La cuestión del actuar responsable implica un posicionamiento ético que atraviesa la práctica de todos los profesionales actores de estas situaciones, posicionamientos que no en pocas oportunidades nos llevan a tolerar situaciones contrarias a nuestras convicciones, pero de acatamiento ineludible, y que más que desanimarnos debería ser un alerta y un incentivo para profundizar en la investigación y diseño de herramientas que permita, de forma lo mas contundente posible aportar los elementos necesarios para que los responsables de abuso sexual infantil sean alcanzados por la Justicia.

Verán que rápidamente llegué al concepto de Justicia. Es ineludible el atravesamiento. Ocurre que el abuso sexual infantil es una situación en la que bajo ningún concepto debería evitarse la intervención judicial. La sanción social civilizada, como es el veredicto que surge de un alto tribunal es fundamental en la reconstrucción psíquica posterior a la devastadora acción que seguramente el abuso sexual produjo en la mente de un niño o una niña.

Un primer dato entonces de lo que sería el actuar responsable es que toda persona que tenga datos fehacientes de abuso sexual o maltrato contra la niñez, debería tomar los imprescindibles recaudos legales para que esa situación cese en lo inmediato.

Causa escozor observar en algunos servicios profesionales el debate acerca de la obligación o no de hacer la denuncia

Sabido es que hoy se pueden hacer denuncias y consultas sobre el tema en múltiples espacios, no solo judiciales por lo cual, el silencio en nombre de una supuesta impunidad pre garantizada no tiene sustento más que en una actitud vacilante en la proclamada defensa de los derechos de niños, niñas y adolescentes.

Causa escozor observar en algunos servicios profesionales el debate acerca de la obligación o no de hacer la denuncia cuando se tiene conocimiento de estas situaciones. Se entiende el humano temor ante las posibles demandas judiciales pero también se entiende que es ese el momento en que cada quien deberá interrogarse acerca de si ha optado por la inserción profesional correcta. Lo mismo para quienes luego de exponer en entrevistas clínicas, supervisiones u otros espacios su convicción sobre la existencia del delito, culminan su actuación con un informe insípido, y en muchos casos con la negativa a insertar firma y sello a sus observaciones e inferencias.

Se concluye entonces que, o se ha hablado con apresuramiento creando expectativas infundadas, o no se ha formado y no posee herramientas idóneas que habiliten la comprobación de sus inferencias clínicas, o, sencillamente la ética de la acción no acuerda con lo declamado.

No trazo una línea divisoria entre buenos y malos. Afirmo que cada uno, desde un posicionamiento honesto encontrará un lugar de acción que no necesariamente es tan expuesto y confrontante como son los servicios y organismos públicos y privados que se ocupan del abuso sexual infantil.

Así como Freud afirmaba que quien sintiera cosquillas cuando debía platicar sobre temas sexuales con sus pacientes lo más adecuado sería que se dedicara a otra cosa decimos que quien sienta una actitud vacilante cuando debe validar sus comprobaciones clínicas necesita reflexionar seriamente sobre los pasos a seguir. Viene nuevamente Freud en nuestro auxilio cuando dice: No se puede convocar a los demonios y retroceder espantados ante su presencia.

La Universidad pública no ha tomado el tema

Avanzo un momento más en el tema. No casualmente he hablado de inferencias clínicas, comprobaciones fehacientes y conclusiones fundadas. El profesional que trabaja en el tema tiene la obligación de formarse y tener a su disposición las herramientas más idóneas y validadas desde su disciplina y prácticas, pero no tiene la obligación de ver o fundamentar lo que no se ve pero se supone.

Un esfuerzo difícil pero indispensable es poner entre paréntesis sus convicciones ideológicas más cotidianas y dejar hablar a sus herramientas de intervención.

Demás está decir que no estoy abogando por una ciencia desideologizada, que por otro lado no existe, sino tener la suficiente formación ética, profesional y humana como para suspender momentáneamente todo aquello que haga obstáculo a un buen diagnóstico.

Es en este punto que se puede decir que el trabajo en soledad es el más contraindicado. Trabajar éticamente implica la capacidad de confrontar lo propio con lo de los demás y adquirir la capacidad de revisión y modificación de aquellos conceptos que se comprueben erróneos aunque su reformulación, en lo inmediato implique un duelo narcisista.

