Uno de los aspectos más fundamentales en el que todo profesional de la psicología debe profundizar es el análisis crítico de diversos artículos relacionados con nuestra área de trabajo. Personalmente, tengo la fortuna de estar cursando el Máster en Terapias Contextuales y de Tercera Generación (Ítaca Formación, Córdoba), a través del cual tanto mis compañeros/as como yo estamos teniendo y aprovechando la oportunidad de desarrollar competencias de todo tipo bajo la supervisión de los docentes del mismo, quienes nos proporcionan una guía cuya valía es indiscutible. Nuestro tutor de prácticas online, José Olid (TerapiasContextuales), nos propuso la lectura y análisis de dos artículos publicados en Psyciencia precisamente con el fin de trabajar nuestro pensamiento crítico: por una parte, La mala ciencia de la terapia Gestalt de Sergio García Morilla y, por otra, La terapia Gestalt no es una pseudociencia ni una mala ciencia, de Clotilde Sarrió. Lo que expongo a continuación es, en primer lugar, un resumen de las principales ideas defendidas por cada autor, siguiendo con una exposición de cuáles argumentos considero que son acertados o, por el contrario, falaces, para finalizar detallando mis propias conclusiones de la manera más objetiva posible.

Para empezar, en el artículo La mala ciencia de la terapia Gestalt podemos encontrar un resumen de los principales argumentos que se esgrimen para demostrar la supuesta ineficacia de la TG, entre los cuales se citan los siguientes:

  • Existencia de un escaso número de ECA que además son de mala calidad (muestras demasiado pequeñas, no se centran en todas las variables implicadas, no se demuestra que funcione mejor que el placebo, etc.)
  • Incapacidad para concretar la metodología de la que se hace uso a lo largo de la terapia, además de la inexistencia de tratamientos protocolizados.

  • Cuestionable validez del modelo terapéutico que la respalda, basado en teorías del comportamiento no apoyadas por la comunidad científica.

  • Objeto de intervención ambiguo y subjetivo.

En definitiva, se defiende la idea de que la TG debería considerarse una pseudoterapia, ya que debido a las deficiencias anteriormente expuestas no ha demostrado ser eficaz para el tratamiento de ningún tipo de trastorno o problema psicológico y la mayoría de las pruebas a las que nos podemos remitir que intentan demostrar que sí funcionan provienen de casos individuales que no han sido investigados mediante el método científico.

Los estudios presentados que respaldan la eficacia de la TG no cuenta con datos científicos concretos que apoyen tal conclusión

En primer lugar, considero determinante la escasez de estudios que avalan la eficacia real de la TG. No solo es relevante que las muestras utilizadas hayan sido demasiado pequeñas como para que los resultados no puedan ser significativos y generalizables, sino también el hecho de que solo resalten lo que a los defensores de la Gestalt les interesa, ignorando el resto de datos que, si se tuviesen en cuenta, desmentirían los logros supuestamente alcanzados. Asimismo, me llama la atención que se llevase a término un estudio con personas que “se consideraban deprimidas”, ya que no se establece un límite entre lo patológico y no patológico y, por tanto, no es posible conocer hasta qué punto las técnicas que se utilizaron funcionaron gracias a su propia eficacia o porque verdaderamente no existía tal estado depresivo. En definitiva, los estudios presentados que respaldan la eficacia de la TG no cuenta con datos científicos concretos que apoyen tal conclusión.

Por otra parte, el hecho de que la TG carezca de principios específicos en los cuales basarse a la hora de llevar a cabo una intervención terapéutica asimismo pone en entredicho su validez puesto que, en su afán de aunar ideas de diferentes corrientes psicológicas a fin de enriquecer su propio modelo de trabajo, al final termina haciendo uso de técnicas y estrategias que son en su mayoría sin fundamento científico y que incluso llegan a ser incompatibles. El problema no estriba, por consiguiente, en la puesta en práctica de distintos tipos de técnicas procedentes de otros modelos, si no en la ausencia de un conjunto de principios concretos que guíen el proceso terapéutico y mediante los cuales el objeto de la intervención quede libre de interpretaciones ambiguas.

No obstante, considero que el autor cae en la falacia ad verecundiam (falacia de autoridad, consiste en apelar al respeto o prestigio de una persona para respaldar un argumento) al recurrir al código deontológico para enfatizar el argumento de que la TG no se ciñe a la idea de lo que debe hacer un psicólogo para ejercer la profesión de la manera más adecuada posible. Así, se defiende esta conclusión basándose en lo que ha publicado un organismo de autoridad, en este caso el Colegio de Psicólogos.

