Adolescencia / Shutterstock

Dan Romer ha estudiado la conducta adolescente de riesgo durante más de 25 años y se sintió intrigado al ver que muchos neurocientíficos comenzaban a hacer generalizaciones sobre los adolescentes basados solo en estudios transversales de la estructura cerebral, cuyos resultados parecían especulativos. Su investigación longitudinal revelaba que la búsqueda de sensaciones era responsable de la propensión de los adolescentes al riesgo y estaba positivamente asociada al desarrollo cognitivo. Es decir, no se trata de un desequilibrio cerebral (cerebro adolescente) si no del surgimiento de la búsqueda de sensaciones y el desarrollo cognitivo.

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Romer y sus colegas han revisado la literatura científica y han encontrado que el modelo del desequilibro cerebral era una simplificación que se había aceptado (incluso en círculos científicos) gracias a estereotipos sobre los adolescentes. Esto llevó a Romer y su equipo a escribir sobre un modelo diferente que es consistente tanto con las neurociencias como con la realidad de la toma de riesgos en este grupo etario. La traducción de dicho escrito fue realizada por Alejandra Alonso.

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En los últimos años, le hemos echado la culpa de la conducta de los adolescentes a un déficit en el desarrollo del cerebro adolescente. Pero podría ir siendo tiempo de que dejemos descansar a este estereotipo sobre la conducta salvaje de los adolescentes. Los deficits cerebrales no obligan a los adolescentes a hacer cosas arriesgadas; la falta de experiencia y una necesidad de explorar el mundo son los factores reales.

Como director de un centro de políticas públicas que investiga la toma de riesgo de los adolescentes, yo estudio el cerebro y la conducta de los adolescentes. Recientemente mis colegas y yo revisamos años de literatura científica sobre el desarrollo del cerebro de los adolescentes y el comportamiento riesgoso.

Encontramos que muchas de las conductas riesgosas que se les atribuyen a los adolescentes no son resultado de un cerebro fuera de control. Parece ser que la evidencia apoya una interpretación alternativa: los comportamientos riesgosos son parte normal del desarrollo y reflejan una necesidad biológica de explorar – un proceso orientado a adquirir experiencia y preparar a los adolescentes para las decisiones complejas que necesitarán hacer cuando sean adultos.

Estereotipos de la adolescencia

Solemos describir a los adolescentes como impulsivos, osados y emocionalmente inestables. Antes le atribuíamos este comportamiento a las “alocadas hormonas”. Más recientemente, ha sido muy popular en algunos círculos científicos explicar la conducta adolescente como el resultado de un desequilibrio en el desarrollo del cerebro.

De acuerdo con esta teoría, la corteza prefrontal, el centro del sistema de control cognitivo del cerebro, madura más despacio que el sistema límbico, que gobierna los deseos y apetitos incluyendo los impulsos para comer y tener relaciones sexuales. Esto crea un desequilibrio en el cerebro adolescente que lleva a una conducta más impulsiva y riesgosa que la observada en niños – o por lo menos así lo supone esta teoría.

La idea ha circulado tanto que se ha hecho común referirse al “cerebro adolescente” como la fuente de lesiones y otros males que surgen durante dicha etapa de la vida.

Desde mi perspectiva, el error más chocante de la hipótesis del cerebro adolescente es su confusión de diferencias importantes entre distintos tipos de conducta riesgosa, de los cuales solo una fracción apoya la noción del adolescente desenfrenado e impulsivo.

Los adolescentes como exploradores

Lo que claramente surge en la adolescencia es un interés por explorar y buscar novedades. Los adolescentes están, por necesidad, comprometidos en explorar preguntas esenciales sobre ellos mismos – quiénes son, qué habilidades tienen y con cuáles de sus pares vale la pena socializar.

Pero estas exploraciones no necesariamente se llevan a cabo de manera impulsiva. Los elevados niveles de dopamina en el cerebro durante la adolescencia parecen dirigir la atracción hacia experiencias novedosas y excitantes. Aún así, esta conducta de “búsqueda de sensaciones” también se acompaña de un aumento en los niveles de control cognitivo que llegan a su apogeo a la misma edad que aparece el impulso adolescente de explorar. Esta habilidad de ejercer control cognitivo llega a su punto más alto antes de la maduración estructural del cerebro, que se da alrededor de los 25 años.

