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María Paredes escribió un muy buen ensayo sobre el silencio en el diario El País, que explica por qué nos molesta tanto el silencio; cómo es interpretado en otras culturas y cómo genera emociones:
Nuestro afán por hablar (hasta cuando no es necesario) nos ha alejado tanto de silencio que nos ha llevado a un punto en el que hemos llegado a temerle. El Homo agitatus —término con el que nos define Jorge Freire, filósofo y autor de Agitación, por esa ansia constante por vivir cosas novedosas— “tiene pavor al silencio”. El filósofo culpa a la sociedad de la información, que nos tiene constantemente conectados a algo. “Si estás permanentemente asediado por un sinfín de estímulos, no puedes pensar en serio”, dice. Y lanza una recomendación: “Ante la promoción del bullicio constante —que siempre lleva a la idiotización— no hay mayor desacato que mantenerse quieto y en silencio”.
Y también explica cómo el silencio es signo de una buena relación:
Pero callar cuando el silencio produce pánico e incomodidad se torna complicado, tanto que mejorar esta relación con la aparente nada es trabajo de expertos. “Algunas personas creen que tener buenas relaciones implica estar constantemente hablando y saber lo que piensa el otro. Sin embargo, resulta muy positivo poder estar juntos, relajados y sin necesidad de decir algo en todo momento. De hecho, una buena relación es aquella en la que se producen espacios de silencio y aburrimiento sin que los miembros cuestionen la calidad de la misma”, apunta María José Catalina, psicóloga sanitaria. Así, el silencio se convierte en un termómetro de la confianza y la intimidad: cuando estamos a gusto, nos abandonamos placenteramente a él; cuando no, surgen esos que denominamos como incómodos.
Matt Apuzzo, Selam Gebrekidan y Apoorva Mandavilli, escribieron un buen artículo en The New York Times que nos ayuda a entender cuál es la situación actual de la mutación del COVID-19:
Como es natural en todos los virus, el coronavirus ha evolucionado a medida que ha recorrido el mundo. Pero los especialistas se han sorprendido por la velocidad con la que han surgido nuevas variantes significativas, lo que hace más importante la competencia entre lo mejor que tiene el mundo para defenderse —vacunación, confinamientos y distanciamiento social— y un enemigo sumamente agresivo que está en constante cambio.
La nueva variante que afecta al Reino Unido ya ha sido encontrada en cerca de 45 países, desde Singapur hasta Jamaica, pasando por Omán, pero muchos países actúan a ciegas y no tienen idea de cuán grave puede ser el problema.
Mucho antes de que llegara la pandemia, las autoridades de salud pública habían hecho llamados para que se practicaran controles genéticos de rutina de los brotes. Pero, pese a las advertencias de tantos años, muchos países —incluyendo Estados Unidos— solo realizan una parte pequeña de los estudios genómicos necesarios para determinar cuán frecuentes son las mutaciones de los virus.
Y añaden:
Las variantes que han aparecido en Sudáfrica y Brasil son una amenaza especial para los trabajos de inmunización porque ambas tienen una mutación vinculada con una disminución de la eficacia de las vacunas. En un experimento diseñado para identificar el peor escenario, el equipo de Bloom analizó 4000 mutaciones para saber cuáles harían inútiles a las vacunas. Las mutaciones de las variantes de Brasil y Sudáfrica tuvieron el mayor impacto.
Sin embargo, independientemente de la mutación, todas las muestras de suero del estudio neutralizaron el virus, señaló Bloom, y añadió que pasarían algunos años antes de tener que adaptar las vacunas.
“Habrá mucho tiempo para anticiparnos, identificar estas mutaciones y tal vez actualizar las vacunas de manera oportuna”, afirmó.
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