El problema no estriba, por consiguiente, en la puesta en práctica de distintos tipos de técnicas procedentes de otros modelos, si no en la ausencia de un conjunto de principios concretos que guíen el proceso terapéutico

Con respecto al artículo La terapia Gestalt no es una pseudociencia ni una mala ciencia, se destaca el que la autora esté de acuerdo con el hecho de que los defensores de la TG no se han preocupado por llevar a cabo estudios que avalen científicamente su validez. No obstante, achaca esta decisión a no haber querido vincularse con un método que solo tiene en cuenta lo directamente observable o medible, postulados totalmente contrarios a la línea humanista de dicha terapia y por lo que, de haberse sometido a su valoración, se habrían infravalorado los resultados obtenidos. Además, se enfatiza la diferencia entre “validación” y “válido”, puesto que disponer de aval científico no determina necesariamente la ineficacia del resto de terapias que no se encuentran respaldadas por el mismo.

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Por otro lado, se alega que el uso de distintas técnicas procedentes de otro tipo de terapias por parte de la TG no es un argumento lo suficientemente consistente como para tildar dicha corriente de pseudociencia, ya que no se trata de una práctica exclusiva de la misma y, de hecho, es una muestra de la heterogeneidad de criterios que enriquecen la disciplina. Asimismo, se recurre al peligro que corre la credibilidad de los profesionales de la psicología si comenzamos a cuestionar la labor de nuestros propios compañeros de cara al resto de disciplinas.

Del mismo modo, critica que el método científico se tenga en un pedestal y se considere popularmente sinónimo de verdad absoluta, cuando existen trabajos cuyos resultados, aun cumpliendo con todos los requisitos que dicho método impone, son de igual manera vistos como cuestionables. Además, se alega que a día de hoy se llevan a término intervenciones de distinta índole que funcionan aun desconociendo el mecanismo de acción que propicia su éxito, estableciendo una conexión con el uso legítimo de la TG en ausencia de trabajos científicos que la respalden.

En definitiva, la autora cuestiona la idea de que la TCC sea la única que funciona al estar validada por el método científico, expresando su descontento no solo con la creencia popular de que todo lo que no cumpla con los criterios del mismo no posee ningún tipo de valor independientemente de los resultados que se consigan, sino también con el resto de profesionales que descalifican los postulados de la TG en lugar de enriquecerse y aprender los unos de los otros.

Desde mi perspectiva, es importante tener en mente que el hecho de validar una terapia en concreto no es garantía de que esta sea la única que conlleve resultados beneficiosos para la persona y, por consiguiente, no es motivo suficiente como para rechazar de pleno otro tipo de prácticas que aún no estén respaldadas por tantos estudios como lo está la TCC. Asimismo, la pluralidad de técnicas de las que se hace uso en la TG no tiene por qué ser sinónimo de mala praxis. De hecho, distintas corrientes psicológicas se sirven de herramientas de diferente procedencia y no por ello son objeto de críticas. Por último, coincido con la autora en que el método científico no es perfecto en su ejecución y que hay aspectos del mismo que deberían reconsiderarse a fin de asegurar resultados totalmente fiables para cualquier tipo de terapia. Sin embargo, a mi entender Clotilde Sarrió utiliza un gran número de argumentos falaces para defender sus ideas, entre los cuales podemos citar los siguientes:

Falacia ad hominem: al comenzar el artículo podemos ver como la autora intenta desacreditar no tanto los argumentos expuestos en La mala ciencia de la Terapia Gestalt, sino a la persona que lo ha escrito, alegando que considerar la TG una pseudociencia solo podría entenderse “en base a un rechazo obsesivo, a un absoluto desconocimiento de la TG, a una jactanciosa soberbia de creerse en posesión de la verdad, o también al frecuente vicio de la generalización basada en la ignorancia”.

Falacia ad verecundia: la autora nombra diversas personalidades reconocidas en el mundo de la TG con el objetivo de convencer al lector de que esta no se trata, ni mucho menos, de una pseudociencia.

Falacia ad ignorantiam: a pesar de que la TG no cuenta apenas con estudios que demuestren científicamente su eficacia, la autora argumenta que “la no demostración de la eficacia de un procedimiento terapéutico no implica que éste sea ineficaz y aún menos una pseudociencia”. Así, intenta sostener su argumento en base a que no se ha demostrado lo contrario.

Falacia de eludir la cuestión: la autora recurre a ciertos argumentos para defender sus ideas que hasta ese momento no se habían cuestionado. Por ejemplo, en un momento dado expone que lo peor que nos puede ocurrir a los profesionales de la psicología es que entremos en guerra entre nosotros mismos corriendo el peligro de que se ponga en entredicho aún más nuestra labor, en un intento de hacer reflexionar a los críticos de la TG por medio de un argumento que no se había cuestionado anteriormente.

Falacia tu quoque: como el método científico “es un método susceptible de falibilidad, subjetividades en su interpretación, manipulación y sometimiento a intereses ajenos a la ciencia”, no tiene sentido acusar a la TG de tener una eficacia cuestionable por no encontrarse respaldada por suficientes estudios.

Falacia del alegato especial: cuando se alega que la TG no se ciñe a la metodología científica actual porque trabaja con aspectos tan profundos del ser humano que, de otra manera, serían imposibles de tratar, se está haciendo alusión a una “sensibilidad especial” de la misma que dificultaría su comprensión a todos aquellos que no se esfuercen por comprenderla. Se entiende, por tanto, que quien no asume los postulados de la terapia no es capaz de interiorizar los argumentos a su favor, puesto que no posee el nivel de conocimientos suficiente.

