El psicólogo méxicano Vicente Herrera-Gayoso escribió para Psicocode, un valioso análisis para compartir y debatir sobre los trastornos de “moda” y el sobrediagnóstico de trastornos mentales en la población infantil.

Herrera-Gayoso explora con notable sensatez los aspectos multidimensionales que influyen a la hora de hacer un diagnóstico psicológico/psiquiátrico infantil. Él habla sobre las distintas presiones que se ejercen sobre los psicólogos que para los niños reciban diagnósticos; el efecto de la ética profesional a la hora de realizar las evaluaciones y recomendar los tratamientos farmacológicos y los intereses económicos que rondan la salud en especial con el TDAH.

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Frecuentemente vemos en distintos medios a personas y alguno que otro profesional diciendo que el TDAH no existe y que es una invención de las farmacéuticas para lucrar. Ese tipo de comentarios a mi parecer es excesivamente simplista y absurdo. Existe evidencia de diferentes estudios–no pagados por la industria farmacéutica– que sostienen el diagnósitco del TDAH. El problema del sobrediagnóstico es más complicado y está, en parte, relacionado con la excesiva rapidez con la que los psicólogos y psiquiatras están haciendo los diagnósticos y que no implementan los tratamientos psicológicos recomendados y necesarios. Herrera-Gayosso también hace una reflexión sobre esto desde su postura como psicólogo:

La pregunta que surge –al menos me surge a mí-, es ¿estas cifras a la alza son debidas a una emergencia real o tiene que ver con una urgencia de los médicos y profesionales de la salud mental por salir al paso rápidamente? Se tiene que tomar en cuenta algo que puede resultar aterrador y que no es muy conocido: en el caso del TDAH o la bipolaridad, el diagnóstico es discrecional, es decir, depende de la evaluación personal y por tanto subjetiva del profesional que está tratando al niño.

Esto quiere decir que no hay una medición exacta del mismo y su diagnóstico depende de diversos factores presentes o no en el profesional: conocimiento actualizado, capacidad de análisis, experiencia terapéutica, ética profesional y especialización en el padecimiento. Son muchos y cada vez más frecuentes los casos en los que profesionales de la salud no especializados en el trastorno se animan a sacar lapidarias conclusiones que estrujan –y como no-, el corazón de cualquier padre.

Entonces la cosa debe ir con cuidado. Y si además a esto se suma que ni siquiera los padres se salvan de influir en la diagnosis, todo puede llegar a complicarse. Por ejemplo, el doctor Jerome Groppman, de la universidad de Harvard y reconocido articulista de medicina para el New York Times, declaró en una entrevista algo muy revelador: “Lo cierto es que existe una tremenda presión si el comportamiento de un niño se percibe como, por decirlo así, anormal: si no se sienta calladamente en la escuela se piensa que tiene alguna patología en lugar de pensar que puede ser solamente eso, un niño”.

Esto puede generar que los padres e incluso los maestros deseen internamente (aunque esto no será reconocido abiertamente y desde luego es entendible), que el niño sea diagnosticado y tratado con fármacos que permitan tenerlo más controlado de manera que sea más adecuado para el control de los adultos.

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