Porque la ciudad, como tú mismo sabes, está ya demasiado sumida en la agitación y no puede levantar aliviada la cabeza ante la avalancha de muertes (el sacerdote se refiere a Tebas). Y ahora, Edipo, tú, a juicio de todos el más fuerte, halla algún remedio para nuestros males. (…). El único remedio que, tras considerado todo, pude hallar (declara Edipo), éste he puesto en práctica: al hijo de Meneceo, a Creonte, mi propio cuñado, lo envié al oráculo pítico de Febo, para que preguntara con qué obras o con qué palabras puede salvar nuestra ciudad.1  Las citas textuales del texto Edipo Rey están en cursiva y fueron extraídas de Edipo Rey. Sófocles. Editorial Altamira (1998)

Las metáforas son formas alternativas de abrir espacio a nuevas conductas (Linehan, 1993). Su uso en psicoterapia es útil por varias razones, entre ellas: son más interesantes y fáciles de recordar que las explicaciones didácticas y disminuyen la defensividad frente a contenidos difíciles ya que representan modos indirectos de comunicar que suavizan el impacto del contenido. También suelen comunicar contenidos de manera resumida en mucho menor tiempo y ayudan a reconocer aspectos de la propia conducta y sus consecuencias de manera más experiencial (Lihehan, 1993).

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Creonte: (a Edipo) Señor, en otro tiempo teníamos en esta tierra como gobernante a Layo, antes de hacerte tú cargo de la dirección de Tebas. Pues bien, ahora el oráculo prescribe expresamente que los responsables de su muerte tienen que ser castigados.

“A través de la metáfora podemos tomar una red de conocimiento existente –el vehículo–, y llevarlo como apoyo a un nueva área –el objetivo–. Si el vehículo contiene relaciones y funciones que no se encontraban en el objetivo, y si el enlace entre estas dos parte es apto, redes enteras de conocimiento pueden ser transferidas a nuevas áreas en el lapso de tiempo que lleva contar una historia o trazar una analogía” (Stoddard & Afari, 2014, pg. 9). Pero ¿qué pasaría si notáramos que tal enlace entre ambas partes no es del todo apto? ¿Podría tal enlace fallar al punto de involucrar al/la consultante en direcciones no deseadas? Este es el asunto que quiero abordar en este artículo. ¿Qué podría explicar que determinadas metáforas de manera más o menos repetida fallen en sus funciones? La última es una pregunta interesante que de ninguna manera me animaría a responder a la ligera, así que los voy a dejar –y me voy a dejar– con la duda. Pero sí quisiera en este artículo explorar una hipótesis, que muy posiblemente constituya más bien una especie de delirio de lunes a la noche (nótese que en mi país hoy es feriado y cuenta como domingo, lo cual tiende a empeorar bastante las cosas).

Edipo: quienquiera que de vosotros sepa por mano de quién murió Layo, hijo de Lábdaco, le ordeno que me lo indique, y, si teme por él mismo, que él mismo se aparte de la acusación, porque no ha de sufrir contratiempo alguno salvo el marcharse con garantías del país. (…) Yo, como si de mi padre se tratara combatiré por él y llegaré a lo que sea, intentando atrapar al responsable de la muerte del hijo de Lábdaco, del linaje de Polidoro y, más allá, de Cadmo y todavía antes de Agenor.

Las personas tendemos a perdernos en nuestros pensamientos y, de este modo, perder contacto con nuestra propia experiencia y con el contexto presente. Lo que intenta ACT es disminuir la influencia del lenguaje cuando es necesaria para aumentar la acción efectiva. Dicho de otra manera, sacudirnos un poco el lenguaje para poder actuar en las direcciones que valoramos. Las metáforas, cuando son las adecuadas –y adecuadas significa muchas cosas que dejaremos pasar por ahora– pueden asistirnos en esta tarea en terapia. Las metáforas organizadas son historias que relacionan la riqueza de lo que ya sabemos con dominios en los que no sabemos qué hacer (Stoddard & Afari, 2014, pg. 9).

Las personas tendemos a perdernos en nuestros pensamientos y, de este modo, perder contacto con nuestra propia experiencia y con el contexto presente.

