Por Steven C. Hayes
Steven Hayes es profesor emérito de Psicología en la Universidad de Nevada, Reno. Es cocreador de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) y uno de los psicólogos más citados en todo el mundo.
La pereza no existe. Con frecuencia usamos la palabra «pereza» como un término paraguas para describir a alguien que no tiene disposición para realizar ciertas tareas o deberes. Lo que no reconocemos, sin embargo, son las razones reales por las que esa persona carece de disposición en primer lugar. Ignoramos por completo las múltiples facetas y causas del comportamiento, y simplemente reducimos a una persona a la etiqueta de «perezosa», como si la pereza fuera una parte inherente de su identidad. Y para empeorar las cosas, aprendimos a asociar vergüenza y culpa con la pereza, lo que nos lleva a pensar menos de quien llamamos «perezoso», ya sea otra persona o, con mayor frecuencia, nosotros mismos.
Las etiquetas que nos ponemos a nosotros mismos o a otros son deshumanizantes cuando no logramos apreciar el porqué. Para evitar esa objetificación necesitamos conocer las variables que realmente controlan el comportamiento. Imagina, por ejemplo, que descubres que un adulto al que llamas «perezoso» sufrió abusos terribles durante su infancia cada vez que tomaba la iniciativa. ¿Seguirías usando esa etiqueta con tanta comodidad? Espero que no. Y si no lo harías con esa persona, ¿por qué razón merecerías de repente menos consideración que la que le darías a otros? ¿Por qué no acercarte a tu propia supuesta «pereza» con una actitud de curiosidad?
Si profundizamos, podríamos descubrir que nuestra falta de disposición para realizar ciertas tareas puede estar alimentada por:
- …dejarse llevar por un miedo profundo a la incertidumbre.
- …estar enredado en una preocupación recurrente por el futuro.
- …haber adoptado la creencia de «no ser suficientemente bueno».
- …no tener claridad sobre los propios valores en la vida.
- …una agenda auto-objetificante y excesivamente exigente, siempre al límite.
- …un sueño de mala calidad.
- …la ausencia de relaciones cercanas y de apoyo.
- …una dieta alta en azúcar y grasas saturadas.
- …y muchos otros factores.
Existen muchas fuentes posibles que explican por qué hacemos lo que hacemos, incluido por qué a veces nos falta motivación. ¿Qué es lo que está detrás de tu «pereza»? Es difícil saberlo, porque siempre depende de ti, de tu historia y de tu situación. Simplemente no existe una fórmula universal para entender la motivación. Eres una persona única, y para avanzar necesitarás ser más curioso sobre el porqué.
Paso 1: Observa qué impulsa tu motivación
Lamentablemente, las respuestas que nuestra mente nos da sobre nuestro propio comportamiento suelen ser falsas o inútiles. Por eso, el primer paso para superar la «pereza» (es decir, la falta de disposición) es observarse con mayor claridad. Necesitas notar cómo tu nivel de compromiso sube y baja, y qué situaciones lo afectan. Puede sonar sencillo, pero está lejos de serlo, porque nuestra mente es sorprendentemente mala para saber por qué hacemos lo que hacemos. La investigación ha demostrado que la gran mayoría de nuestras decisiones está impulsada por influencias que van más allá de las fórmulas simples que llevamos en la cabeza. Por ejemplo, sostener una taza caliente de café puede llevarte a percibir a los demás como más cálidos y amigables. ¡Así es, en serio!
Esta es una razón por la que buscar ayuda profesional puede ser valioso: un profesional puede señalar nuestros puntos ciegos, especialmente si cuenta con herramientas empíricas para comprender los procesos que explican tu comportamiento. Por suerte, no necesitas ser consciente de cada factor que impulsa tu conducta, solo de los más relevantes, y tú mismo puedes recopilar gran parte de esa información.
Comienza este proceso con un poco de introspección. Primero, califica tu propio nivel de motivación en una escala del uno al diez (1 = sin motivación en absoluto; 10 = la mayor motivación posible). Luego, tómate un momento para pensar en una época en que te sentiste más motivado (no te preocupes: si este ejercicio es necesario, no estarás en un 10 para empezar). Ahora pregúntate: ¿qué era diferente en ese entonces? Escribe todo lo que se te ocurra que pudo haber influido. Si tienes dudas, escríbelo de todas formas. No se trata de ser preciso, sino de capturar ideas.
Paso 2: Haz algo diferente durante una semana y registra lo que ocurre
No todo lo que hayas escrito será relevante, por eso el siguiente paso es ser más meticuloso. Elige un factor que creas que podría influir en tu motivación (idealmente, uno sobre el que tengas cierto control, como la calidad del sueño). Luego escribe ideas sobre qué podrías hacer para mejorar ese factor. Por ejemplo, si tienes dificultades para dormir bien, podrías acostarte más temprano, comprar un antifaz, dejar de comer tarde o practicar la defusión de pensamientos preocupantes. Este es otro momento en que un terapeuta puede ser invaluable, ya que puede orientarte hacia estrategias efectivas y cómo aplicarlas correctamente.
Elige una de las estrategias que escribiste e implementa el cambio. Si crees que necesitas acostarte más temprano, hazlo y mantenlo durante varios días. O compra ese antifaz y pruébalo. Sé constante durante al menos una semana. Si te resulta demasiado difícil, simplifica. Por ejemplo, si acostarte a las 10 de la noche es demasiado ambicioso, intenta hacerlo una o dos horas más tarde. Mientras tanto, registra continuamente lo que ocurre (hay muchas aplicaciones que pueden ayudarte) y califica tu nivel de motivación a diario.
Paso 3: Da un paso atrás, reflexiona e inténtalo de nuevo
Después de haber implementado el cambio durante una semana, es momento de reflexionar. ¿Tuvo el efecto esperado? ¿Dejar de comer tarde te ayudó realmente a dormirte con más facilidad y a sentirte más descansado por la mañana? Si lograste mejorar el factor que elegiste, ¡genial! ¿Cómo impactó eso en tu motivación? Si no ocurrió nada, es menos alentador, pero igualmente valioso, porque aprendiste algo.
La verdad es que mejorar cualquier área de tu vida probablemente implicará ensayo y error, porque eres una persona única. Lo que funciona para ti puede no parecerse en nada a lo que funciona para otra persona. Algunas estrategias pueden ayudar; otras, no tanto. Y es difícil saber cuál es cuál hasta que las hayas probado. Además, lo que antes te funcionó puede volverse ineficaz, o viceversa. Esto significa que aprender a avanzar no es cuestión de «hacerlo una vez y listo», sino un proceso continuo. Lo que era cierto hace años puede que ya no lo sea.
Necesitas a) tomar conciencia de las demandas cambiantes de tu situación actual, y b) adaptarte a ellas. Esto requiere práctica y paciencia. Implica un proceso continuo de aprender a ser más consciente de ti mismo y notar cómo tus decisiones, tanto pequeñas como grandes, afectan tu vida cotidiana.
Lo engañoso de la «pereza» es que te dice que tienes que empezar desde un lugar distinto al que te encuentras ahora. Eso es imposible. Acercarte a ti mismo con genuina curiosidad te ayudará a ser más compasivo con el punto en el que estás. Si tienes dificultades para involucrarte con las cosas, es porque factores reales te están afectando de maneras muy reales. La pereza no existe. Descubre cómo funciona el compromiso para ti: siempre hay una capa más profunda.
Artículo publicado en Medium y traducido y adaptado al español por David Aparicio.