Los investigadores que atribuyen esta conducta exploratoria a la osadía son más propensos a caer presos de los estereotipos sobre los adolescentes que a evaluar lo que realmente motiva su comportamiento.

Si los adolescentes fueran verdaderamente osados, deberían mostrar una tendencia hacia la toma de riesgos incluso cuando se conozcan las probabilidades de obtener malos resultados. Pero no lo muestran. En los experimentos donde se conocen las probabilidades de sus riesgos, los adolescentes toman menos riesgos que los niños.

En experimentos que imitan a la conocida prueba del malvavisco, en la cual esperar una recompensa más grande es señal de autocontrol, los adolescentes son menos impulsivos que los niños y solo ligeramente más impulsivos que los adultos. Aunque estas formas de toma de decisiones pueden posicionar a los adolescentes en un riesgo algo mayor de resultados adversos que los adultos, el cambio en esta clase de autocontrol de la adolescencia media a la adultez es más bien pequeño y las diferencias individuales son grandes.

Hay una clase específica de toma de riesgos que se asemeja al desequilibrio al que apunta la teoría del desarrollo del cerebro. Es una forma de impulsividad insensible al riesgo debido al actuar sin pensar. En esta forma de impulsividad, la excitación del deseo impulsivo apaga al potencial para aprender de las malas experiencias. Por ejemplo, las personas con esta forma de impulsividad tienen problemas para controlar su uso de drogas, algo que otros aprender a hacer cuando tienen experiencias desagradables luego del uso de drogas. La juventud con éstas características suele exhibir dicha tendencia en la niñez temprana y se puede exacerbar durante la adolescencia. Dicho subgrupo realmente tienen un riesgo más grande de lesiones y resultados adversos.

Pero es importante darse cuenta que se trata de una característica de solo un subconjunto de jóvenes con pobres habilidades para controlar su conducta. Aunque el aumento de comportamientos perjudiciales y otras conductas riesgosas en adolescentes es causa de preocupación, esto representa un alza en la incidencia más que en la prevalencia de la conducta. En otras palabras, aunque esta conducta riesgosa ocurre más frecuentemente en adolescentes que en niños, de ninguna manera es común. La mayoría de los adolescentes no muere en accidentes automovilísticos, no son víctimas de homicidio o suicidio, no experimentan depresión mayor, no son adictos a las drogas y no contraen ETS.

Además, los riesgos de estos resultados en un pequeño segmento de dicha población a menudo son evidentes mucho antes, en la niñez, cuando comienzan a aparecer problemas en el control de los impulsos.

La importancia de la sabiduría

Los estudios sugieren que la adolescencia y la adultez temprana son períodos intensos de aprendizaje que le permiten a una persona joven ganar la experiencia necesaria para afrontar los desafíos de la vida. Este aprendizaje, coloquialmente conocido como sabiduría, continúa creciendo durante la adultez. La ironía es que la mayoría de los adolescentes y adultos jóvenes son más capaces de controlar su conducta que muchos adultos, dando como resultado lo que muchos han llamado la paradoja de la sabiduría. Los adultos maduros deben confiar en la sabiduría recopilada para afrontar los desafíos de la vida porque sus habilidades cognitivas comienzan a disminuir desde la tercera década de vida.

Una revisión desapasionada de las investigaciones existentes sugiere que lo que les falta a los adolescentes no es tanto la habilidad de controlar su conducta, sino la sabiduría que ganan los adultos a través de la experiencia. Esto toma tiempo, sin el los adolescentes y jóvenes adultos que todavía están explorando cometerán errores. Pero son errores honestos, por así decirlo, porque para la mayor parte de los adolescentes, no son el resultado de una falta de control.

Esta comprensión no es nueva, pero sirve para poner a la reciente neurociencia del desarrollo cerebral en perspectiva. Es la inmadurez en relación a la experiencia lo que los hace vulnerables a los percances. Y para aquellos con un pobre control cognitivo, los riesgos son incluso mayores. Pero no deberíamos dejar que los estereotipos de esta inmadurez le den color a nuestras interpretaciones de lo que están haciendo. Los adolescentes solo están aprendiendo a ser adultos y esto inevitablemente involucra cierto grado de riesgo.

Fuente: The Conversation

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