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Hace unos días el New York Times publicó un artículo muy interesante: según diversas investigaciones, la infidelidad podría encontrar su raíz en los genes de una persona.

Estamos acostumbrados a pensar a la infidelidad sexual como un síntoma de una relación infeliz, una falla moral o un signo de valores sociales deteriorados, pero ¿puede ser que algunas personas tengan una inclinación genética a ser infieles a sus parejas? Y, de ser así, ¿sería la monogamia, para ellos, una batalla contra su propia biología?

A continuación, compartimos con ustedes los fragmentos más importantes de dichas investigaciones:

Hace mucho sabemos que los hombres tienen un impulso genético, evolutivo para engañar, porque eso incrementa las chances de tener más descendencia en el mundo. Pero ahora hay una nueva investigación intrigante que muestra que algunas mujeres también están biológicamente inclinadas a esto, pero no por claros motivos evolutivos. Las mujeres que presentan ciertas variantes del gen receptor de la vasopresina tienen mayores probabilidades de tener “un par extra de uniones”, eufemismo de los científicos para la infidelidad sexual.

Brendan P. Zietsch, psicólogo de la Universidad de Queensland, Australia, ha tratado de determinar si es que hay personas que están más inclinados a la infidelidad. En un estudio de, aproximadamente, 7400 gemelos finlandeses y sus hermanos, habiendo estado todos ellos en una relación por al menos un año, el Dr. Zietsch buscó el vínculo entre la promiscuidad y una variante específica de los genes receptores de vasopresina y oxitocina. La vasopresina es una hormona que tiene un efecto poderoso en comportamientos sociales como la confianza, la empatía y la unión sexual en humanos y algunos animales. Por eso, tiene sentido que una mutación en el gen receptor de la vasopresina – que puede alterar sus funciones – pueda afectar el comportamiento sexual humano.

Existe una asociación importante entre el gen de la vasopresina y la infidelidad en mujeres

El psicólogo encontró que el 9.8% de los hombres y el 6.4% de las mujeres reportaron haber tenido dos o más parejas sexuales en el año anterior. Su estudio, publicado en Evolution and Human Behavior, encontró una asociación importante entre cinco variantes diferentes del gen de la vasopresina y la infidelidad en mujeres, y ninguna relación entre los genes de la oxitocina y el comportamiento sexual para ningún sexo.

Lo impresionante fue que el 40% de las variantes en comportamientos promiscuos en mujeres podrían ser atribuidos a los genes. Esto es sorprendente ya que hay muchos otros factores necesarios para que se dé un encuentro promiscuo, como las circunstancias y la existencia de una posible pareja dispuesta y disponible. Aunque este es el mejor y más grande estudio sobre este asunto, no es claro por qué no hubo relación entre el gen de la vasopresina y el comportamiento promiscuo en hombres.

Otros estudios confirman que la oxitocina y la vasopresina están vinculados a las uniones de parejas, lo que se apoya en la cuestión de la promiscuidad desde que el vínculo emocional es, en un sentido, lo inverso a la promiscuidad. Hasse Walum del Instituto Karolinska en Estocolmo, encontró que en las mujeres (no en los hombres) hay una asociación significante entre una variante del gen receptor de oxitocina y las discordias matrimoniales y la falta de afecto por la pareja de uno. En contraste, encontró una relación significativa en hombres entre una variante específica del gen receptor de vasopresina y una calidad matrimonial inferior, reportada por sus parejas.

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La Correlación no es Causalidad

Antes de que salgas corriendo a buscar el genotipo de tu pareja sobre sus genes receptores de vasopresina y oxitocina, hay dos advertencias:

Correlación no es lo mismo que causalidad; indudablemente hay muchísimos factores imposibles de medir que contribuyen a la infidelidad, y raramente una simple variante genética podría determinar el comportamiento.

Pero hay una buena razón para tomar estos hallazgos seriamente: datos en animales confirman que estas dos hormonas tienen un rol significante cuando se trata de comportamiento sexual. Aún no sabemos, por estudios en humanos, si es que los genes receptores de vasopresina, que están vinculados con la infidelidad, realmente tornan al cerebro menos sensible a estas hormonas; pero, debido a la información animal, es plausible.

Otras investigaciones

Experimentos en los que oxitocina y vasopresina fueron administrados directamente a humanos, muestran que estas hormonas tienen efectos que van más allá del sexo; aparentemente incrementan la confianza y la vinculación social. La oxitocina nos haría más confianzudos socialmente – incluso en situaciones en las que esto podría no ser de nuestro mejor interés.

No podemos elegir nuestros genes ni controlarlos, pero lo que usualmente sí podemos hacer es decidir lo que hacemos con las emociones

Estos hallazgos también sugieren usos terapéuticos potenciales para la oxitocina y la vasopresina para personas que presentan un déficit o un exceso de confianza o vinculación social. El autismo es un ejemplo de déficit, y de hecho hay evidencia preliminar de que la oxitocina podría presentar algunos efectos beneficiosos prosociales en éste desorden. En contraste, el Síndrome de Williams es una rara enfermedad genética por la cual los niños confían patológicamente y son amigables con completos extraños indiscriminadamente. Este desorden es relacionado con niveles de oxitocina basales que están, en promedio, tres veces por encima del normal, así que, un medicamento que bloquee la oxitocina podría refrenar su exceso de confianza.

Concluyendo

Ser infiel puede ser intensamente placentero porque, entre otras cosas, involucra novedad y un grado de búsqueda de sensaciones, comportamientos estos que activan el circuito de recompensa del cerebro. El sexo, el dinero y las drogas, entre otras cosas, desencadenan la liberación de dopamina desde este circuito, lo que transporta no sólo una sensación de placer sino que también le dice al cerebro que esa es una experiencia importante que vale la pena recordar y repetir. Y, por supuesto, los humanos varían ampliamente en su gusto por la novedad.

¿Nos da un pase moral el hecho de que tengamos los “genes de la infidelidad”? Difícilmente. No podemos elegir nuestros genes ni controlarlos, pero lo que usualmente sí podemos hacer es decidir lo que hacemos con las emociones y los impulsos que nuestros genes ayudan a crear, ya que podríamos ser propensos a la exploración sexual en algunas formas, independientemente del estado emocional en nuestras relaciones.

Fuente: NYTimes