No me voy a referir, no resiste el menor análisis, el accionar delictivo de algunos profesionales que por conveniencia de cualquier índole certifican lo inexistente o desmienten o escatiman lo evidente.

La Universidad pública no ha tomado el tema y no parece por ahora demasiado dispuesta a incluir en sus currículas, al menos en psicología, una problemática que a esta altura debería ser ineludible en los claustros académicos. Seguirán abundando entonces colegas que insistan en fórmulas invisibilizantes como aquella que sostiene que no importa si un abuso existió o no, sino que lo que importa es la fantasía que el paciente tiene al respecto, a partir de lo cual, con la doctrina del perverso polimorfo se avanza hacia las múltiples maniobras seductoras con que aquel o aquella, generalmente una niña, quebró la fortaleza moral de aquel pobre adulto, generalmente el padre, que entonces cae irremediablemente en los brazos del incesto.

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Es altamente movilizante la extrema convicción ética de Michel Foucault cuando sostiene que ante la más mínima duda sobre la culpabilidad de un denunciado este debe permanecer en libertad.

Esta afirmación, sostengo una vez más, deberá ser un incentivo para afinar las formas de intervención.

El psicólogo no tiene que tomar partido sobre la culpabilidad o no de un acusado

Sabido es que la cantidad de personas que han abusado quedan en libertad porque las causas no han podido ser sustanciadas. Mas allá de que esto es utilizado por cierta prensa para confundir a la opinión pública lo cierto es que las denuncias comprobadamente falsas son ínfimas. El resto habla de carencia de métodos que permitan una clara sustanciación.

El psicólogo no tiene que tomar partido sobre la culpabilidad o no de un acusado sino, a decir de Foucault, no buscamos la parte de responsabilidad moral de nadie. Simplemente investigamos si en el plano médico legal o psicológico sus anomalías de carácter tienen un origen patológico, si realizan un trastorno mental suficiente para alcanzar la responsabilidad penal. Aconseja directamente decir, si amerita, que fulano no presenta ninguna enfermedad mental y que en términos generales es responsable de sus actos.

Sobre las víctimas, aunque ya me he explayado bastante es fundamental certificar que existen elementos, indicios, certezas o ningún dato acorde con una situación de abuso. No es necesario más cuando un Juez actúa con íntima convicción y un fiscal proporciona los elementos necesarios que permitan  arribar a una justa sentencia.

Eva Giberti advierte reiteradamente sobre la ineludible vigilancia epistemológica que todos debemos ejercer sobre las concepciones que determina nuestras prácticas.

Hay tres temas que no quiero dejar de mencionar y que merecen una urgente profundización. Se suele afirmar que los abusadores y violadores son incurables, cuestión esta que habilitaría la conformación de un registro de estas personas.

Esta afirmación, si bien es simpática a los oídos de quienes hemos hecho de la lucha contra el abuso sexual y el maltrato infantil una causa, produce un dilema ético fundamental. Si alguien ha saldado sus cuentas con la justicia no puede imponérsele medidas adicionales, salvo una modificación de la legislación que las incluya en un plan de paulatina reinserción social. Pero para que ello sea posible, independientemente de que serán los juristas quienes determinen la factibilidad o no de la medida propuesta, serán los profesionales de salud mental quienes estudien seriamente el psiquismo de los involucrados. El dilema, en el que me incluyo, consiste en que la mayoría de los que trabajamos el tema no estamos dispuestos a trabajar con abusadores. Tal vez la solución radique en los equipos judiciales, carcelarios o gubernamentales varios. Es un tema a seguir pensando.

La otra cuestión tiene que ver con la afirmación que se sostiene desde hace un tiempo que dice que los abusadores, en general, han sido niños abusados, lo que trasladaría casi automáticamente a una comprensión psicopatológica, con la consecuente atenuación de la posible pena.

En mi experiencia y la de algunos colegas consultados dicha afirmación está muy lejos de comprobaciones clínicas generalizables. Lo que se muestra en un niño abusado no es precisamente una tendencia al abuso de otros sino justamente sino justamente mecanismos que apuntan a repetir y perpetuar su condición de víctima de abuso y sumisión.