Edipo: Oh, tú, Teresías, que todo saber dominas, lo que puede enseñarse y lo inefable, lo celeste y lo arraigado en tierra: aunque no puedes ver, tú sabes sin embargo de qué enfermedad es víctima Tebas. No hallamos sino a ti, señor, que puedas defenderla y salvarla. El caso es que Febo ha enviado la contestación de que el único remedio que puede venir contra la peste es que lleguemos a saber quienes fueron los asesinos de Layo. ¡Ay, ay, que terrible es saber algo, cuando ello no puede ayudar al que lo sabe! (se lamenta Teresías y continúa) Pues he de decirte (se dirige a Edipo) que te apliques el decreto que antes promulgaste y que no nos dirijas la palabra, ni a éstos ni a mí, porque tú eres quién ha derramado la sangre que mancha esta ciudad. (…) Digo que el asesino que buscas, el del Rey, eres tú.

Desde la perspectiva de RFT, podríamos decir que lo que nos atrapa en el sufrimiento es nuestra capacidad única de responder a relaciones derivadas. El lenguaje nos ayuda y nos hunde a la vez. Nuestras habilidades cognitivas son excelentes para ayudarnos a resolver problemas en el mundo. Sin embargo, cuando intentamos aplicar estas habilidades para aquellas cosas que coordinamos con “problemas” en el mundo interior, es decir, cuando intentamos resolver experiencias internas no nos va del todo bien. Equivocadamente creemos (o seguimos algunas reglas, digamos) que podemos “resolver” nuestros pensamientos y emociones tan bien como logramos resolver el perder un avión o que una prenda de ropa que nos gusta nos quede grande. Aunque en un principio pareciera que tenemos éxito, en el largo plazo estos intentos de control de nuestras experiencias internas lleva a una restricción de la vida. Me veo obligada a aclarar, aunque ya a estas alturas es tema repetido, que tal restricción no siempre es un problema e incluso en algunos contextos podría constituir un beneficio para la supervivencia o la calidad de vida. Sin embargo, en muchos casos, esta restricción genera, como mínimo, malestar, y como máximo, un amplio rango de problemas clínicos significativos.

Yocasta: en otro tiempo le llegó a Layo un oráculo, no diré de labios del propio Apolo sino de sus ministros: que su destino sería morir en manos de un hijo suyo, de un hijo que nacería de mí y de él; en cambio a él le dieron muerte, según se ha dicho, unos salteadores extranjeros en una encrucijada de tres caminos; en cuanto a su hijo, no habían pasado tres días de su nacimiento que ya él le había unido los pies por los tobillos, y, por manos de otros, a un monte desierto le había arrojado.

Argumentar que “es una metáfora” nomás, no ayuda. No podemos negar la propia función del recurso. No podemos utilizarla y negarla en el mismo acto solamente porque nuestre consultante la desafía.

De este modo, las reglas verbales que nos asisten en resolver problemas en el mundo afuera de la piel pueden causarnos sufrimiento cuando intentamos utilizarlas para “deshacernos” de pensamientos y emociones difíciles. La fusión con estas reglas, aplicadas con independencia del contexto presente de manera rígida, genera sufrimiento. Identificar los esfuerzos de control del/la consultante de su propia experiencia privada es parte fundamental de la conceptualización de caso en ACT. Lo que suele seguir a la identificación de las estrategias utilizadas hasta el momento, es guiar un proceso que llamamos desesperanza creativa, en donde exploramos que tan útiles a largo plazo son estas estrategias de evitación y qué costo tienen para la vida del/la consultante. Esto ayuda a clarificar tanto la función como las consecuencias de las estrategias utilizadas, con foco en la funcionalidad. El objetivo principal de este proceso es lograr aumentar contacto con la experiencia y los resultados de la acción y en muchos casos nos encontramos con que los resultados no son los esperados, y que, incluso, paradojalmente el uso de estas estrategias de evitación podría estar empeorando el problema.

Edipo: ¡Qué desconcierto, qué agitación en lo más hondo se acaba de apoderar de mí, después de oírte! (…) En un banquete, un hombre que había bebido demasiado, me llamó hijo supuesto de mi padre. Yo acusé el golpe y, aunque a duras penas me contuve aquel día, al siguiente me fui corriendo a mi padre y a mi madre y les interrogué: ellos llevaron a mal lo que se había dicho y lo consideraron un insulto de borracho: a mí me alegraron sus palabras pero aquel hecho continuó mortificándome.