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A modo de síntesis, estoy de acuerdo con algunas ideas que respaldan la TG pero al mismo tiempo me parece que el artículo de Clotilde Carrió está escrito desde el enfado y el resentimiento y, a pesar de que intenta responder a las críticas expuestas por Sergio García, concluyo que la gran mayoría de los argumentos que utiliza carecen de suficiente fundamento como para convencer al lector. Por su parte, Sergio García publica un artículo exclusivamente desde el punto de vista de la TCC, por lo que sus opiniones se encuentran asimismo sesgadas por su propia visión de la psicología.

La mejor manera de asegurar la efectividad de un tratamiento es mediante la aplicación del método científico, obteniendo de esta forma una cantidad considerable de estudios que avalen dicha eficacia

Es cierto que se debe establecer una distinción entre “validado” y “válido”, puesto que el hecho de que se haya demostrado por medio de pruebas científicas que un tratamiento, estrategia o técnica funciona adecuadamente, no significa que no existan otros medios con los cuales se pueda alcanzar el mismo resultado o incluso mejor. Sabemos, por tanto, que validar un método no implica que este sea el único válido. No obstante, que se consigan buenos resultados en una serie de personas con una terapia en concreto, tampoco quiere decir que estos se puedan generalizar al resto de la población. Es por ello que, a día de hoy, la mejor manera de asegurar la efectividad de un tratamiento (en este caso terapéutico) es mediante la aplicación del método científico, obteniendo de esta forma una cantidad considerable de estudios que avalen dicha eficacia. Bien es cierto que adolece de cierto margen de error y que, por consiguiente, siempre van a existir aspectos pendientes de mejora y avance, pero ello no implica que deba imperar la subjetividad y el azar en nuestro ámbito de trabajo. En definitiva, ni la TG ha sido lo suficientemente estudiada como para considerarse una metodología cuyos supuestos sean estables y se puedan aplicar a la mayoría de la población, ni la TCC tiene por qué ser la que conlleve mejores resultados sin dar lugar a dudas.

No se trata, por tanto, de hacernos con un arsenal de técnicas y aplicarlas sin conocimiento de causa, sino de ser flexibles y reconocer que, aun sin coincidir en su totalidad con ciertas corrientes terapéuticas

Por otra parte, el seguimiento estricto del protocolo en el proceso terapéutico, tal y como defiende la TCC, no siempre es garantía de éxito. Así, seguir una serie de reglas específicas puede ser peligroso si, en vez de centrarnos en la persona en sí misma, en su contexto y en la problemática con la que llega a consulta, consideramos más relevante el cumplimiento del protocolo que debe seguirse en determinados casos y anteponemos este a las características del paciente y las circunstancias que le rodean. Sin embargo, considero que encaminar la terapia según vayan avanzando las sesiones sin necesidad de estar pendientes de cumplir una serie de pasos es positivo siempre y cuando no haya dudas con respecto al objetivo que se persigue y los principios en los que está basada la terapia que se lleva a término, cimientos fundamentales que aún no están lo suficientemente bien construidos en la TG.

En relación al uso de técnicas y estrategias provenientes de diversos modelos terapéuticos, tampoco considero que sea una práctica del todo criticable. Como he mencionado previamente, existen herramientas terapéuticas que, aun perteneciendo a distintas corrientes psicológicas, han sido validadas científicamente y no veo el motivo por el cual no puedan ser utilizadas por todo psicólogo que lo crea conveniente siempre que se comprendan los principios en los cuales están fundamentadas y la finalidad que se quiere alcanzar mediante su puesta en práctica, tal y como he especificado en el párrafo anterior. No se trata, por tanto, de hacernos con un arsenal de técnicas y aplicarlas sin conocimiento de causa, sino de ser flexibles y reconocer que, aun sin coincidir en su totalidad con ciertas corrientes terapéuticas, hacen uso de estrategias y herramientas que pueden ser de utilidad y promover cambios positivos en el cliente, siendo conscientes del por qué y para qué las vamos a utilizar.

En conclusión, a mi parecer a la TG le queda aún mucho camino por recorrer. No niego que haya personas para las cuales haya sido beneficiosa su aplicación, pero no podemos suponer que estos resultados pueden generalizarse al resto de la población a partir de ciertos casos aislados. Escudarse en que valorar experiencias y estados de conciencia no es posible mediante el método científico debido a que son impredecibles no les exime de la responsabilidad que tienen como profesionales de investigar la efectividad real de su terapia y de profundizar en la base teórica que la sostiene. Por su parte, la TCC no está libre de puntos débiles y el hecho de que se encuentre respaldada por la comunidad científica no implica que no existan asuntos que deban revisarse y, por supuesto, que sea el único modelo con el que pueden conseguirse resultados positivos.

Victoria Cassani
Graduada en Psicología y diplomada en Magisterio de Educación Especial. Actualmente adentrándome en el mundo de las Terapias Contextuales y de Tercera Generación."

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