Un mal olor puede hacerte más duro al juzgar (pero no en lo que pensabas)
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Imagina esto: estás evaluando qué tan mal está que alguien le pise la cola a un gatito. Nada raro, es el tipo de pregunta que usan los psicólogos morales desde hace veinte años. Pero hay un detalle que no sabes: en la habitación hay un frasquito abierto con esencia de pescado podrido, puesto ahí «sin querer». ¿Tu juicio cambia?
Según un estudio que acaba de publicarse en Frontiers in Psychology, sí. Y el resultado le da la vuelta a una idea que llevaba tiempo instalada en la psicología moral.
La hipótesis que todos daban por sentada
Desde Jonathan Haidt, la historia que nos contamos es más o menos esta: el asco es la emoción que evolucionó específicamente para vigilar la pureza. Si algo te da asco —una bebida contaminada, un acto de canibalismo simbólico, alguien bebiendo orina—, tu cerebro lo etiqueta como moralmente sucio. Bajo esta lógica, si le haces oler algo desagradable a una persona antes de pedirle un juicio moral, ese asco «contamina» específicamente sus evaluaciones sobre pureza, no sobre daño o cuidado.
Parece que tiene sentido. Pero según este estudio, probablemente incompleta.
Lo que hicieron
Un equipo de investigadores chinos armó dos experimentos. En el primero, 36 universitarios pasaron por tres sesiones separadas por dos semanas, oliendo agua, esencia de fresa (agradable) o esencia de pescado (desagradable) mientras leían y calificaban seis escenarios: tres de daño («alguien pisa la cola de un gatito») y tres de pureza («alguien bebe orina»). En el segundo experimento, hicieron lo mismo con 93 niños de 3 a 6 años, adaptando el formato a algo que un preescolar pueda seguir: historias ilustradas, caritas en vez de números, un experimentador que no sabía qué olor le tocaba a cada niño.
El giro: no fue la pureza, fue el cuidado
En los adultos, el olor desagradable sí endureció los juicios morales, pero no en las escenas de pureza. Los golpeó en las escenas de daño y cuidado. Los juicios de pureza se quedaron prácticamente intactos frente al olor a pescado.
¿Por qué? Los autores proponen algo que tiene sentido clínico: los juicios de daño («alguien lastima a un animal») se procesan de forma rápida e intuitiva, muy pegados a la emoción del momento. Los juicios de pureza, en cambio, para un adulto con normas de higiene ya consolidadas, pasan más por reglas aprendidas («esto no se hace») que por una reacción visceral instantánea. Y las reglas, a diferencia de las intuiciones, son más difíciles de contaminar con un olor ajeno al contexto.
En otras palabras: cuanto más automático es tu juicio, más fácil es que un estado de ánimo que no tiene nada que ver se cuele ahí y lo empuje.
Los niños cuentan una historia distinta (y más interesante)
Con los preescolares, el patrón no fue el mismo en todas las edades, y ahí está lo llamativo del estudio. Los niños de 3 a 4 años no mostraron ningún efecto del olor. Los de 5 a 6 años, tampoco, aunque sí se insinuaba una tendencia parecida a la de los adultos. Pero los de 4 a 5 años sí reaccionaron, y lo hicieron en ambos dominios: el olor a pescado los hizo más severos tanto en daño como en pureza.
Esto encaja con algo que ya sabíamos de otras líneas de investigación: antes de los 4-5 años, los niños todavía no distinguen bien un olor agradable de uno desagradable a nivel emocional (tienden a reaccionar con la misma cara feliz frente a casi cualquier estímulo olfativo). Y después de los 5-6, empieza a consolidarse la capacidad de filtrar información irrelevante. Justo en medio queda esa ventana breve donde el niño ya percibe que algo huele mal, pero todavía no tiene el control cognitivo para decirle a su cerebro «eso no tiene nada que ver con lo que estoy juzgando».
¿Y esto para qué sirve, más allá del laboratorio?
Como terapeutas trabajamos todo el tiempo con estados afectivos incidentales que se cuelan donde no deben: el paciente que llega furioso por el tráfico y termina juzgando con más dureza algo que le contó su pareja esa mañana; el niño que llega del colegio cansado y evalúa como «injusto» algo que en otro momento dejaría pasar. Este estudio pone datos duros detrás de algo que la clínica intuye desde siempre: el contexto afectivo no es un decorado, es un ingrediente activo del juicio, y su peso depende de cuánto control regulatorio tenga la persona en ese momento —sea por edad, por cansancio, o por estado emocional.
La lectura que más me convence es la de los autores: esto no es una arquitectura moral fija donde el asco siempre apunta a la pureza. Es un proceso que cambia con el desarrollo, a medida que el control cognitivo madura y aprende a separar lo relevante de lo que simplemente estaba flotando en el aire.
Referencia: Li, W., Zhang, Y., Luo, Z., Cao, Q. y Zeng, X. (2026). Scents of right and wrong: how odor-induced affect shapes moral judgment in adults and preschoolers. Frontiers in Psychology, 17:1834581.