replicación en muestras más grandes y balanceadas.

Qué significa esto para la psicología clínica

Estos resultados tienen implicaciones para cómo entendemos el llamado «efecto mascota» y cómo lo comunicamos a pacientes y público general.

Primero, el beneficio emocional de interactuar con animales de compañía parece robusto en la vida cotidiana. No es trivial: en el contexto de EMA, los efectos pequeños pero consistentes a lo largo de múltiples momentos del día tienen relevancia clínica.

Segundo, ese beneficio probablemente no opera a través del mecanismo que más se invoca en la divulgación: el amortiguamiento del estrés. Esto no significa que las mascotas no ayuden con el estrés —sino que quizás lo hacen de una forma diferente a la que asumimos. Tal vez el mecanismo más relevante sea simplemente que la interacción con el animal eleva el afecto positivo de base, lo que de forma indirecta hace más manejables las situaciones difíciles.

Tercero, la especie importa para algunos efectos, aunque no para todos. Asumir que perros y gatos funcionan igual en todos los contextos no es sostenible. Para el afecto cotidiano general, la diferencia no parece significativa. Para la regulación del afecto bajo estrés, podría haberla —aunque en una dirección contraintuitiva para los gatos.

Finalmente, el estudio subraya la importancia de no extrapolar de hallazgos en laboratorio o de estudios transversales a la experiencia real de las personas. La EMA es un método exigente, pero es el que más se aproxima a cómo las personas viven con sus animales de compañía: de forma fragmentada, en contextos cambiantes, con niveles variables de atención e interacción.

Referencia Peeters, S., Jacobs, N., Hediger, K., Eshuis, J., & Janssens, M. (2026). Human-animal interaction: understanding the role of dog and cat interactions in emotional wellbeing. Frontiers in Psychology, 17, 1768288. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2026.1768288

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David Aparicio

Editor general y cofundador de Psyciencia.com. Me especializo en la atención clínica de adultos con problemas de depresión, ansiedad y desregulación emocional.

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