El impulso de ayudar es genuino. Pero en salud mental post-desastre, la evidencia es clara: las intervenciones no especializadas pueden empeorar los síntomas que intentan aliviar.
Cada vez que ocurre una tragedia de gran escala, ocurre también algo predecible y profundamente humano: cientos de psicólogos, terapeutas, coaches y voluntarios abren sus agendas, publican en redes sociales y ofrecen sesiones gratuitas, espacios de «contención emocional» y apoyo psicológico a quienes lo necesiten. Lo hemos visto después de cada desastre, y el terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio no fue la excepción.
Esa respuesta habla bien de nuestra profesión y de la solidaridad humana. Este artículo no es un cuestionamiento a quienes la protagonizan. Es, más bien, una alerta dirigida especialmente a los profesionales de la salud mental que quieren ayudar pero que quizás no han tenido formación específica en intervención en crisis y emergencias: la evidencia científica acumulada durante décadas muestra que ciertas intervenciones bien intencionadas pueden, paradójicamente, empeorar los síntomas de las personas a las que buscan ayudar.
Las intenciones son genuinas y el impulso solidario es completamente comprensible. Sin embargo, hay que ser cautelosos: la ciencia lleva décadas advirtiéndonos que este tipo de intervenciones —cuando no están especializadas en trauma de emergencia— pueden ser iatrogénicas, es decir, pueden causar daño real y documentado, incluso cuando quien las ofrece tiene formación en psicología.
La trampa del debriefing
La intervención más común después de un desastre es también la más estudiada y, paradójicamente, la más cuestionada: el debriefing psicológico. En su versión más extendida, el Critical Incident Stress Debriefing (CISD), consiste en reunir a los afectados poco después del evento y pedirles que narren lo que vivieron, identificando sus emociones y reacciones. La lógica intuitiva es atractiva: hablar libera, procesar alivia.
Pero la evidencia dice lo contrario.
En un ensayo clínico aleatorizado con víctimas de quemaduras graves, Bisson y colaboradores (1997) encontraron que el 26% de quienes recibieron debriefing desarrollaron trastorno de estrés postraumático (TEPT) a los 13 meses de seguimiento, frente al 9% del grupo control que no recibió ninguna intervención. No es un resultado aislado: Mayou y colaboradores (2000) siguieron durante tres años a víctimas de accidentes de tráfico y reportaron que el grupo que recibió debriefing tuvo peores resultados en síntomas psiquiátricos, ansiedad, funcionamiento general y calidad de vida que quienes no fueron intervenidos.
La revisión Cochrane de Rose y colaboradores (2002), que analizó 11 ensayos controlados, fue contundente: el debriefing no reduce la morbilidad psicológica general, no previene el TEPT y, en al menos un ensayo, aumentó significativamente el riesgo de desarrollarlo. Los autores recomendaron que el debriefing obligatorio post-trauma cesara. Más de dos décadas después, esa recomendación sigue siendo válida y ha sido respaldada por un meta-análisis publicado en Frontiers in Psychology en 2023.
¿Por qué algo tan intuitivo puede hacer daño?
El mecanismo tiene base neurobiológica. En las horas y días posteriores a un trauma, el sistema nervioso está en estado de hiperactivación: los niveles de cortisol y adrenalina son elevados, y el cerebro está en proceso de consolidar —o no— los recuerdos del evento. Forzar la narración detallada del trauma en ese momento puede sobreconsolidar la memoria traumática, grabando con mayor intensidad las emociones asociadas al miedo y la indefensión. El resultado es lo opuesto a la catarsis: una huella más profunda, más difícil de procesar después.
Dicho de otro modo: revivir el trauma cuando el sistema de estrés aún está activo no es procesar, es retraumatizar.
La evidencia conductual y psicológica apunta en la misma dirección. Desde los modelos cognitivos del TEPT —en particular el modelo de Ehlers y Clark (2000)— sabemos que el trastorno se mantiene cuando la persona elabora el trauma de una manera que genera una sensación de amenaza actual grave y permanente. Una intervención que invite a narrar el evento en detalle, sin las condiciones adecuadas de seguridad y sin un encuadre terapéutico estructurado, puede reforzar precisamente ese tipo de procesamiento disfuncional: la persona no sale de la sesión habiendo integrado la experiencia, sino con una narrativa más vívida del peligro y de su propia vulnerabilidad. A esto se suma el efecto de la pérdida de control percibida: cuando alguien es «convocado» a hablar de su trauma —en un grupo, en una sesión online improvisada— sin haberlo elegido libremente, la experiencia puede reproducir la sensación de indefensión característica del propio evento traumático. La investigación sobre exposición terapéutica es clara en este punto: la exposición sin las condiciones correctas no extingue el miedo, lo consolida.
