Los programas neuroeducativos que se implementan en las escuelas tienen muy poco que ofrecer al desarrollo de los niños. Así lo reporta una reciente investigación de Psychology Review, la revista académica de la Asociación Americana de Psicología (APA).

El controversial artículo fue publicado por Jaffrey Bowers, profesor y psicólogo especialista de la Escuela de Psicología Experimental de la Universidad de Bristol.

En él se detalla que las escuelas están gastando excesivas sumas de dinero en programas educativos basados en las neurociencias que dicen mejorar el entendimiento del desarrollo de los niños y su conducta. Sin embargo, la evidencia sugiere que el conocimiento de las estructuras cerebrales no ayuda a los maestros a mejorar sus técnicas de enseñanza ni a mejorar la evaluación de los niños dentro del aula.

Los datos que otorgan las neurociencias es muy interesante y llamativa. No hay nada más deslumbrante que ver la imagen de un cerebro “iluminado”, pero esos datos son irrelevantes para mejorar la conducta y aprendizaje de los niños. Según Bowers, la mejor manera de afrontar los problemas y dificultades de los estudiantes dentro del salón de clases es a través de los programas conductuales, porque permiten realizar análisis de las causas de los problemas y necesidades; implementar intervenciones acordes al niño y su contexto, y evaluarlas minuciosamente.

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Bowers nos da algunos ejemplos de programas neuroeducativos inútiles:

  • Los programas que usan las imágenes cerebrales para detectar si la lectura de los niños con dislexia ha mejorado, en vez de usar tests estandarizados de lectura.
  • Aquellos que describen sus métodos de aprendizaje como «neuroaprendizaje».
  • Intervenciones que exigen que los niños con dificultades sigan haciendo las actividades donde tienen menos habilidades, en vez de buscarles alternativas de aprendizaje relacionadas con sus habilidades.

Una de las principales sugerencias del estudio es que los directivos y administradores se alejen de los planes basados en las neurociencias y que dediquen más esfuerzos y atención a las intervenciones que han sido probadas en estudios aleatorios.

Algunos podrían pensar que Bowers está en una cruzada contra el desarrollo neurocientífico, pero no es así. Cada vez hay más y más investigadores y académicos1 que ven con mucha preocupación la excesiva importancia y recursos que se destinan a planes cerebrales para comprender y mejorar la conducta, porque la neurociencia es todavía una disciplina muy joven y sus resultados son difícilmente aplicables fuera del laboratorio. Sin embargo, los medios de comunicación han difundido la idea de que las imágenes cerebrales publicadas por los estudios son la explicación irrefutable de las conductas, aún cuando los autores de esos estudios son muy precavidos en cuanto al alcance de sus datos. Otros estudios han señalado los errores metodológicos de los estudios cerebrales.

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Los psicólogos no somos inmunes al neurocentrismo. El año pasado publicamos un estudio del MIT, que encontró que los estudiantes de psicología le daban mayor relevancia a las explicaciones que mencionaban al cerebro, aún cuando sus datos no aportaran valor alguno al entendimiento de la conducta. Muy parecido a lo que dice Bowers.

Las instituciones educativas son propensas a incorporar intervenciones y planes que no cuentan con apoyo científico, en especial las escuelas privadas, las cuales buscan diferenciarse y ofrecer una educación supuestamente innovadora. La investigación de Bowers pone en evidencia esto y, además, demuestra que hay que mejorar el entendimiento de las intervenciones conductuales, ya que muchos maestros y psicólogos dicen aplicar intervenciones conductuales que en realidad no cumplen con los requisitos necesarios.

Fuente: ScienceDaily


  1. Sally Satell y Scott Lilienfeld han resumido las principales deficiencias y críticas al enfoque neurocentristas con su libro, Brainwashed: The Seductive Appeal Of Mindless Neuroscience