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¿De verdad tenemos un «tipo» de pareja?

  • 03/07/2026
  • David Aparicio

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Casi todos conocemos a alguien —o somos esa persona— que termina una relación jurando que la próxima pareja va a ser completamente distinta. Más tranquila, menos celoso, más organizada, lo que sea que «aprendimos» de la relación anterior. Y sin embargo, cuando les preguntas a los amigos en común, la respuesta suele ser algo como: «es igualito al anterior». Durante años esto quedó en el terreno del chisme y la anécdota. Un estudio publicado en 2019 en PNAS decidió medirlo en serio, y lo que encontró va a ser un poco incómodo, especialmente si crees que aprendiste rápido de tus experiencias relacionales.

Vamos con el artículo:

El problema con preguntarle a una sola persona

Antes de este estudio, casi toda la evidencia sobre «tipos» de pareja venía de un mismo lugar: le preguntabas a alguien cómo describiría a su pareja actual y a su ex, y comparabas las respuestas. El problema es obvio si trabajas en terapia de pareja: la forma en que describimos a alguien con quien estamos —o con quien terminamos mal— está cargada de sesgo motivacional. Idealizamos a quien tenemos al lado y a veces caricaturizamos a quien dejamos atrás para justificar la ruptura. No es mentira consciente, es la mente ordenando la narrativa.

Yoobin Park y Geoff MacDonald, de la Universidad de Toronto, resolvieron esto de una forma elegante: en vez de preguntarle a una persona cómo eran sus dos parejas, usaron datos del German Family Panel, un estudio longitudinal alemán que sigue a miles de personas desde 2008, y que en algún momento le pidió a las parejas mismas —no al participante— que describieran su propia personalidad con el Big Five Inventory. Así consiguieron 332 personas que tenían autorreportes de personalidad de dos parejas distintas en momentos diferentes de su vida: la ex y la actual, ambas hablando de sí mismas, no siendo descritas por un tercero con sesgo.

Lo que encontraron

El análisis estadístico es más sofisticado de lo que parece a simple vista, así que vale la pena entender qué estaban tratando de separar. Cuando la pareja actual se parece a la ex, eso puede pasar por tres razones distintas:

Primero, porque la gente en general tiende a describirse de forma parecida y socialmente deseable.

Segundo, porque ambas parejas se parecen a ti mismo. Esto es el clásico efecto de emparejamiento selectivo (assortative mating): si tiendes a salir con gente parecida a ti, entonces tu ex y tu actual van a parecerse entre sí simplemente porque las dos se parecen a ti.

Y tercero —lo interesante de verdad— es que la pareja actual se parezca a la ex de una forma que no se explica ni por lo normativo ni por el parecido contigo. A esto lo llamaron similitud distintiva, y es la evidencia más limpia posible de que existe un «tipo» independiente de nosotros mismos.

El resultado: incluso controlando esos dos factores, la similitud distintiva fue significativa (b = 0.22, p < 0.001). Traducido: el perfil de personalidad de tu pareja actual predice, en algo, el perfil de tu ex, más allá de cualquier parecido contigo o de rasgos socialmente deseables compartidos. Y esto se replicó con un método estadístico completamente distinto (correlación intrapersona), lo que le da bastante solidez al hallazgo.

Quién tiene menos «tipo» fijo

La parte que más me interesó fue la de diferencias individuales. Extraversión y apertura a la experiencia se asociaron negativamente con la similitud distintiva: las personas más extravertidas y más abiertas tendían a tener parejas actuales menos parecidas a sus ex, no más.

Los autores ofrecen dos lecturas posibles, y ninguna es definitiva porque el diseño no permite separarlas. Una es que las personas altas en apertura buscan activamente la novedad, incluyendo novedad en el tipo de pareja. La otra, más interesante desde una óptica contextual, es que la extraversión y la apertura predicen redes sociales más grandes y heterogéneas, así que el «pool» de personas disponibles para emparejarse es simplemente más diverso, sin que haya necesariamente una búsqueda activa de diferencia. El estudio no puede decirte cuál de las dos está pasando, y los propios autores son honestos al señalar que este hallazgo no se replicó completamente en el análisis alternativo, así que hay que tomarlo con cautela.

Por qué esto importa en consulta

No hace falta forzar demasiado la conexión clínica. Cuando alguien llega a terapia después de una ruptura convencido de que «esta vez va a ser distinto», vale la pena sostener esa intención sin prometerle que el patrón desaparece solo. Los datos sugieren que el tipo de pareja que elegimos —o que nos elige, porque el estudio no puede distinguir activamente entre elegir y ser elegido— tiene más inercia de la que la narrativa post-ruptura suele admitir. Eso no es una condena determinista; es información. Si el patrón es real y en parte está fuera de la conciencia, entonces el trabajo terapéutico útil no es solo «elegir distinto» como acto de voluntad, sino entender qué necesidades, contextos o redes sociales siguen produciendo el mismo tipo de encuentro una y otra vez.

También hay una lectura menos ansiosa: los autores mencionan en la discusión que parecerse a rasgos del expareja no es necesariamente malo. Puede reflejar patrones de interacción que funcionaron bien en la relación anterior y que ahora se replican, o una sensación de familiaridad que facilita la apertura emocional más rápido con la nueva pareja. El patrón en sí no es el problema; el contenido específico de ese patrón sí importa.

Una limitación que vale la pena mencionar

La muestra es alemana, mayormente sin trasfondo migratorio, con relaciones pasadas relativamente jóvenes (promedio de casi 26 años al momento del último reporte con la ex) y de corta duración (3 años y 10 meses en promedio). No sabemos si este patrón se sostiene en poblaciones latinoamericanas, en relaciones más largas o en personas mayores que ya llevan varios ciclos de pareja. Además, el efecto es real pero modesto: hay similitud distintiva, no somos clones repitiendo siempre a la misma persona.

Dicho eso, es de los pocos estudios que logra separar metodológicamente el «yo elijo gente parecida a mí» del «mis parejas se parecen entre sí más allá de mí», usando autorreportes reales de ambas parejas en vez de descripciones filtradas por quien cuenta la historia. Eso, en un tema tan cargado de anécdota y sentido común, ya es ganancia.

Referencia: Park, Y., & MacDonald, G. (2019). Consistency between individuals’ past and current romantic partners’ own reports of their personalities. Proceedings of the National Academy of Sciences, 116(26), 12793–12797.

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David Aparicio

Editor general y cofundador de Psyciencia.com. Me especializo en la atención clínica de adultos con problemas de depresión, ansiedad y desregulación emocional.

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