Jamás se encontró con un solo abusador que admitiera su delito pese a las pruebas

La víctima sigue siendo víctima mientras no haya circulación de la palabra, reparación jurídica y reconstitución psíquica tras un largo, penoso e inevitable tratamiento.

Dejo para el cierre el tema de la revinculación. El Dr. Carlos Rozanski  afirma que en sus largos años de práctica judicial jamás se encontró con un solo abusador que admitiera su delito pese a las pruebas, o que mostrara algún rasgo de arrepentimiento, pilares estos que serían requisito previo indispensable para pensar cualquier medida revinculatoria.

El interés superior del niño, tan declamado, tan poco tenido en cuenta, es pervertido cuando en pro de sostener el concepto de familia, de no privarlo de un progenitor, aunque este no haya cumplido su función o lo haya dañado, se lo revictimiza condenándolo a permanecer o relacionarse con quien ha sido culpable de tamaña vejación y sobre todo desde una escandalosa e inmoral asimetría.

El desafío está entonces en la profundización y validación conceptual. No bastan buenas intenciones ni verdades reveladas sino la humilde contundencia de las comprobaciones que permitirá prácticas honestas y sueños reparadores porque no podemos soslayar que está en juego la felicidad de los niños y que nuestros discursos a veces involucran no solo la libertad de algunas personas sino la vida misma.

Jorge Garaventa
Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, MN Nº 5603. Orientado a temas de abuso sexual infantil y violencia contra la niñez y la mujer. Es coautor de varios libros sobre la especialidad y ha escrito numerosos artículos en revista científicas y otro tipo de publicaciones. Puedes visitar su web: www.jorgegaraventa.com.ar

4 COMENTARIOS

  1. Soy
    estudiante y no puedo hablar desde la experiencia, así que me gustaría
    conocer opiniones. He conocido docentes que trabajaban en villas de
    emergencia y decían que allí habían conocido muchos casos de abuso, pero
    que en algunas situaciones era aún peor
    para el chico que lo separaran de los padres y entrar en el circuito
    judicial. Entonces según ellos no siempre para el chico es lo mejor
    denunciar. ¿Funciona el sistema?

  2. Estimado Ignacio, gracias por tu pregunta. todas las corrientes psicológicas que han abordado el tema del abuso sexual infantil coinciden en que es uno de los procesos mas devastadores para pa psiquis de un niño. este problema, que en otras épocas se suponía propio de las clases mas humildes ha visto caer el mito con la cuestión de que la ocurrencia es similar en todas las clases sociales. Primera cuestión, no habría razones para que eso fuera conveniente en una clase social e inconveniente en otra. La judicialización es un proceso dificil para la familia, pero no denunciar implica un proceso terrible para el niños y las consecuencias en su vida actual y futura son, como dije antes, devastadoras. ¿a quien se le puede ocurrir que es mejor dejar al niño a merced del abusador y dejar a este impune para que siga abusando de ese niño y de cuantos se les crucen? hay un parangóm, que es cuando se dice que es mejor que la mujer golpeada no denuncie al agresor, ya que pierde al proveedor de su sustento. Esos casos finalmente culminan en femicidio. Hay que corregir la cuestión de las políticas públicas al servicio de la atención a las víctimas y reformar procesos judiciales, pero ello no es motivo para no evitar que un niño siga siendo abusado. gracias!!!!

  3. Uno de los motivos que se planteaban era que en esos lugares vivían muchas personas en poco espacio, compartían camas, etc., y que por eso la situación «se prestaba más». Además de que justamente en esos lugares estaba naturalizado y la gente no parecía desvastada. Recuerdo las palabras de una profesora: «A mi me sorprendió que cada mujer con la que hablaba, sin importar su edad, habia sido abusada, cómo estaba eso naturalizado y cómo podían llevar una vida normal a pesar de eso». De allí mi consulta. Muchas gracias por su respuesta!

  4. cuando veas la mirada de un niño abusado, sea de la clase social que fuere, nunca mas creerás en la naturalización…desde miradas pequeño burguesas a veces, desde no soportar el horror otras, se confunde la disociación del abuso que hace que el niño continúe con su vida normal. pareciera que es poético lo que digo, pero nunca mas acertado que aquello de asesinato del alma,,,el cuerpo sigue andando…abrazo!

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