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Nuestras propias creencias y expectativas contribuyen a configurar la forma en que nos comportamos.


El conocimiento previo que tenemos sobre las cosas, afecta no solo la forma en que vemos al mundo, sino que también condiciona como enfrentamos las diferentes vicisitudes que nos presenta la vida.

Pero lo hasta aquí dicho tiene incluso implicancias más serias, porque nuestras expectativas no solo guían nuestro comportamiento, sino que también tienen un peso importante para moldear los sentimientos y las conductas de los demás.

Si le preguntamos a un amigo, durante una charla de café, si se siente bien o le duele algo porque lo vemos ojeroso, demacrado y con el cutis amarillento, es bastante probable que el pobre muchacho se empiece a sentir mal, o al menos experimente cierta inquietud y desasosiego, inducido por el poder de la sugestión de nuestras palabras.

las expectativas que el profesor pueda tener sobre los alumnos ejercen un poder significativo sobre el desempeño escolar

Las expectativas que tenemos sobre los demás muchas veces toman la forma de “etiquetas” que terminan impactando fuertemente sobre la conducta de la otra persona.

Por ejemplo, dentro de un grupo de amigos es típico que, a alguno de ellos se lo tilde de “gracioso” si alguna vez, durante una salida en grupo o una partida de póker, el muchacho en cuestión tuvo el buen tino de hacer algún comentario o contar un chiste más o menos divertido.

Todos reirán, sobre todo si circuló el alcohol durante la jornada y se sienten bien predispuestos para la risa fácil, y alguien le señalará, seguramente, que es “un tipo con buen humor”. A partir de ese momento, es altamente probable que el recién bautizado como el miembro “gracioso” de la velada se sienta impelido a hacer más comentarios ocurrentes. Si es así como lo ven los demás, inconscientemente tratará de sostener esa imagen contando un chiste cada vez que se presente una oportunidad.

Nunca sabrá a ciencia cierta que fue “etiquetado” casi arbitrariamente, así como tampoco, el poder y grado de influencia que ejerce esa etiqueta sobre la forma en que se comporta.

Inconscientemente, procurará confirmar y sostener las expectativas de su grupo de pertenencia.

Todos conocemos a alguien así. El tipo simpático de la oficina, o del club, que siempre está tratando de hacer reír a los demás, no porque quiera, sino porque de alguna manera siente que es su responsabilidad hacerlo.

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Todos nos hemos cruzado, alguna vez, con alguien que vive haciendo comentarios hilarantes para el disfrute de todos, incluso en ocasiones en las que su propia vida no está marchando como le gustaría, o está atravesando un mal momento, o en su fuero interno se siente profundamente triste por algún problema que lo aqueja.

En este sentido, hay un sinfín de numerosos experimentos que demuestran que dentro del aula del colegio, las expectativas que el profesor pueda tener sobre los alumnos ejercen un poder significativo sobre el desempeño escolar, las calificaciones y la conducta en general.

Si un profesor cree, por el motivo que sea, que un alumno posee cualidades intelectuales sobresalientes, es mucho más probable que ese niño alcance logros realmente sobresalientes, o por lo menos, mayores a los que cabría esperar si el docente no tuviera tan altas expectativas.

Se ha comprobado en diversas oportunidades. Es suficiente con que se le diga a un maestro, en forma azarosa, que tal o cual alumno posee un coeficiente intelectual superior a la media, para que la idea que se le ha implantado en la mente al docente termine por convertirse en unos logros académicos acordes.

Por supuesto, esto no tiene nada de mágico, se trata de un mecanismo de acción bastante concreto y definido.

El profesor que confíe en las supuestas habilidades extraordinarias del niño le dará un trato preferencial.

No solo le dedicará más atención, sino que le explicará con mayor detalle y perseverancia, le hablará más pausado, será mucho más permisivo y paciente, y lo alentará con mayor entusiasmo cuando se trate de alcanzar determinadas metas.

Y le puedo asegurar, estimado lector, que lo mismo ocurre muchas veces en la oficina entre el jefe y el empleado recomendado, o aquel que cuenta con el aval de un currículum excelente.

Por supuesto, nada de todo esto es suficiente para convertir a un idiota en un genio, pero el mejor trato recibido tanto por el alumno como por el empleado, dispensado por la figura de autoridad en su cadena de mando correspondiente, resulta ser un gran facilitador para un mayor y mejor rendimiento.

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En un experimento clásico sobre creencias y expectativas, se le pidió a un grupo de participantes varones que llamaran por teléfono a determinadas mujeres con el propósito de relevar cierta información.

Estos hombres, en principio no sabían nada de las mujeres con las que se tenían que comunicar, a excepción, por supuesto, de lo que el experimentador les decía.

A todos los participantes se les mostró una foto de la señorita con la que debían hablar.

A la mitad de ellos se les mostro la imagen de una damisela muy agraciada y voluptuosa. A la otra mitad, se les mostró una imagen de una damisela muy desgraciada y horrorosa.

Ambos retratos utilizados eran falsos, vale aclarar.

Luego dejaron que cada cual realizara su cometido mientras se disponían a grabar las conversaciones.

Hay que tener mucho cuidado con lo que pensamos de los demás, porque puede inducirlos a comportarse en forma acorde a nuestras expectativas

¿Qué es lo que descubrieron estos ocurrentes psicólogos?

Pues bien, escuchando detenidamente las cintas en un análisis posterior, pudieron observar que las mujeres que se suponía que eran bellas, hablaban como si realmente lo fueran. Sus voces se notaban impostadas, más cercanas a un tono coqueto o llanamente seductor.

¿Estaban estas chicas representando un personaje?

De ninguna manera. Ellas no sabían que eran parte de un experimento, no habían recibido ninguna instrucción ni entrenamiento especial. Ni siquiera sabían que se las iba a llamar. Se trataba simplemente de mujeres comunes conversando con un desconocido que acaba de contactarlas por teléfono.

Fueron sin duda las expectativas de los hombres las que indujeron a las mujeres a comportarse de esa manera. Cuando los participantes pensaban que estaban hablando con una autentica belleza etrusca, la trataban con mayor amabilidad y usando un tono de voz más cálido y cordial.

Este trato diferencial que recibían las señoritas en cuestión, las predisponía a comportarse como si realmente lo fueran hermoss, asumiendo un rol mucho más elegante y agradable en comparación al grupo de chicas que se suponía que eran feas.

Hay que tener mucho cuidado con lo que pensamos de los demás, porque puede inducirlos a comportarse en forma acorde a nuestras expectativas.

Usualmente el tipo de trato que recibimos de otras personas refleja la manera en que nosotros las hemos tratado a ellas.