El error de tratar lo normal como patológico
Hay otro problema menos discutido pero igualmente relevante. La mayoría de las personas expuestas a un desastre atraviesan una respuesta de estrés agudo completamente normal: llanto, shock, insomnio, irritabilidad, dificultad para concentrarse. Estas reacciones no son síntomas de un trastorno; son respuestas adaptativas del sistema nervioso ante una amenaza real.
Cuando un terapeuta no especializado interviene sobre esas reacciones como si fueran señales de psicopatología, puede generar dos efectos negativos: primero, patologizar lo que es normal, instalando en la persona la idea de que algo está «mal» en ella; segundo, interferir con los procesos naturales de recuperación que, para la mayoría de los sobrevivientes, ocurren espontáneamente con el tiempo, el apoyo social y la recuperación de la seguridad básica.
La investigación estima que solo entre el 20% y el 25% de las personas expuestas directamente a un evento traumático desarrollarán TEPT u otros cuadros clínicos que requieran intervención especializada. El resto se recupera sin terapia formal.
Qué sí funciona: los Primeros Auxilios Psicológicos
Frente al debriefing, la evidencia respalda un enfoque radicalmente distinto: los Primeros Auxilios Psicológicos (PAP), recomendados por la Organización Mundial de la Salud, la Cruz Roja y la Federación Internacional de Psicología de la Emergencia —que tras el terremoto en Venezuela ha puesto a disposición profesionales especializados en psicología de emergencias.
Los PAP no son terapia. No piden a la persona que narre el trauma, no intentan «procesar» nada en la fase aguda. Su objetivo es mucho más concreto: ofrecer presencia calmante, ayudar a cubrir necesidades básicas (agua, refugio, contacto con familiares), reducir la activación fisiológica y conectar a la persona con sus redes de apoyo naturales. Son, en esencia, una intervención de estabilización, no de procesamiento.
La distinción es crítica y no siempre es comprendida por quienes —con toda la buena voluntad— ofrecen «contención emocional» o «espacio terapéutico» a distancia en las horas posteriores al sismo.
Una advertencia necesaria, no un reproche
Quiero ser claro. Nada de esto es un cuestionamiento a quienes quieren ayudar. El impulso solidario es valioso y debe canalizarse. Pero en salud mental, como en medicina, «hacer algo» no siempre es mejor que «no hacer nada», y el daño iatrogénico existe aunque no sea la intención.
La recomendación de la OMS es explícita: el debriefing psicológico no debe usarse como intervención para personas expuestas recientemente a un evento traumático. Y la intervención de profesionales no especializados en trauma de emergencia —independientemente de sus credenciales generales— entra en una zona de riesgo documentada.
Si quieres ayudar a alguien afectado por el terremoto en Venezuela, lo más útil que puedes hacer en este momento es acompañar sin presionar, escuchar sin interrogar, ayudar a cubrir necesidades concretas y, si la persona lo necesita, conectarla con profesionales especializados en psicología de emergencias. El tiempo, la seguridad y el apoyo social son, por ahora, los mejores aliados de la recuperación.
Referencias
- Bisson, J. I., Jenkins, P. L., Alexander, J., & Bannister, C. (1997). Randomised controlled trial of psychological debriefing for victims of acute burn trauma. The British Journal of Psychiatry, 171(1), 78–81.
- Mayou, R. A., Ehlers, A., & Hobbs, M. (2000). Psychological debriefing for road traffic accident victims: Three-year follow-up of a randomised controlled trial. The British Journal of Psychiatry, 176(6), 589–593.
- Rose, S., Bisson, J., Churchill, R., & Wessely, S. (2002). Psychological debriefing for preventing post traumatic stress disorder (PTSD). Cochrane Database of Systematic Reviews, (2).
- Sijbrandij, M., et al. (2023). Revisiting the debriefing debate: does psychological debriefing reduce PTSD symptomology following work-related trauma? A meta-analysis. Frontiers in Psychology, 14.
- Organización Mundial de la Salud (OMS). Psychological debriefing in people exposed to a recent traumatic event. Disponible en: who.int
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