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  • Análisis y opinión

Donde antes había pecado, ahora hay mentalidad negativa

  • 20/09/2026
  • David Aparicio
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Comentario del editor: Este artículo fue publicado en The Conversation por Rafael Euba y cedido para su republicación en Psyciencia. Reproduciremos el artículo completo y luego agregaré algunas opiniones sobre la repercusión de estas ideas en la clínica.

***

La felicidad es una idea abstracta sin base biológica y sin equivalente en la experiencia humana real.

No estamos diseñados para ser felices, sino para sobrevivir y reproducirnos, como todas las demás criaturas del mundo. Una persona satisfecha no se mantendría en guardia ante las posibles amenazas para su supervivencia, así que los estados de satisfacción permanente no existen en la naturaleza.

Sin embargo, la enorme industria del pensamiento positivo, que se estima que genera 11 000 millones de dólares al año, ha ayudado a crear la fantasía de que la felicidad es una meta realista.

El derecho a la felicidad

“Vida, libertad, y búsqueda de la felicidad”.

Son los tres derechos inalienables incluidos en la Declaración de Independencia Americana. La frase proviene de la de John Locke: “Cuidadosa y constante búsqueda de la felicidad verdadera y sólida”.

El derecho a buscar la felicidad no es lo mismo que el derecho a adquirirla, pero en cualquier caso ese objetivo se convirtió en un concepto muy americano, exportado al resto de nosotros a través del vehículo de la cultura popular estadounidense.

Este “derecho inalienable” ha creado una expectativa que la vida real, por desgracia, tercamente se niega a complacer.

Los catorce días felices del Califa

Incluso cuando todas nuestras necesidades materiales y biológicas se encuentran satisfechas, un estado de felicidad sostenida sigue siendo una meta teórica y esquiva. Es lo que descubrió Abderramán III, Califa de Córdoba, en el siglo X.

Abderramán III fue uno de los hombres más poderosos de su tiempo, disfrutó de logros militares y culturales, así como de los placeres terrenales que le proporcionaban sus dos harenes. Hacia el final de su vida, decidió contar el número exacto de días en los que se sintió feliz. Ascendían a catorce.

La felicidad, como dijo el poeta brasileño Vinicius de Moraes, es “como una pluma volando en el aire. Vuela liviana, pero no por mucho tiempo”. Es algo inmaterial, para lo que la satisfacción de nuestras necesidades es un requisito necesario pero insuficiente.

Naturaleza y evolución

El hecho de que la evolución nos diera un gran lóbulo frontal en nuestro cerebro (con sus excelentes habilidades ejecutivas y analíticas), pero nos negara la habilidad natural de ser feliz, dice mucho acerca de las prioridades de la naturaleza.

También se argumenta que el que la naturaleza no haya eliminado la depresión en el proceso evolutivo a pesar de las evidentes desventajas que presenta se debe a que puede cumplir una función útil en tiempos de adversidad.

Por ejemplo, puede ayudar al deprimido a abandonar una situación en la que no puede ganar. Se ha postulado que las rumiaciones depresivas también pueden ayudar a encontrar una solución a los problemas con los que uno se encuentra en tiempos de adversidad.

Se dice a menudo que solo se puede alcanzar la felicidad a través de un estado de armonía con la naturaleza. Esto se basa en el hecho de que hemos evolucionado en un entorno natural, pero la naturaleza y la selección natural solo se atienen a imperativos aleatorios. A la naturaleza no le importa en absoluto el bienestar del individuo, solo su supervivencia.

La clave de la felicidad no se encuentra, por lo tanto, en la naturaleza.

Moralidad

La industria actual de la felicidad deriva sus valores de los códigos religiosos, que siempre atribuyen una razón moral a la infelicidad. Nos dicen que nuestra infelicidad se debe a nuestras propias carencias morales, a nuestro egoísmo y a nuestro materialismo. Abogan por un estado de virtuoso equilibrio psicológico, al que se llega a través de la renuncia, el desapego y el control del deseo.

Estas estrategias solo buscan una cura a nuestra incapacidad natural de disfrutar de la vida de forma consistente. Nuestra infelicidad no es culpa nuestra. La culpa la tiene nuestro diseño natural. Está en nuestros genes.

Los defensores de una ruta moralmente virtuosa a la felicidad también condenan los atajos químicos que ofrecen las drogas psicotrópicas. George Bernard Shaw dijo: “No tenemos más derecho a consumir felicidad sin producirla que a consumir riqueza sin producirla”.

Aparentemente hace falta ganarse el bienestar psicológico con esfuerzo, lo que prueba que no es un estado natural. Los habitantes de la novela de Aldous Huxley Un mundo feliz viven felices con la ayuda del soma, una droga que los mantiene dóciles y contentos.

En su novela, Huxley da a entender que un ser humano libre debe inevitablemente sentirse atormentado por emociones difíciles. Si nos dan la opción entre tormento emocional y placidez feliz, sospecho que muchos elegirían la última. El soma no existe, por tanto el problema no es que el acceso a un estado de satisfacción constante por medios químicos sea inmoral, sino que es imposible.

Las sustancias químicas alteran la mente (lo que a veces puede ser bueno) pero, dado que la felicidad no está vinculada a un patrón particular de función cerebral, no podemos replicarla químicamente.

