Lo que Pilar Sordo y José Luis Marín confunden sobre el lenguaje y el malestar psicológico
Ayer leí esta entrevista en el diario La Nación a la conocida psicóloga Pilar Sordo:
Según Sordo, las personas usan menos vocabulario al hablar, un fenómeno reduce la capacidad para expresar lo que sucede en el interior de cada sujeto. Sordo citó al psiquiatra español José Luis Marín para explicar que el ser humano se enferma por falta de palabras, ya que el intercambio de lenguaje por emoticones, por ejemplo, afecta la profundidad de los vínculos.
Encontré el comentario del psiquiatra José Luis Marín y puedes verlo aquí.
Quiero comentar algunas cosas que refutan sus ideas, porque creo que esas explicaciones simplifican una relación que en realidad es transaccional y no causal.
Terapeutas de la comunidad Pro
95 colegas ya están en el directorio
Si eres miembro Pro, tu perfil aparece aquí sin costo adicional y te encuentran quienes buscan atención.
Ver los 95 perfilesEs cierto que la granularidad emocional (la capacidad de discriminar y etiquetar con precisión los propios estados internos, eso que hacemos mucho en terapia) se asocia con mejor regulación afectiva. Está bien documentado desde hace años en el trabajo de la renombrada Lisa Feldman Barrett y otros.
El problema está en el salto que hacen después: de ahí no se sigue que la falta de vocabulario enferme. Alguien puede tener un repertorio verbal amplísimo y seguir profundamente fusionado con su discurso interno, rígido en sus reglas, evitativo con su malestar. Y alguien con un vocabulario más limitado puede tener una relación flexible y sana con lo que le pasa. Lo que predice sufrimiento no es cuántas palabras conoce una persona ni cuántos emojis usa, como plantea Sordo, sino la función que ese lenguaje cumple para ella: si lo usa para contactar y discriminar su experiencia, o para fusionarse con ella, evitarla o juzgarla.
De hecho, la relación probablemente va al revés de lo que plantea Marín. Algo parecido se observa en la depresión con lo que se conoce como memoria autobiográfica sobregeneral: cuando se le pide a una persona con depresión que recuerde un momento específico de su vida, tiende a responder con recuerdos genéricos («cuando estaba en el colegio», «cuando salía con mis amigos») en vez de un episodio puntual y detallado. Esos recuerdos específicos no se perdieron; acceder a ellos implica acercarse a contenido afectivo doloroso, y su patrón de aprendizaje corta la búsqueda en un nivel genérico antes de llegar al detalle, como forma automática de evitar ese contacto.
Con el vocabulario emocional puede estar pasando algo equivalente. Cuando alguien lleva tiempo evitando ciertos estados internos, deja de practicar la discriminación fina de esos estados, y el vocabulario para nombrarlos se empobrece como consecuencia de esa evitación, no como su causa. A la persona no le faltan las palabras; lo que bloquea el acceso al detalle es evitar el contacto con aquello que esas palabras describirían, igual que en la memoria autobiográfica.
Si la falta de vocabulario fuera la causa del malestar, la solución sería trivial: enseñarle a la gente más palabras. Pero nadie que trabaje en terapia cree que un cliente mejora porque aprendió sinónimos nuevos para «triste» o «ansioso». Mejora cuando puede acercarse a lo que esas palabras señalan y aprender habilidades para relacionarse distinto con eso, no solo cuando amplía el diccionario.
Esto además contradice directamente el ejemplo que usa Sordo: el reemplazo del lenguaje por emoticones como evidencia de empobrecimiento. Un emoji no es ausencia de lenguaje, es otro sistema de símbolos con su propia función comunicativa. Cumple el mismo rol que un adjetivo o un tono de voz: matiza, agrega registro emocional, marca ironía, suaviza un mensaje directo. Un «está bien 😅» no comunica lo mismo que un «está bien» a secas, y esa diferencia la aporta el emoji, no el vocabulario verbal que lo acompaña. Desde una perspectiva relacional, lo que importa es la función del estímulo, no su forma. Si el emoji cumple la función de especificar, matizar o transformar el significado del enunciado, es lenguaje en sentido funcional, aunque no sea una palabra.
Hay un segundo problema, más específico a la personas que Sordo parece tener en mente. Marín sostiene que a las personas le falta vocabulario y que no hablan de su malestar. Lo que se ve en consulta, y en cualquier feed de redes, es prácticamente lo contrario: es probablemente la generación que más habla de lo que le pasa por dentro, con mayor exposición a lenguaje clínico y psicoeducativo de la historia, gracias a las redes, la terapia y el contenido sobre salud mental que circula todo el tiempo. Generan constantemente categorías nuevas y bastante precisas para estados que antes ni se nombraban en la consulta tradicional: «cringe» para la vergüenza ajena, «no tengo el mood» para la falta de energía o motivación, «estoy en shutdown» para el cierre emocional ante el estrés.
Lo que aumentó es el malestar reportado, no el silencio sobre él. Mi hipótesis, más consistente con lo que plantea la ciencia contextual, va casi en sentido opuesto a la de Marín: parte del problema es un exceso de vocabulario clínico usado de forma fusionada, etiquetas diagnósticas tomadas de internet y aplicadas como si fueran explicaciones causales de la propia conducta («esto es un trigger», «tengo apego ansioso») en vez de herramientas flexibles para discriminar la experiencia.
Confundir «habla distinto de su malestar» con «no habla de su malestar» dice más sobre la distancia generacional del clínico que sobre la salud mental de quien escucha.
Entiendo que a veces los especialistas simplifican sus declaraciones pensando en las redes, pero eso termina confundiendo más a la población y alimenta un sesgo hacia las generaciones actuales y más modernas: el clásico prejuicio de que ya no usan palabras.