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Los niños que sufrieron de depresión clínica durante los primeros años de infancia, tienen más riesgo de sufrir anomalías en el desarrollo cerebral. Así lo descubrieron los científicos de la Universidad de Washington, quienes compararon el cerebro de niños diagnosticados con depresión y niños sanos.

Los niños con depresión tenían menos volumen de materia gris, tejido que conecta las células cerebrales y transporta las señales entre las células encargadas de la memoria, la escucha y la vista. La materia gris de aquellos niños también era más chica en el área del cortex, una parte importante del cerebro en relación al procesamiento de las emociones.

El volumen de la materia gris incrementa desde que nacemos hasta la adolescencia. De ahí todas las células innecesarias mueren, a causa de lo que se denomina poda simpática. Pero esta investigación encontró que la eliminación era mucho más profunda en los niños que habían sufrido de depresión y la situación empeoraba a medida que la severidad de la depresión incrementaba.

Este descubrimiento explicaría por qué los niños deprimidos tienen problemas para regular sus estados de ánimo y emociones.

La muestra estuvo compuesta por 193 niños, de los cuales 90 habían sido diagnosticados con depresión durante el preescolar. A todos se le aplicaron evaluaciones psiquiátricas y scans cerebrales utilizando resonancia magnética funcional (IRMf) cuando tenía entre 6 y 8 años y luego cuando tenían de 12 a 15.

Evaluarlos en varias ocasiones, a medida que crecían, les permitió a los investigadores observar las diferencias cerebrales de los dos grupos de niños.

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«Lo más importante de estos hallazgos, es que nos permitieron ver cómo las experiencias de la vida, cómo un episodio depresivo, puede cambiar el cerebro«. Tradicionalmente, concebíamos al cerebro como un órgano que tiene un desarrollo predeterminado, pero nuestra investigación demuestra que las experiencias actuales —incluidos los estados de animo depresivos, la exposición a la pobreza y la falta de una crianza contenedora— tienen un impacto físico en el crecimiento y desarrollo del cerebro«, explicó Joan L. Luby, coautor de la investigación.

Las experiencias pueden afectarnos profundamente, no sólo a nivel emocional sino que también pueden perjudicar el desarrollo, especialmente de los niños, que son los más susceptibles.

Los autores esperan que, con estos datos en mano, las organizaciones de salud se preocupen en desarrollar programas de detección, intervención y prevención.

Puedes encontrar la investigación completa en la revista JAMA Psychiatry.

Fuente ScienceDaily