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El desarrollo de la empatía es siempre una de las principales preocupaciones de la educación emocional. La capacidad de ponerse en el lugar de otra persona y comprender los sentimientos y motivos de los demás comprende una de las habilidades más importantes de la vida en sociedad, así como influye en nuestro nivel de satisfacción personal ya que determina la calidad de nuestras relaciones.

Incentivar el ejercicio de la empatía es un propósito común en las escuelas y también en el plan de crianza personal de muchos padres, no obstante, lo que pocas veces resulta ser abordado al hablar de empatía e inteligencia emocional es la necesidad de ser selectivamente empáticos.

En la praxis terapéutica, por ejemplo, es un acuerdo lógico y de sentido común que la sensibilidad constituye un pilar importante en la personalidad del psicólogo para tratar efectivamente a un paciente, mientras que el exceso de sensibilidad puede suponer un problema. El terapeuta excesivamente emocional no solo se expone a resultar gravemente afectado por las vicisitudes de las personas a quienes debe ayudar, también entorpece el proceso de recuperación de estas.

Dentro del consultorio, es de profesionales prudentes conocer y practicar el arte de la empatía selectiva para comprender el punto de vista de los demás sin permitir que ello merme nuestra productividad, ¿pero qué ocurre en la calle y en el día a día? ¿Somos conscientes de las desventajas que acarrea la empatía malentendida?

Empatía, pero con distancia

Para la psicóloga Marcia Reynolds (que se refiere al tema en su artículo publicado en Psychology Today), lo primero que deberíamos tener claro acerca del propósito de la empatía es que se supone que las personas deberían sentirse cómodas y dispuestas a abrirse con nosotros, a compartir lo que piensan y sienten, para lo cual no ayuda en nada ser alguien sujeto a una personalidad reactiva.

“Los demás podrían llegar a sentirse incomprendidos o irrespetados. La respuesta que tú piensas está siendo un apoyo para ellos podría herir su confianza y hacer que dejen de sentirse libres para expresarse”

Dicho de otra manera, confundir la habilidad de ser empático con una emocionalidad excesiva que, entre otras cosas, nos haga depender de los estados de ánimo de los demás y de nosotros mismos, es un error. “Necesitas dejar que tus reacciones se desvanezcan”, explica Reynolds. “Lo que haces es crear un espacio seguro entre tú y la otra persona para que puedas identificar y comprender lo que sienten los demás pero sin verte reflejado en ellos”. En otras palabras, se ejerce el distanciamiento psicológico.

El distanciamiento (tal y como lo hemos abordado en artículos anteriores que describen su utilidad como recurso de supervivencia durante el holocausto), es una estrategia que nos insta a tomar distancia de una situación determinada y del malestar que esta nos produce para observarla desde un enfoque general. Ser empático con distancia se refiere, por lo tanto, a estar siempre abierto a contemplar y entender las razones y sentimientos de los demás, pero estableciendo un “espacio seguro” que nos proteja e impida que nos veamos emocionalmente vulnerados por las circunstancias.

La empatía selectiva no es sinónimo de egoísmo, frivolidad o indiferencia, sino que comprende una medida básica de sanidad mental y emocional. Simple y llanamente, escribe Reynolds, existen personas que se permiten a sí mismas ser afectadas de tal manera por los estados de ánimo y sentimientos de los demás que comienzan a experimentar la aparición de síntomas físicos como “vía de escape” de la tensión.

El exceso de empatía produce en ellos estrés y ansiedad, lo cual afecta considerablemente su salud generando una sobreproducción de cortisol (hormona del estrés vinculada directamente con el desarrollo de múltiples enfermedades, entre ellas, el Síndrome de Cushing).

En casos como este, la emocionalidad excesiva no solo termina causando problemas de salud a quien la vive, también puede deteriorar sus relaciones interpersonales al mostrarla como una persona irracionalmente sensible o demasiado reactiva. De acuerdo con Reynolds, esto sucede porque los individuos excesivamente empáticos encarnan en propia piel la ira o la tristeza de los demás de manera que terminan pareciendo víctimas en primera persona de las circunstancias ajenas, una “reacción intrusiva” que podría aislarlos de quienes se supone quieren ayudar.

“(Los demás) podrían llegar a sentirse incomprendidos o irrespetados”, explica Reynolds. “La respuesta que tú piensas está siendo un apoyo para ellos podría herir su confianza y percepción de seguridad y hacer que dejen de sentirse libres para expresarse”. 

¿Lo más conveniente? La empatía selectiva

Ser selectivamente empático es, para Reynolds, la mejor alternativa. Permanecer abierto a escuchar los problemas y angustias de los demás sin juzgarlos y sin convertirnos en co-autores de su historia es la mejor forma de ayudarlos, sin mencionar que nos ofrece un caparazón de protección para resguardar nuestra salud física y mental.

Una empatía no reactiva es la manera más recomendable de ser empáticos sin caer en el error de ser excesivamente sensibles y frágiles ante la naturaleza del mundo, ya que nos convierte en agentes de cambio útiles y nos capacita para ayudar sin sentir (parafraseando a Reynolds) la urgencia de brincar e ir por ahí reparando gente.

 

Fuente: Psychology Today

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