La infelicidad que te hace humano

Nuestras emociones son mixtas e impuras, desordenadas, enredadas y, a veces, contradictorias. Ciertos estudios han mostrado que las emociones y los afectos positivos y negativos pueden coexistir en el cerebro y ser relativamente independientes el uno del otro.

Este modelo muestra que el hemisferio derecho procesa sobre todo las emociones negativas, mientras que las positivas son procesadas por el lado izquierdo.

Sobrevivir y reproducirse son tareas difíciles, así que debemos estar preparados para luchar y esforzarnos, buscar gratificación y seguridad, combatir amenazas y evitar el dolor.

El modelo de emociones encontradas, basado en la coexistencia del placer y el dolor, se acomoda a nuestra realidad mucho mejor que la dicha inalcanzable que nos quiere vender la industria de la felicidad. Además, el pretender que el dolor sea algo anormal o patológico, algo evitable para quienes saben cómo hacerlo, solo generará en el resto de nosotros sentimientos de fracaso y frustración.

Negar la existencia de la felicidad puede parecer un mensaje negativo, pero el consuelo reside en saber que las emociones negativas no representan un fracaso personal. La tristeza intermitente no es un defecto que exija una reparación urgente, como pregonan los gurús de la felicidad. Al contrario, esa tristeza es lo que te hace humano.

Comentarios

Disfruté mucho el artículo de Rafael Euba. Es ligero, accesible para el público general y compatible con la filosofía que sostiene a las terapias contextuales.

Uno de los primeros principios de estas terapias, y de ACT en particular, es la ubicuidad del sufrimiento. Dicho de otro modo: sufrir no es la excepción, es parte del paquete de estar vivo. Y una de las principales fuentes de sufrimiento es justamente la creencia de que deberíamos estar bien, y de que la ansiedad o la depresión son patológicas en sí mismas, o que su intensidad es anormal.

Es como si estuviera mal sentirme mal porque perdí el trabajo, porque se terminó una relación o porque murió alguien de mi familia. Tenemos instalada la idea de que corresponde sentirnos plenos y completos, y cuando eso no ocurre buscamos ayuda para eliminar lo que sentimos. Por eso en terapia no trabajamos para evitar el malestar ni para borrarlo, sino para construir o retomar una vida que valga la pena a pesar de esas sensaciones.

La depresión y la ansiedad, aun siendo incómodas y dolorosas, cumplen una función. Son como la alarma del GPS que avisa que nos desviamos del destino. Una alarma molesta, sí, pero necesaria.

Si eres psicólogo clínico, nada de esto te resulta nuevo. Vale la pena mencionarlo igual. Lo que más me llamó la atención fue el tema de la moralidad.

La industria actual de la felicidad deriva sus valores de los códigos religiosos, que siempre atribuyen una razón moral a la infelicidad. Nos dicen que nuestra infelicidad se debe a nuestras propias carencias morales, a nuestro egoísmo y a nuestro materialismo. Abogan por un estado de virtuoso equilibrio psicológico, al que se llega a través de la renuncia, el desapego y el control del deseo.

Esta es la parte más filosa del artículo, y describe algo que seguramente la mayoría de los clínicos ven. Llegan personas convencidas de que están deprimidas porque son desagradecidas, porque lo tienen todo y no lo valoran, porque no ponen de su parte. Otras creen que su ansiedad viene de ser demasiado materialistas, o de no meditar lo suficiente. La culpa moral se monta encima del malestar original y arma una segunda capa de sufrimiento: ya no solo estás mal, además eres responsable de estarlo.

El mercado del bienestar reproduce esa misma estructura, pero con vocabulario secular. Donde antes había pecado ahora hay mentalidad negativa. Donde había penitencia hay rutinas de gratitud, disciplina matutina, ayuno de pantallas. La promesa no cambió: si haces lo correcto, mereces sentirte bien. Y el corolario tampoco: si te sientes mal, algo estás haciendo mal.

Acá quiero hacer una precisión que el artículo no hace, porque en la clínica importa. Euba mete en la misma bolsa la renuncia, el desapego y el control del deseo. Las terapias contextuales toman prestadas prácticas que en la superficie se parecen a eso, mindfulness entre ellas, pero cumplen una función distinta. En ACT no buscamos desear menos ni alcanzar un equilibrio virtuoso. Buscamos que el malestar deje de dictar hacia dónde vas. La diferencia no está en la forma de la práctica sino en para qué se usa. Y es una distinción que se pierde fácil: mindfulness mal enseñado se convierte en una herramienta más de control emocional, que es exactamente la trampa que el artículo denuncia, solo que con ropa nueva.

También le haría un reparo al cierre de Euba. Decir que la culpa la tienen los genes reemplaza un determinismo por otro. El bienestar subjetivo responde a la biología, sí, pero también al contexto, a las condiciones de vida y a lo que uno hace con su tiempo. Si el mensaje es que no hay nada que hacer porque viene de fábrica, desarmamos la culpa moral pero también la agencia. Aun así el punto de fondo se sostiene, y es el que me interesa rescatar: no hay deuda moral que pagar por sentirse mal.

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David Aparicio

Editor general y cofundador de Psyciencia.com. Me especializo en la atención clínica de adultos con problemas de depresión, ansiedad y desregulación emocional.

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