Cuando trabajamos el proceso de desesperanza creativa las metáforas pueden venir a nuestra ayuda y hay montones. En términos de RFT, con las metáforas establecemos una relación entre dos sets de relaciones y eso suele generar reacciones interesantes. La intención central es la debilitación tanto de conductas guiadas por reglas pliance como por trackings poco efectivos. Lo que esperamos que una metáfora sobre el control como problema contenga es 1) una situación problemática, 2) un intento de solución y 3) el intento de solución empeora el problema. Sin embargo, ¿eso es todo lo que la metáfora debe hacer por nosotres? Por supuesto que no. El foco fundamental en el proceso de fondo, es cómo el lenguaje produce “problemas”. Para nada deseamos que las personas dejen de resolver problemas en el mundo. Eso sería desquiciado. De hecho muchas veces las estrategias de resolución de problemas pueden ser parte de las habilidades de acción comprometida (o de cambio conductual, como prefieran llamarle). Lo central del proceso, en este punto, es poner en jaque la definición misma de “problema” cuando nos referimos a experiencias internas. Puesto al revés por completo: ¿en qué casos las estrategias de resolución de problemas suelen fracasar? En aquellos en donde no hay nada que resolver; en aquellos en donde la relación de coordinación entre una situación y la etiqueta “problema” trae problemas. Y estos casos suelen ser el caso de lo que pasa en el mundo dentro de la piel. Necesitamos más que esos 3 puntos en las metáforas de desesperanza creativa. Necesitamos problemas hijos del lenguaje de manera clara.

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Edipo: Por fin, a escondidas de mi madre y de mi padre, tomo el camino de Pito, y Apolo me deja ir sin responder a lo que yo deseaba, pero bastante aclara mi mísero destino respondiendo un terrible, horroroso vaticinio, que había de dormir con mi madre y poner ante los ojos de los hombres una raza execrable, y que habría de matar al padre que me engendró. Yo, después de oir esa respuesta, me doy a la fuga, siempre midiendo la distancia que me separa de la tierra de Corintio, al azar de los astros, a lugares a donde no vea nunca realizarse las desgracias de aquel funesto oráculo… En mi camino llego a un lugar como este en que tú dices que fue asesinado el Rey Layo…

Durante el proceso de desesperanza creativa enfatizamos en la diferencia entre resolver problemas en el mundo vs intentar “resolver problemas” dentro de la piel. Sin embargo, varias de las metáforas clásicas de desesperanza creativa activan en nuestres consultantes intentos de resolución de problemas. ¿A qué metáforas nos estamos refiriendo? Al menos a cuatro de las clásicas, están cumplen con las 3 condiciones mencionadas al comienzo, sin embargo no suelen evocar más que el involucrarse del/la consultante en estrategias de resolución de problemas de modo que la sesión, para une terapeuta desatente, puede convertirse en una especie de discusión lógica sobre la metáfora, que termina, con suerte, en la nada misma. Las metáforas son: El tigre hambriento (Hayes, 2005), El pozo y la pala (Hayes et al., 1999), Las arenas movedizas (Hayes, 2005) y los Atrapa–dedos chinos (Eifert & Forsyth, 2005).

 Cuando una metáfora no “entra”, decimos, la abandonamos y pasamos a otra cosa; no nos quedamos discutiendo.

Considerando reacciones que he podido notar en mis propias sesiones pero también compartidas por otres colegas, algunas respuestas típicas frente a estas metáforas son intentos claros de resolución de problemas: “cómo no voy a alimentar a un tigre bebé! No lo voy a dejar morir de hambre”, “entonces me tengo que quedar en el pozo a vivir para siempre digamos…; ok, la pala la usaría como una especie de escalera”; “bueno, supongamos que dejo de luchar por salir de las arenas movedizas, qué se supone que haga? Porque claramente moverme me hunde más pero alguien debe poder venir a sacarme de ahí, no voy a pasar el resto de mis días hundido en arena hasta la cintura”; “bueno, pero entonces hay un truco para soltar los dedos del atrapa–dedos! Obviamente no podría vivir con los dedos atrapados en un coso como ese”.

