En este artículo me gustaría analizar la siguiente pregunta en relación a una población particular, los deportistas y atletas: ¿El rendimiento (deportivo, en este caso) mejora suprimiendo pensamientos, sensaciones o emociones displacenteras?

Con esta pregunta inició mi primera sesión con un deportista de alto rendimiento. Ciertamente no es una manera tradicional de comenzar un primer encuentro, pero creo que expresa perfectamente de lo que se trataba la consulta. Un futbolista de primera división, se encontraba en mi consultorio para encontrar mejores maneras de afrontar sus propias sensaciones durante la competición.

En el contexto de la actividad física y el deporte, especialmente para los atletas y deportistas de elite, uno de los objetivos fundamentales es el incremento del rendimiento deportivo.

Históricamente, se lo ha asociado a un conjunto de variables y demandas de tipo fisiológicas. Sin embargo, el deporte está determinado por una amplia gama de factores o dimensiones y, por ende, requiere de habilidades psicológicas para la mejora y optimización del desempeño (Birrer y Morgan, 2010).

El rendimiento óptimo se ha descrito como “la correcta combinación de las condiciones cognitivas, afectivas y fisiológicas que permiten adecuadamente que las habilidades aprendidas ocurran de una manera aparentemente sin esfuerzo y automática” (Gardner y Moore, 2007, citados en Mañas 2014).

En las últimas décadas, el paradigma dominante de las intervenciones psicológicas en el campo del deporte sostuvo que el rendimiento deportivo aumenta en la medida que el deportista puede dominar o suprimir eventos privados (pensamientos, sensaciones corporales, emociones, etc.) evaluados como negativos.

 El rendimiento óptimo se ha descrito como “la correcta combinación de las condiciones cognitivas, afectivas y fisiológicas que permiten adecuadamente que las habilidades aprendidas ocurran de una manera aparentemente sin esfuerzo y automática”

Tomando esto en cuenta, lo que me consultaba mi paciente reflejaba una idea muy difundida, que además se considera muchas veces de sentido común. Es decir, existe de manera bien difundida esta idea de que para ser feliz no hay que sentir ansiedad, o que el día que no me sienta ansioso voy a poder hacer tal o cual cosa; solo por poner algunos ejemplos.

No obstante estos abordajes, así como el sentido común,  presentan considerables limitaciones, que han sido reveladas por un importante número de investigaciones las cuales señalan que los intentos de control, reducción o eliminación de los eventos internos, generan efectos contrarios a los deseados. Entre ellos, se mencionan notables incrementos en la intensidad, la frecuencia, la duración, e incluso, en la accesibilidad a los eventos privados no deseados (Mañas, et al. 2014).

En este sentido, resulta intuitivo suponer que si un atleta necesita controlar determinados pensamientos, emociones o sensaciones corporales, especialmente si posee la creencia de que debe hacerlo para que su rendimiento deportivo sea el deseado, deba invertir energía y tiempo en ejercer el control necesario para conseguirlo.

La primera consecuencia que se deriva de esto es que si el atleta ha de invertir cierto tiempo y esfuerzo en hacerlo, consecuentemente, no estará plenamente concentrado en la propia tarea con su probable repercusión negativa en su ejecución. De la misma manera, si usted se encuentra intentando no sentir ansiedad para acompañar a su hijo a un partido de futbol, no solo no lo logrará sino que se estará perdiendo de compartir plenamente ese momento con su hijo.

En segunda instancia, debe atenderse la cuestión de que el atleta consiga o no su propósito. Si consigue su objetivo, funcionara como refuerzo de la creencia de que es necesario hacerlo. Por otra parte, si no lo consigue puede ser que genere una reacción emocional intensa(miedo, por ejemplo) interfiriendo en su rendimiento y que incluso se involucre en una lucha por intentar controlar o cambiar algo que no puede controlar ni cambiar, al menos no en ese momento.

Una tercera consecuencia que puede inferirse de esta manera de proceder, es que las destrezas y ejecuciones que deberían producirse de manera automática, dado que fueron ejecutadas sistemáticamente en el entrenamiento deportivo, podrían no realizarse de manera fluida mientras el atleta está intentando controlar algún pensamiento o emoción. Es decir, la ejecución de las rutinas entrenadas podrían no realizarse eficazmente e incluso verse obstaculizadas.

En resumen, las consecuencias de luchar o intentar evitar pueden agruparse en tres grandes grupos:

  • Psicológicas: ansiedad, irritabilidad, aburrimiento, autoreproches, baja tolerancia a la frustración, manifestaciones psicosomáticas, etc.
  • Deportivas: bajo rendimiento, baja motivación, insatisfacción, falta de compromiso, actitud negativa hacia los compañeros, retrasos, ideas de abandono, etc.
  • Contextuales: disminución de la calidad de vida.

En la actualidad existen nuevos abordajes, en el campo de la psicoterapia, con aportaciones epistemológicas, filosóficas y teóricas, que contrastan con lo antedicho. Las terapias contextuales cuentan con respaldo de numerosas investigaciones en las que se comienza a plantear que existen eventos que no podemos cambiar (al menos, no de manera muy efectiva), como los estados internos, emociones, recuerdos, pensamientos, etc., mientras que existen cosas que sí podemos cambiar y son nuestras acciones.

Y esto es extremadamente importante querido lector, porque quizá al disminuir los intentos del control que ejercemos sobre nuestras emociones y pensamientos, podamos hacerles espacio y enfocarnos en aumentar el dominio de nuestras acciones. Y asi poder direccionarlas hacia lo que nos resulta importante, que significará algo diferente en cada persona: desde hacer un gol hasta acompañar a su hijo en un momento significativo para él.

Referencias bibliográficas:

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Birrer, D., & Morgan, G. (2010). Psychological skills training as a way to enhance an athlete’s performance in high-intensity sports. Scandinavian Journal of Medicine & Science in Sports.

Mañas, I. (2007). Nuevas terapias psicológicas: La tercera ola de terapias de conducta o terapias de tercera generación. Gaceta de Psicología, 40, 26-34.

Mañas, I. (2014). Mindfulness y rendimiento deportivo. Psychology, Society, & Education 2014, Vol.6, No 1, pp.

Ruiz, F.J., y Luciano, C (2009). Aplicación de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) para el incremento del rendimiento ajedrecístico. Un estudio de caso. Psicothema 2009. Vol. 21, no 3, pp. 347-352.

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