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La desesperanza aprendida o indefensión aprendida es un concepto psicológico que hace referencia a un estado de desmotivación donde el individuo se abstiene de emitir respuestas para evitar o escapar de un estímulo aversivo al cual ha sido previamente expuesto.

El término fue utilizado en 1967 por los psicólogos Martin Seligman y Steven Maier para explicar la conducta de un grupo de perros sujeto a un experimento que consistía en aplicar descargas eléctricas idénticas en las patas de los animales a un ritmo de intervalos aleatorios. El grupo de control de perros podía desactivar o escapar de la descarga presionando un panel con la nariz, pero el grupo experimental no tenía ninguna opción de cese del dolor.

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Los investigadores hallaron, entonces, que muchos de los perros que no podían evitar el sufrimiento se mostraban menos activos, perdían el apetito y adoptaban algunos síntomas relacionados con la depresión. Se sentían, en efecto, desamparados.

La desesperanza aprendida ha sido vinculado frecuentemente con un alto riesgo de conducta suicida, ya que inhibe las esperanzas del individuo para la consecución de metas y lo hace propenso a renunciar a toda posibilidad de que las cosas salgan bien, se resuelvan o mejoren. 

Comúnmente, cuando se habla de desesperanza aprendida se interpreta el término en un contexto de falta de motivación por la certeza de la imposibilidad respecto al cumplimiento de un propósito, lo cual explica su relación inmediata con la ideación suicida. No obstante, la indefensión puede orientarse a la violencia social y no necesariamente a la autoagresión cuando las condiciones del entorno lo propician.

“La violencia no es producto de la pobreza, es producto de la mala distribución de la riqueza” (Feggy Ostrosky)

México ha sido un país afectado por la violencia y la injusticia social durante los últimos años. Recientemente, han sido notorios los casos de homicidio de delincuentes a mano de civiles que han adoptado el título representativo de “Justicieros”.

Para Feggy Ostrosky, doctora en Neuropsicología y directora del Laboratorio de Neuropsicología y Psicofisiología de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), este fenómeno, si bien se ve determinado por factores de riesgo individuales, es el resultado de fuertes factores de riesgo sociales, como el hartazgo social.

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Según Ostrosky, la desesperanza aprendida se ha filtrado en la sociedad mexicana ante la incapacidad del gobierno para garantizar seguridad y una calidad de vida digna.

“Continuamente hay asaltos y nadie hace nada, no sabemos muy bien si son incompetentes o están sobresaturados o ellos mismos son parte de los que asaltan (los policías). Lo que está pasando es lo que mucha gente siente, como que necesito yo defenderme y me voy a defender”, explica Ostrosky, quien también hace mención a la teoría del Efecto Lucifer del psicólogo Philip Zimbardo.

“Si colocas buenas manzanas en una mala situación, obtendrás malas manzanas” (Phillip Zimbardo)

Zimbardo, reconocido por su experimento en la prisión de Stanford, abre en su libro “El Efecto Lucifer: Entendiendo Cómo La Gente Buena Se Vuelve Mala” un debate interesante: ¿cómo es posible que personas comunes, e incluso gente que frecuentemente realiza actos de bondad, se convierta en perpetradora de actos de crueldad extrema?

Para Feggy Ostrosky, el punto clave en el Efecto Lucifer es la profundidad de lo perversos que podemos llegar a ser, y no lo perversos que ya somos.

“Tendemos a abusar del poder, lo usamos para maltratar a los demás, a lo mejor para sentir que salvamos a los demás”, dice Ostrosky. En el caso de los Justicieros anónimos, “se caracterizan como Robin Hood, que dice: Yo voy a tomar la ley en mis manos para poder defenderme a mí y a los que están alrededor. Estas personas sienten que les están haciendo daño y se ven como salvadores”. 

Hace poco, un pasajero disparó a dos delincuentes que abordaron un autobús de la ruta Valle de México con intenciones de asaltar a los viajeros. Ambos ladrones murieron, al igual que una mujer sentada junto al conductor que resultó herida en el suceso.

El pasajero que actuó como justiciero anónimo bajó del autobús y abandonó la escena.

Fuente: El Universal

Rita Arosemena P.
Graduada en Comunicación y especialista en Educación Superior. Amante de la literatura, el arte y las ciencias (y del café. El café no se lo toquen). Le interesan especialmente la neuropsicología, la psicología evolutiva y la psicopatología. Le apasiona la música francesa y no tiene nada contra Freud.