Argumentar que “es una metáfora” nomás, no ayuda. No podemos negar la propia función del recurso. No podemos utilizarla y negarla en el mismo acto solamente porque nuestre consultante la desafía. Cuando una metáfora no “entra”, decimos, la abandonamos y pasamos a otra cosa; no nos quedamos discutiendo. Sin embargo, quizá, no estoy segura de que podamos atribuir estos resultados tan frecuentes simplemente a las diferencias individuales o al contexto terapéutico particular. Estas metáforas suelen inspirar esfuerzos de resolución de problemas y muchas veces no funcionan en sesión. Quizá se trate, principalmente, de la tecnología en sí. Propongo como hipótesis que todas ellas contienen un error: representan problemas en el mundo exterior y esquivan el punto central que en realidad queremos abordar: el lenguaje como problema.

Estas metáforas, al proponer problemas en el mundo exterior, dificultan la tarea que quieren favorecer.

Edipo: ¡Ay, ay! Todo era cierto, y se ha cumplido. ¡Oh, luz! Por última vez hoy puedo verte, que hoy se me revela que he nacido de los que no debí, de aquellos cuyo trato debí evitar, asesino de quienes no podía matar. –Edipo, cuando la ve (a Yocasta), da un horrendo alarido; después el pobre cae al suelo e insoportable en su horror es la escena que vimos: arranca los alfileres de oro con que ella sujetaba sus vestidos y se los clava en las cuencas de los ojos, gritando que lo hacía para no verla, para no ver los males que sufría ni los que había causado.

Estas metáforas, al proponer problemas en el mundo exterior, dificultan la tarea que quieren favorecer. Necesitamos metáforas que propongan al lenguaje como problema: ¿Qué es el oráculo acaso sino lenguaje? Edipo Rey nos provee una excelente metáfora de desesperanza creativa: de cómo el lenguaje interfiere en el contacto con las contingencias cuando la fusión cognitiva y la evitación experiencial gobiernan. Layo intenta escapar de los designios del oráculo, y de su tormento pensando en que su propio hijo lo matará. Edipo huye del horror de sólo pensar que podría cometer un crimen tan aberrante. Y sus esfuerzos de solución crean el problema. Sufren de lenguaje; sufren de escuchar al oráculo. ¿Puede ser el oráculo una buena metáfora de nuestra mente?2 Me refiero a “mente” como el conjunto de relaciones y reglas que utilizamos para ordenar nuestra experiencia del mundo  Sin dudas creo que sí.

Y, para ser justa, hay muchas metáforas de desesperanza creativa que elicitan el entendimiento del lenguaje (y las reglas) como problema. Pueden recurrir a ellas. Un buen ejemplo es la metáfora del polígrafo (Hayes et al., 1999). Otra es la de Pasajeros en el bus (Hayes et al., 1999). Pueden encontrar otras más nuevas en el libro de Metáforas de ACT ((Stoddard & Afari, 2014). Finalmente, y como todos los caminos conducen a Roma (y no a Tebas): recordemos que conectaremos mucho más con nuestres consultantes cuando logremos armar metáforas a medida de les consultantes, cuando estemos despiertes lo suficiente como para tomar las metáforas que proponen, cuando estemos dispuestes como terapeutas a soltar las reglas también y fluir con las metáforas que surgen durante el proceso terapéutico.

Mensajero: (acerca de Edipo al final) Quiere arrojarse a sí mismo de su tierra, dice que no puede permanecer en su casa, maldecido por sus propias maldiciones, que necesita, al menos, de la fuerza de alguien que le guíe: su infortunio es insoportable para él solo.

Referencias bibliográficas:

  • Edipo Rey. Sófocles. Editorial Altamira. 1998. ISBN: 987–9017–07–2
  • Eifert, G. H., & J. P. Forsyth. (2005). Acceptance and commitment therapy for Anxiety disorders: A practitioner’s treatment guide to using mindfulness, acceptance, and values–based behavior change strategies. Oakland, CA: New Harbinger.
  • Hayes, S. C. (2005). Get out of your mind and into your life: The new acceptance and commitment therapy. Oakland, CA: New Harbinger.
  • Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (1999). Acceptance and Commitment therapy: An experientialapproach to behavior change. New York: Guilford Press.
  • Linehan, M. (1993). Cognitive–behavioral treatment of borderline personality disorder. New York: NY: Guilford Press.
  • Stoddard, J. A., & Afari, N. (2014). The Big Book of ACT Metaphors: a practitioner’s guide to experiential exercises and metaphors in Acceptance and Commitment Therapy. New Harbinger Publications.

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