¿Quién desconoce, hoy por hoy, lo que significan los términos bulimia y anorexia? ¿Quién no conoce, en la familia, en el trabajo o en la escuela, a alguien que sufra este tipo de trastorno? ¿Quién no se ha preocupado al ver a alguien de su entorno cuidarse demasiado con la comida o someterse a una dieta muy restrictiva? Desgraciadamente los problemas alimentarios son muy frecuentes y afectan a personas de todas las edades y clases sociales.

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Ahora bien, para el tratamiento y la consiguiente recuperación de los pacientes, es fundamental “entender” de qué hablamos cuando hablamos de trastornos alimentarios y abarcarlos en todas sus dimensiones y variables.

¿Qué son los trastornos alimentarios?

Un trastorno alimentario es un conjunto interrelacionado de hábitos alimentarios, prácticas de control de peso, actitudes hacia la comida, el peso y la forma corporal y desbalances fisiológicos que se vuelven desordenados y generan una serie de consecuencias en diversas áreas del funcionamiento individual, familiar y social. Estas consecuencias no se limitan a la afectación de la alimentación y la salud física; la persona que lo padece comienza a ver invadido su universo mental e inexorablemente la va conduciendo al fracaso en el cumplimiento de sus responsabilidades laborales, académicas, familiares, etc. Una situación de intenso malestar y sufrimiento psíquico se va generando. La excesiva preocupación en ellos mismos, centrada en su peso y en su alimentación, los condena a padecer, a aislarse de sus seres queridos y, de esta manera, a perpetuar el trastorno.

¿Por qué ocurren los trastornos alimentarios?

Encontrar un modelo explicativo para este tipo de trastornos que de cuenta de la multiplicidad de factores involucrados no es una tarea sencilla. Lo que sí se muestra de manera evidente es que los modelos explicativos únicos, que se centran en aspectos particulares, han resultado ser ineficaces. Por el contrario, los modelos múltiples, que toman en consideración lo biológico, lo psicológico y lo social, están en mejores condiciones de abarcar la complejidad de los procesos que subyacen a la patología alimentaria.

Actualmente se acepta un origen multicausal para los trastornos de la alimentación: los factores individuales (genética, temperamento, sucesos traumáticos, etc.), los factores familiares (historia familiar, estilos de comunicación, familiar con trastorno alimentario, etc.)y los socioculturales (mensajes publicitarios, grupos de amigos, entorno laboral relacionado a la exigencia estética, etc.) interactúan como:

  • Factores predisponentes: dan cuenta de cierta vulnerabilidad y explican de qué enferman las personas.
  • Factores desencadenantes: pueden ser definidos como cualquier evento vital o circunstancia que ocurre en la vida de un individuo y que tienen el potencial de alterar su estado mental o su salud física.
  • Factores de mantenimiento: son los que perpetúan la patología, los que explican por cuánto tiempo enferman las personas.

¿Podemos prevenir un trastorno alimentario?

El gran desafío es avanzar en la posibilidad de detectar tempranamente signos que puedan ser síntomas de un futuro trastorno alimentario.

Algunos de estos signos son:

  • Excesiva preocupación por la imagen corporal
  • Aparición de interés por realizar dietas
  • Cambios de conducta respecto del tamaño de las porciones ingeridas
  • Evitar los alimentos que antes disfrutaba
  • Evitación de alimentos calóricos
  • Selectividad exagerada en los alimentos
  • Preocupación respecto de la opinión externa
  • Vómitos frecuentes

Todos estos signos pueden ser la advertencia del inicio de un problema con la alimentación.

Recibir ayuda a temprana edad es la clave para una evolución favorable y eficaz. También la importancia de considerar que cuanto más tempranamente comienza el proceso y no es adecuadamente tratado, las secuelas pueden ser mayores.

¿Qué tipo de tratamiento se recomienda para los trastornos alimentarios?

El tratamiento de estas patologías implica el despliegue de una gran diversidad de abordajes y técnicas. La multiplicidad de factores implicados requiere de una perspectiva integradora para poder abarcar al trastorno en toda su complejidad. Para esto, es indispensable un equipo multidisciplinario. Aún en los casos más leves, la intervención psicológica individual no es suficiente, siendo necesario algún tipo de evaluación y seguimiento médico-nutricional. Por otra parte, en los casos más severos, el nivel de demanda y de presión que se ejerce sobre el equipo terapéutico es de gran magnitud y resulta muy difícil si el profesional trabaja aisladamente.

Dada la complejidad inherente a estos trastornos, el tratamiento se divide en tres fases, cada una de las cuales tiene objetivos específicos. El propósito de la primera etapa es alcanzar un cambio o mejoría en los síntomas, mejorar el estado de nutrición y disminuir o controlar las conductas alimentarias alteradas. La siguiente etapa comienza cuando los objetivos de la primera se han alcanzado y su objetivo es trabajar con el pacientes los “grandes temas” que sostienen a la patología (dificultades en la expresión de sentimientos, en el afrontamiento de sensaciones y situaciones negativas, temas vinculados a las baja autoestima y a la seguridad en uno mismo, etc.). Por último, la tercer fase es la destinada a mantener los cambios logrados durante el tratamiento y prevenir las recaídas.

Es importante destacar el papel fundamental de la familia en el tratamiento de los pacientes con estas problemáticas. Los profesionales a cargo del tratamiento deben explicar a las familias qué es lo que le está pasando al paciente y cuál es la mejor manera de ayudarlo, generar un ambiente de contención y colaboración y, si es necesario, intervenir en los factores familiares que están actuando como agentes de mantenimiento de la enfermedad.

Referencias:

Fernández-Álvarez y R. Opazo (comps.). La Integración en Psicoterapia. Manual práctico. Paidós, Barcelona.

Kirszman, D. y Salgueiro, MC.  El enemigo en el espejo. De la insatisfacción corporal al trastorno alimentario. Tea Ediciones, Madrid

Striegel-Moore and Cynthia M. Bulik.  Risk Factors for Eating Disorders. American Psychologist. Vol. 62, Nº 3, 181-198

Fairburn, C.G. y Cooper, Z. (2011). Eating Disorders: DSM-5 and Clinical Reality. British Journal of Psychiatry, 198, 8-10.

Fairburn, C.G., Cooper, Z., Doll, H.A., O’Conner, M.E., Bohn, K., Hawker, D.M., Wales, J.A. y Palmer,, R.L. (2009). Transdiagnostic cognitive-behavior therapy for patients with eating disorders: A two-site trial with a 60-week follow up. American Journal of Psychiatry, 166, 311–319.

Guadalupe, E., Reyes-Rodríguez, M.L., y Bulik C.M. (2011). Exploratory study of the role of family in the treatment of eating disorders among Puerto Ricans. Revista Puertorriqueña de Psicología, 22, 1-26.

 

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Mariana Prelas

Psicóloga egresada de la Universidad Nacional de Rosario . UNR
Psicóloga clínica de niños y adolescentes. Docente del Curso anual de Terapia cognitiva con niños y adolescentes ( Altue- Terapia Cognitiva) y del Curso anual de Trastornos de la conducta alimentaria ( Altue- Terapia Cognitiva)
Posgrado en Psicoterapia Cognitiva Integrativa. Fundación Aiglé
Magister en Trastornos de la conducta alimentaria, trastornos de personalidad y del estado de ánimo. Univeridad de Valencia España.
Coordinadora del área de Trastornos de conducta alimentaria y de Niños y familia de Altue Terapia Cognitiva- Rosario.
Miembro certificada de la Asociación Argentina de Terapia Cognitiva . AATC
Miembro de la Academy for eating disorders. AED

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